¿Escuelas extrañando?

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Hay frases que suenan dulces, pero anestesian, la escuela te extraña es una de ellas. Con tono meloso y rostro compasivo, esta iniciativa pretende reconectar con estudiantes ausentes; pero bajo su aparente ternura, esconde una peligrosa renuncia: la de exigir a madres y padres que cumplan con su deber irrenunciable de garantizar la educación de sus hijas e hijos.  Y no basta con justificar que no es un programa para Educación Básica.

Porque no, la escuela no es un refugio emocional ni un centro de rescate afectivo, es una institución formadora, con una misión clara: educar. Y educar no es mendigar asistencia ni suplicar presencia, es convocar con firmeza, con estructura y con sentido. 

Cuando el Estado, a través de sus campañas, suaviza el mensaje para no incomodar, lo que hace es abdicar de su autoridad moral y legal. ¿Desde cuándo la omisión parental se acaricia en lugar de confrontarse? 

La frase la escuela te extraña desplaza el foco y coloca al docente en el rol de cuidador emocional, como si su tarea fuera llenar vacíos afectivos y no formar intelectualmente. ¿Y los padres?, invisibles, exentos, omisos.

Como si la asistencia escolar fuera un favor y no una obligación; como si la educación fuera un gesto opcional, no un derecho que exige corresponsabilidad.

¿Dónde quedó el compromiso de madres y padres? ¿Dónde la congruencia entre exigir calidad educativa y garantizar la presencia de sus hijos en el aula? No se puede reclamar excelencia cuando se tolera la ausencia. No se puede hablar de futuro cuando se normaliza el abandono.

Los docentes no pueden, ni deben, –me parece–  cargar con la responsabilidad de buscar, convencer y rogar; no son promotores sociales ni terapeutas de la ausencia. Son profesionales de la educación, y su energía debe estar puesta en enseñar, no en rastrear a quienes han sido desatendidos por su propio núcleo familiar. Convertir al maestro en emisario de afecto institucional es desdibujar su rol y agotar su vocación.

Además, ¿cual es el mensaje que se proyecta?, que pueden faltar sin consecuencias, que la escuela los esperará con los brazos abiertos, sin importar el tiempo ni el motivo. Así se cultiva la impunidad de la omisión, el hábito de la evasión, la pedagogía de la excusa.

La educación no puede construirse sobre la base de la lástima; necesita cimientos de corresponsabilidad, de exigencia compartida y de acuerdos firmes. Y eso implica decir lo que incomoda: que hay madres y padres que han fallado, que hay hogares donde la escuela no es prioridad, que hay ausencias que no son casuales, sino negligentes.

Decir la escuela te extraña es cómodo porque no confronta, no responsabiliza; a la par, también es ineficaz, porque lo que se necesita no es nostalgia institucional, sino compromiso familiar. 

Nada más peligroso que seguir empoderando a los padres, convencidos de que sus retoños, aún sin un desempeño óptimo en las escuelas, son capaces de analizar a las mejores plumas del planeta o de hacer composiciones dignas de cualquier artista milenario.

La escuela no debe extrañar; debe exigir, porque quien educa no ruega: convoca, interpela, transforma. Y quien ama a sus hijos no espera a que lo llamen: los lleva, los acompaña, los compromete.

Que vergüenza, nuestro país es el mundo al revés.

horroreseducativos@hotmail.com