Filosofía de un Sermón

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El Sermón que en la segunda década del siglo XXI recordamos, es prueba que los sofistas engañaban sin pensar en lo que decían. Eran tan buenos oradores y utilizaban la retórica para engañar, que comenzaban engañándose ellos mismos, y esto al pensar con ingenuidad que se puede salvar algo su honra. Tuvo en algún momento el padre Antonio Vieira motivo para reflexionar, sólo para ser lo suficientemente humilde ante los juicios que estaba haciendo sobre lo que los padres de la Iglesia habían dicho en el pasado: San Agustín de Hipona, Santo Tomás de Aquino y San Crisóstomo. En el capítulo II del Sermón, Antonio Vieyra dice: Entrando, pues, en nuestra cuestión, ¿cuál fineza es la mayor de las mayores? Sea la primera opinión de San Agustín, que la mayor fineza del amor de Cristo para con los hombres, fue el morir por ellos. Y parece que el mismos Cristo quiso que lo entendiésemos así, cuando dijo (Ioan., 15.13): Maiorem hac dilectionem nemo habet ut animam suan ponat quis pro amicis suis.Que el mayor acto de caridad, la mayor valentía del amor, es llegar a dar la vida por lo que ama. Quiero imaginar los tiempos de la Alta y Baja Edad Media, cuando en los monasterios los clérigos se enclaustraban para estudiar las Sagradas Escrituras, pienso ahora en la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa para comprender lo que significaba estudiar a fondo dicha materia. Llevando a situaciones extremas porque había libros que no se podían estudiar, bajo peligro de morir envenenados.

 

Así que la sabiduría que derrochaba el padre Vieyra a mitad del siglo XVII no es asunto menor. Es resumen, así lo hace sentir, de sesudos estudios que concluyen el más alto nivel —así nos lo hace ver una y otra vez— de la mayor sabiduría alcanzada hasta su época Y a la fineza del amor de Cristo que yo dijere, ninguna me dará otra igual. Más de mil quinientos años de sabiduría llegaban a ser antes que verdad sólo soberbia en un padre de la Iglesia venido de Portugal en ese siglo que le fue de Sor Juana Inés su casa y su morgue. Habla pues la sabiduría empecinada en el reino de la soberbia: Pero con licencia de San Agustín y de todos los Santos y Doctores que le siguen, que son muchos, yo les digo que morir en Cristo por lo hombres, no fue la mayor fineza de su amor; mayor fineza en Cristo fue el ausentarse que el morir; luego la fineza de morir no fue la mayor de las mayores. Discurro así: Cristo Señor nuestro amó más a los hombres que a su vida; pruébase porque dio su vida por amor de los hombres. El morir era dejar la vida, el ausentarse era dejar a los hombres; luego mucho más hizo en ausentarse que en morir: porque muriendo, dejaba la vida, que amaba menos; y ausentándose dejaba a los hombres, que amaba más. Alumbrando el entendimiento con la razón, entre la fe con el Evangelio (Ioan., 13.I): Sciens quia venit hora eius ut transeat ex hoc mundo ad Patrem; Sabiendo que era llegada la hora de partir de este mundo para el Padre. Reparo, y con gran fundamento: el partir, de que aquí habla el Evangelista, era el morir, porque el camino por donde Cristo pasó de este mundo para el Padre, fue la muerte. Pues si el partir era el morir, ¿por qué no dice el Evangelista: Sabiendo Jesús que era llegada la hora de morir, sino: ¿Sabiendo Jesús que era llegada la hora de partir? Porque el intento del Evangelista era encarecer y ponderar mucho el amor de Cristo: Cum dilexisset, dilexit. Y mucho más encarecida y ponderaba quedaba su fineza en decir que se partía, que en decir que moriría. Interesante es seguir, imaginándonos estar presentes, al ver con su vestimenta elegante que por sí sola impone la presencia del prelado, con su voz de orador fino y sabio. Seguramente los asistentes, de las más altas esferas sociales y religiosas le escuchaban arrobados. Sin pensar en las contradicciones que por sí solo hacía caer al que pensaba que por su boca y su voz salía la sabiduría que le venía porque Dios le había elegido a él, y sólo a él, para decir la verdad, una verdad que nadie más en este mundo terrenal le podía rebatir.

 

Normalmente los altos estudios de los sacerdotes dedicados a tales tareas. Tareas que son de lo más valoradas, pues representan en su momento la posibilidad de convertirse en Encíclicas o documentos que llega a expedir el Santo Papa o sus más altos representantes en la Curia o en el mundo del estudio de las Sagradas Escrituras. Cierto, no se puede esconder en la vida la riqueza económica, ni los bienes materiales por aquellos que las tienen, y tampoco es posible esconder el talento o la inteligencia, la sabiduría venida de miles de horas de estudio y más estudio, de leer y más leer, como nos lo enseñan los máximos lectores de todas las épocas de la humanidad. Y en el mundo de la exposición, sea a través del hablar, del escribir, del pintar o crear música, arquitectura o ciencia, todo ello queda grabado. Y el sermón del padre Vieyra quedó grabado ese año de 1650, sólo dos años después del nacimiento de una mujer que vendría a dar réplica a su discurso lleno de sabiduría y a la vez de tanto error, que sorprende el reconocimiento que se le tenía al estudio de la Compañía de Jesús. Bien dicen que la soberbia hace que el contenido se confunda con el continente, y por lo mismo, las palabras del Padre van yendo hacia el abismo en ese deseo de demostrar que la verdad que él enseñaba a los presentes era imbatible. No hablaba de haber encontrado la verdad, hablaba de que el investigador y sabio como se le reconocía, no es que hubiera encontrado la verdad sino el dogma. Y por lo tanto con engaños obligaba a quien le escuchaba a asentir que estaban ante la verdad estando ante el dogma. Es decir, hay que creer y aceptar que nada es mejor que lo que el padre Vieyra estaba diciendo.

 

Imaginemos el grave error del jesuita, cuando dice: Que sea mayor dolor el de la ausencia que el de la muerte, no lo pueden decir los que se ausentan porque mueren, sólo lo pueden decir los que se quedan, porque viven; y así en esa congruencia de la muerte y de la ausencia de Cristo habremos de buscar algún testigo vivo. Sea la Magdalena, como quien también lo supo sentir. Es muy de reparar que llorase más, la Magdalena, en la madrugada de la Resurrección a las puertas del Sepulcro, que en el día de la Pasión al pie de la Cruz. De estas lágrimas nada se dice en el Evangelio, de las otras hacen grandes ponderaciones los Evangelistas. Pues ¿por qué lloró más la Magdalena en el Sepulcro que en la Cruz? Cierto, para estudiar en serio y para aprender cómo se investiga y se estudia sobre las Sagradas Escrituras, el comprender la manera de razonar de sus mayores estudiosos es algo relevante, muy interesante, pero caminando por un precipicio que puede hacer despeñarnos. No cito aún a Sor Juana Inés, pues la manera de discernir del padre Vieyra es algo que nos pone en alta tensión; no podemos dejar de estar atentos, de ser así, caeríamos en sus redes que son, no el de demostrar la verdad, sino que el orador lo que busca, es convencernos de un dogma, dogma que el inventa en este sermón, y hace caer por décadas en el error hasta la respuesta que da en su análisis Juana Inés. ¿Es más importante el morir o el ausentarnos al morir? En todo estudio, es deber con el autor que propone el citarlo en sus fuentes, por eso he citado el Sermón, seguir sus pasos en el contexto de la capilla en Lisboa: ante asistentes arrobados que le escuchan y saben, que está hablando el sabio, único por su elocuencia y palabras, cuyo contenido parece ser cierto en cada renglón que cita: … No venimos a loar y engrandecer el amor de Cristo; venimos a agraviarle, venimos a afrentarle, venimos a apocarle, venimos a abatirle con la rudeza de nuestras palabras, con la frialdad de nuestros afectos, con la limitación de nuestros encarecimientos, con la humildad de nuestros discursos; que aquél que más altamente habló del amor a Cristo, cuando mucho le agravió menos. Difícil lectura la de este Sermón, cuya materia en la primera refutación es nada menos que dirigida a San Agustín, al afirmar que es peor ausentarse que el morir para Cristo.