Epifanía
Año tras año, una estrella cruza el firmamento, bien, no es sólo una, son millones, cúmulos de novas nacientes, materias expandidas, dilatado péndulo del big bang, mapa cósmico representado en el cielo por corpúsculos de luz.
Historia planetaria ignorada por los hijos de los hombres que dormimos tranquilamente bajo las elípticas rutas caprichosas de los astros.
No tenemos la menor idea de las lunas de Júpiter girando, cuatro de sesenta y nueve, las de Galileo con su necedad heliocéntrica.
Tampoco sentimos la rotación completa de la tierra como la sentía Copérnico y sus revoluciones de los cuerpos celestes.
Ley de la inercia, ley de la dinámica, pura acción y reacción de Newton.
Y nosotros, sabemos de esta estrella por la crónica bíblica y el cándido deseo de recibir un regalo la duodécima noche de Shakespeare, pero no, ni recordamos que es una manifestación de lo divino, de un creador hecho carne y su revelación a los sabios, sólo una la de los magos de Oriente, las demás ni las conocemos, esperamos con fe, sólo eso, que lleguen y nos dejen algo en las manos.

