Geopolítica del cuerpo

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No esperar más.

No mantener ninguna esperanza.

No dejarse ya distraer, confundir.

Irrumpir.

Mandar la mentira contra las cuerdas.

Creer en lo que sentimos.

Acutae en consecuencia.

Forzar la puerta del presente.

Probar. Fracasar. Probar de nuevo. Fracasar mejor.

Obstinarse. Atacar. Construir.

Tal vez vencer.

En cualquier caso, sobreponerse.

Seguir nuestro camino.

Vivir, pues. Ahora.

Comité invisible, Ahora.

El cuerpo es el primer territorio en disputa. No hay guerra que no atraviese una espalda fatigada, ni política global que no tenga consecuencias en el hambre de alguien. 

La geopolítica no sucede lejos: se encarna. Cada jornada laboral agotadora, cada silencio impuesto, cada muerte en Gaza o cada niño sin agua son efectos concretos de una arquitectura mundial que distribuye el dolor. Pensar el cuerpo es pensar el mundo. Y en ese mundo, resistir también, se vuelve una forma de insurrección cotidiana.

Nos dicen fuerte que portamos estandartes incendiarios y discursos agresivos, que a veces hablamos con furia, con rabia, con consignas que parecen decir más de nuestro hastío que de nuestro pensamiento, que vamos por ahí con el ceño fruncido y, la verdad, no sirve de mucho, que parecemos siempre contrariados, en disputa, en estado de alerta perpetua, porque no hay nada, ni siquiera la lógica más pulida o el sentido común más aplaudido, que nos termine de convencer.

El mundo me ofrece infinitas posibilidades y, sin embargo, me siento paralizada. Porque elegir no es libertad cuando todo te empuja a ser una versión optimizada de ti misma: más exitosa, más sabia, más fuerte, más deseable, más útil. Hay un mandato silencioso (o no tanto) de llegar a ser alguien, como si aún no lo fuéramos, como si nuestra existencia estuviera en suspenso hasta alcanzar alguna meta digna de reconocimiento. ¿Pero quién define esa meta? ¿A quién le tengo que demostrar que estoy llegando?

Mis cuestiones pueriles ante tanta sistematización quedan inútiles en estas líneas, gastando palabras, gastando voz, gastando espacio, pero es el que tengo. 

Porque hay una pedagogía del silencio que ha querido disciplinar: no te quejes, no te sientas tan vacía, no pienses tanto, estudia, sí, pero sin molestar; piensa, pero sin incomodar; ama, pero no demasiado; habla, pero no exijas que te escuchen.

Pensar hoy, en medio de esta guerra global de mercado, de territorios, de cuerpos, no es un lujo académico, es una forma de resistencia.  Lo que sucede en las calles de Rafah, en los andenes del Perú, con las mujeres en Siria, los cuerpos de Jalisco o en las camas de quienes no pueden dormir por ansiedad, tiene un mismo origen: un mundo que decidió que la vida vale solo cuando es rentable.

Nos dicen que no valemos la palabra que pronunciamos porque no tenemos el currículo que valide nuestra rabia.

No me otorgo el papel de ilustrada ni me creo poseedora de verdades. Estudio filosofía y amo leer, no por erudición, sino porque hay en mí una necesidad profunda de comprender. 

La filosofía me da hambre, sed y, a veces, dolor, no siempre es amable conmigo, me desarma, me confronta y sin embargo, sigo ahí, porque en su incomodidad encuentro una forma de estar viva.

Puede que parezca un poco de idiota este proyecto que me encomiendo, lo de ir por ahí huesudamente, estudiando una carrera que me deje vacía y succionada, leer hasta agotarme, escribir columnas como quien lanza piedras al agua, buscar justicia en un mundo donde los discursos tibios se sienten cómodos en sus sillas bien pagadas; lo de ir paupérrimamente a lomos de Rocinante combatiendo a magnates que son peor que cien gigantes, que mil gigantes, de los que nos explotan, de ellos, que se dicen todos los días: y yo más , tú más, es la más deplorable forma de existir, arrastrando detrás de sí, la vida. 

Los discursos que les favorecen, tibios y fríos, de quienes no sienten nada son secuaces de la muerte. Y nos dicen Estamos luchando contra un invisible.

No, estamos luchando en cada flanco, contra todos, contra nosotros mismos porque todo es política y qué pesados se ponen con el temita. 

Puedo escribir de geopolítica y tu método analítico, ignorando la lucha. Pero eso jamás será una verdad. 

Nos venden la meritocracia como esperanza, cuando en realidad es una forma elegante de culpar al pobre por su pobreza. Que el trabajo te dignifica, que la pobreza es decisión de cada uno y adelante, avanza, que todo se puede en esta vida si le echas ganas. 

Pero con esto uno olvida la segunda proposición, la subjetividad de cada ser particular, que no todos partimos del mismo lugar, ni con las mismas heridas, ni con los mismos cuerpos, ni con las mismas cargas.

Una tarde, sentada en el bus, saliendo de la universidad en el tramo cotidiano hasta mí casa, con el cuerpo vencido y la cabeza rumiando culpas, y ese asiento, cerca del chofer, me regalaba un pequeño silencio. En el timón vi pegadas las fotos de dos niños: Mis hijos, me dijo y así comenzó la conversación. Me habló de su jornada que empieza cada día a las 4 de la mañana, me habló de no ver a sus hijos despertar ni dormir. Me dijo, casi con resignación: A veces siento que sólo sirvo para manejar. Ese sólo se me quedó atravesado en el pecho, porque él lo decía sin rencor, como quien aceptó que ya no tiene voz ni poder para cambiar su destino. La vida misma, le hizo creer que su única función es ésa, que no hay derecho al deseo, ni al error, ni a otra forma de ser. Él lo sabe y  lo acepta con una dignidad que me confrontó.

Otra vez, hace casi tres años, conocí a un señor en la Plaza de Armas. Era mimo, vivía en la calle, me dijo que ya no tenía fuerzas, que le dolían las piernas, los brazos, la vida entera. Cambia nada, sigue igual, me susurró. Cambian los años, los siglos… pero siguen las mismas manos cansadas, piernas cansadas. Las de mis padres, las de mis abuelos, que ya no están. Los sueños se esfuman. Nunca los alcanzamos. Seguimos sin avanzar. Y a esta edad, poder ir al fin a dormir sería una alegría. Y si esas palabras las tengo grabadas aquí en mí pecho, fue un susurro que aún vive y atesoro en mí. 

El tampoco lo dijo con drama, lo dijo como quien repite una verdad vieja, aprendida a golpes. Era alguien lúcido, despierto en medio del abandono, su análisis no tenía cátedra, pero tenía historia, hablaba como alguien que había entendido lo esencial, que el tiempo pasa, pero el dolor también se hereda. 

Que seguimos cargando las mismas injusticias con distintos nombres y esa conversación me cala hasta hoy día, porque había algo que ninguna política del mérito podrá nombrar jamás: una historia humana.

La historia misma, no de los ganadores, no la que se enseña por poder, sino la de que Leopoldo mató a 20 millones en el Congo pero que no se enseña y fue una de las más crueles administraciones coloniales de la modernidad, cortaban las manos a los niños para contabilizar las balas usadas; mujeres violadas, esclavitud disfrazada de misión civilizador y sin embargo su estatua sigue en pie. Su legado aún se reproduce en la lógica extractivista y racializada del orden global. A esa historia que no se enseña, también pertenecen los cuerpos desaparecidos en Colombia, enterrados en fosas comunes por paramilitares y militares que actuaron con respaldo estatal, mientras se llamaba progreso al despojo. También el pueblo mapuche en Chile, cuyos territorios siguen siendo ocupados por transnacionales forestales, y cuya resistencia ha sido criminalizada como terrorismo, el asesinato tortuoso de Víctor Jara. La silenciosa muerte la noche de los lápices en Argentina, 30 mil desaparecidos, vuelos de la muerte, centros clandestinos donde el cuerpo era reducido a cifra o sospechado. 

En Kurdistán, pueblo sin Estado que ha sido fragmentado, perseguido, reprimido. En Turquía, Siria, Irán e Irak, su existencia misma se ha vuelto resistencia. Las mujeres kurdas del YPJ (cuerpo de defensa femenina) combaten no solo contra el Estado Islámico, sino contra siglos de opresión patriarcal. En Haití, la miseria fue impuesta por la deuda colonial, las intervenciones y los intereses internacionales que jamás perdonaron su revolución, su grito de libertad. En Irán (o cómo desaparecer a una mujer sin matarla), el sólo acto de no usar el velo obligatorio ha llevado a mujeres jóvenes a ser asesinadas por el Estado, como ocurrió con Mahsa Amini . 

En Sudán, miles mueren bajo el fuego cruzado de milicias armadas y gobiernos militares. En Sanaa, la capital de Yemen, los cuerpos mutilados apenas son números en informes de la ONU que nadie lee. En Bolivia y en Guatemala, las comunidades indígenas continúan siendo desplazadas por el extractivismo minero y la violencia estatal. En Brasil, los pueblos originarios luchan por sobrevivir a un ecocidio planificado.

En Guatemala, el genocidio indígena perpetrado durante la dictadura de Ríos Montt aún no ha sido reparado. En Perú, los crímenes de La Cantuta y Barrios Altos, durante el fujimorismo, siguen siendo heridas abiertas. Las esterilizaciones forzadas a más de 300 mil mujeres, disfrazadas de cuidado, cuando en realidad fue un exterminio de las mujeres quechuas, una política sistemática de eugenesia encubierta, no un error administrativo. Y la impunidad, como siempre, es el lenguaje preferido del poder Cómo Nyetanyahu, ahora un genocida y todos guardamos silencio. 

Ninguno es un hecho aislado y ningún lugar está a salvo en esta guerra que extermina, masacra. Y no se trata de cobrar venganza, se trata de humanidad, de no recrear un genocidio. ¿Acaso la historia sólo sirve para victimizarnos y no para aprender a no repetir? ¿Acaso el sufrimiento da derecho a humillar? ¿Es que el pasado se convierte en patente de impunidad? Las bombas que hoy caen no son menos letales porque quien las dispara lleva una herida heredada. No hay justicia en esa repetición del espanto. 

Estas voces no son fragmentos decorativos, no son postales urbanas para conmover al lector, son memorias encarnadas. Son gritos silenciosos que también tienen derecho a la historia. Mientras escribo esto, Gaza arde, arde Palestina, Siria, arden los brazos de los niños bajo los escombros. Pero también arde el Perú, arden las fábricas, arden los bosques, arden los cuerpos que no tienen tiempo para leer estas palabras. Todo está conectado, la guerra de los drones con la guerra del salario mínimo, la masacre televisada con la soledad del trabajador que no ve crecer a sus hijos, la guerra política, la guerra del lenguaje.

Lo geopolítico no es un mapa; es una forma de respirar. Y si hay algo que he aprendido estudiando filosofía y observando el mundo, es que no existe pensamiento que no esté enraizado en una forma concreta de vida, la verdad no está en los conceptos puros, sino en las contradicciones encarnadas.

Y, sí, podríamos ignorarlo, podríamos escribir desde lo neutro, desde lo pulcro, desde lo estéticamente correcto. Pero eso sería traicionar el lenguaje. Porque todo lo que callamos también forma parte del sistema.

Lemebel, desde sus tacones rotos y su pluma furiosa, hablaba con el mismo ardor, el de denunciar la injusticia no como consigna, sino como testimonio de vida. Porque escribir no es un acto neutro, es colocarse. Es decir yo vi. Yo no me callo.

Y no, no se trata de caer en el consuelo fácil del échale ganas ni en el discurso prefabricado del todo va a mejorar. Porque decirle eso a quien lucha sería traicionarlo, sería negar su dolor, invalidar su cansancio. Reconocer a alguien no es concederle nada, es afirmar que su historia importa, incluso si no puede ser reparada. 

Toda forma de injusticia se imprime en la carne, y toda resistencia nace también desde el cuerpo que no olvida. No estamos tan lejos de Gaza ni de ninguna trinchera: en cada calle sin vereda, en cada estómago vacío, en cada silencio impuesto, tiembla la misma raíz del poder.