HABLEMOS DE DERECHOS HUMANOS

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El discurso de los derechos humanos ha ganado una enorme legitimidad en los círculos políticos, los organismos no gubernamentales y las comunidades intelectuales y académicas. La aprobación o desaprobación del desempeño de los gobiernos está cada vez más asociada al respeto y garantía que éstos ofrecen al conjunto de derechos humanos de sus ciudadanos, el problema radica cuando se queda meramente en discurso.

Los Derechos Humanos son el conjunto de prerrogativas sustentadas en la dignidad humana, cuya realización efectiva resulta indispensable para el desarrollo integral de la persona. Este conjunto de prerrogativas se encuentra establecido dentro del orden jurídico nacional, en nuestra Constitución Política, tratados internacionales y las leyes.

Los derechos humanos son derechos inherentes a todos los seres humanos, sin distinción alguna de nacionalidad, lugar de residencia, sexo, origen nacional o étnico, color, religión, lengua, o cualquier otra condición. Todos tenemos los mismos derechos humanos, sin discriminación alguna. Estos derechos son interrelacionados, interdependientes e indivisibles.

Las mujeres y los hombres tienen los mismos derechos y todas las personas están libres de discriminación. Estos valores están incorporados en la Declaración Universal de Derechos Humanos, que proyecta el concepto de democracia al afirmar que «la voluntad del pueblo será la base de la autoridad del gobierno.

No basta el que los derechos humanos universales estén a menudo contemplados en la ley y garantizados por ella, a través de los tratados, el derecho internacional consuetudinario, los principios generales y otras fuentes del derecho internacional. El derecho internacional de los derechos humanos establece las obligaciones que tienen los gobiernos de tomar medidas en determinadas situaciones, o de abstenerse de actuar de determinada forma en otras, a fin de promover y proteger los derechos humanos y las libertades fundamentales de los individuos o grupos.

En este sentido ya lo afirmaba Claude Lefort, que no pueden ser reducidos a simples derechos naturales, individuales o formales, sino que se trata de derechos políticos cuya violación pone en cuestión no solamente la dignidad de las personas –lo cual, por cierto, no es poca cosa en nuestras sociedades–, sino también, y en primer lugar, la forma de la sociedad.

Por consiguiente, el respeto hacia los derechos humanos de cada persona es un deber de todos. Todas las autoridades en el ámbito de sus competencias, tienen la obligación de promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos consignados en favor del individuo.

Por lo anterior es menester generar conciencia individual y colectiva que la violación de los derechos humanos en los regímenes totalitarios y autoritarios no es un asunto de corte cuantitativo sino cualitativo; no es un problema coyuntural que pueda resolverse con políticas compensatorias, sino que es un asunto estructural

Finalmente, los derechos humanos no son un accidente, un acierto o una concesión de las sociedades democráticas, sino un estímulo sin el cual éstas no podrían reconocerse a sí mismas.