Gestiones teatrales
Ante la tragedia derivada de las inundaciones en el país, algo ha sido más que evidente; la tramoya que se hace para buscar legitimar la inacción, disfrazando de acciones concretas una realidad que no deja bien parados a quienes ostentan cargos y responsabilidades.
Pero eso que vemos en lo macro y que nos llena de indignación, no es más que el reflejo de lo que se vive cotidianamente en muchísimos espacios laborales, donde quienes tienen una responsabilidad, simulan, engañan, engatuzan, todo con tal de aferrarse a un cargo.
Administrar un espacio de trabajo no es repartir sillas ni llenar agendas con reuniones que podrían haber sido correos; es construir un ecosistema donde la capacidad no se mendigue y el entusiasmo no se extinga por contacto con la burocracia. Pero eso exige algo que muchos evitan como si fuera contagioso: profesionalismo. No el que se presume en el currículum, sino el que se demuestra en el hacer cotidiano, en la puntualidad de las decisiones, en la ética del trato, en la congruencia entre lo que se dice y lo que se ejecuta.
Porque sí, hay quienes aman el cargo, pero detestan el trabajo; les fascina el título, pero les estorba la función, se especializan en el arte de la evasiva: para la otra lo hacemos, estamos tomando cartas en el asunto, ya se está viendo. Frases que no significan nada, pero pretender esconder la inoperancia de esas autoridades; palabrería que maquilla la inacción con tal de justificar un salario que, en el fondo, no se gana. Se cobra por presencia, no por impacto.
Y mientras tanto, los equipos se desgastan, los pares se desesperan y los usuarios se enfurecen; porque no hay entusiasmo que sobreviva a la simulación prolongada, no hay talento que florezca en tierra estéril de liderazgo y no hay sinergia posible cuando el trato es áspero, la comunicación es vertical y el reconocimiento es selectivo.
La gente no renuncia a los trabajos: renuncia a los jefes que no lideran, a los espacios que no inspiran, a las estructuras que premian la apariencia y castigan la iniciativa.
Romper con esa mediocridad no es un acto heroico, es una urgencia; se requiere más que voluntad, se necesita carácter, el carácter de decir esto no está funcionando sin miedo al qué dirán. El carácter de asumir que liderar no es mandar, sino servir, que dirigir no es figurar, sino facilitar, que ocupar un cargo no es un privilegio, sino una responsabilidad que se honra con hechos, no con discursos.
Tener muchos años en un mismo puesto no es sinónimo de experiencia o capacidad, porque si ese tiempo no ha ido acompañado de cambio de paradigmas, de una formación permanente, de crecimiento personal y profesional (si, ambos), probablemente estemos frente a un caso de zona de confort que acaba siendo mediocridad legitimada.
Y sí, también se necesita buen trato, porque la exigencia no está peleada con la empatía; porque construir sinergias no es un lujo, es una estrategia; porque el respeto no se impone, se cultiva. Y porque ningún equipo se fortalece bajo el látigo del ego, la indiferencia o la estupidez.
Por tanto, no debe sorprender lo que sucede en el gobierno, porque nosotros permitimos que suceda en todos lados; gestiones teatrales.
Al final del camino, las cosas se hacen o no se hacen, punto. Lo demás es teatro y ya va siendo hora de bajar el telón.

