Enojo femenino (aprendido) O cómo se aprende a callar el grito propio

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Hay emociones que no nos pertenecen del todo porque, primero, nos fueron robadas.  

El enojo femenino es una de ellas.    

Las mujeres solemos crecer con una relación compleja con nuestras emociones.    

Es algo que también les ocurre a los hombres, de eso no hay duda, pero la causa central de este escrito es: Nadie te va a querer con ese genio.  

Esa frase esencial no solo se repite a lo largo de nuestra vida, sino que se aprende, se internaliza y se externaliza en la forma en que nos relacionamos con los demás. Esa frase fue y es una pedagogía del silencio. Un método íntimo y cruel para domesticarnos por dentro.  

Pues este enojo significa perder el control, herir/ofender y quedarnos solas, en ese orden.    

Nos crea un miedo fantasmagórico y nos hace complacientes. Sumisas de nuestro propio sentir. Porque muchas veces no solo aprendemos a callar, sino a callarnos a nosotras mismas.    

El enojo femenino no solo se siente: se aprende a ocultar. Es un lenguaje que no nos enseñaron a hablar, sino a callar, Audre Lorde decía que la ira de las mujeres no es destructiva, que es un recurso legítimo, pero a muchas no nos enseñaron eso. Nos dijeron que el enojo era perder el control, herir, quedarse sola.   Nos dijeron que no era nuestro.    

Y con esto no trato de posicionarme del flanco del enojo, sino de desenredar estas heridas que nos hunden. Pues, a pesar de despertar todos los días, un día despertamos soñando ser mejor, y nos damos cuenta de que somos algo más allá de lo que sentimos, que creemos que este enojo —que nunca se supo manejar (solo ocultar)— vive dentro nuestro, ha creado un mecanismo y un hogar dentro de nosotras.  Vive oprimido, siente que no merece ser oído y éste sale con más fuerza cuando ya simplemente no puede soportarlo más.  Crece con resentimiento por algo que se creó ahí mismo.    

El enojo no gestionado —solo reprimido— se convierte en un huésped resentido dentro de una misma.    

Pero el enojo no desaparece, vive en lo más profundo, en ese lugar donde habita lo que no se dijo.  Como escribió Sara Ahmed una vez en La política cultural de las emociones: Ese enojo crece cuando se sale de los límites que nos impusieron. Es como un estallido que está dentro y no es monstruoso por naturaleza.   Es monstruoso porque fue desterrado, condenado al silencio y un día regresa (o muchos días), con la fuerza de lo que ha sido negado demasiadas veces.    

  

El silencio no nos protege.    

 

El silencio hace nada.    

 

Pues nadie nos escucha, ni nosotras mismas.    

  

Esta es, pues, nuestra forma de resistir.    

  

Y yo hoy escribo esto sin pedir permiso.   

  

Con las manos temblando, pero libres.    

  

Con el enojo aquí, a mi lado, como un animal herido que al fin empieza a confiar en mí.    

  

Porque no quiero ser la que aprende a reprimir.    

  

Quiero ser la que aprende a nombrar.    

  

A sentir.    

  

A decir.    

  

A amar sin dejar de ser furia cuando hace falta.    

  

El enojo femenino no es el final.    

  

Es apenas el comienzo de volver a casa.    

  

Mi enojo, incluso mi furia, son necesarios para mi supervivencia. Es un conocimiento vivo de lo que no acepto y de lo que no quiero seguir callando. –Audre Lorde, Usos de la ira