Hace un año, setenta y dos horas

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Por fin, ¡ya cayó el aguinaldo!, o al menos es lo que se rumora en los pasillos de la empresa. Yo estoy contando las horas, para salir al cajero disparado como un cañón, para verificarlo. Aunque los más jóvenes miran su aplicación del banco y lo confirman desde sus lugares. Unos incluso, ya están pagando sus deudas mediante transferencias electrónicas. ¿Quién sabe cómo será eso? Yo no se de esas cosas. Yo voy a la segura, yo voy al banco. Antes, me atendían en la ventanilla de la sucursal, pero ahora, parece que al banco ya también le gustó eso de la modernidad, pues ya no hay personas que atiendan en las ventanillas, ya todo lo hacen mediante unos gigantescos cajeros. 

Pido ayuda a una amable señorita que me auxilia sin dejar por eso, de atender a otras dos personas que también solicitan apoyo. Se acerca a la pantalla del cajero en el que me encuentro, me pregunta si deseo verificar saldo o hacer retiro. Yo, dudo un poco y me inclino por lo primero. Me deja para seguir atendiendo los otros casos. Y ahí estoy, parado frente a esa pantalla azul donde aparece mi dinero. ¿Va a retirar algún monto? Me pregunta amablemente la joven. Eh, balbuceo, reintegrándome nuevamente, Sí, por favor. Le digo el monto y me dice que está topado y que solo puedo disponer de cierta cantidad. Yo me molesto un poco porque, se supone que es mi dinero y puedo hacer lo que yo quiera con él. Ella me dice que es por mi seguridad. Yo asiento, pero no lo consiento. Por eso no me gustan esas máquinas. 

Apenas salgo del banco y suena mi teléfono, es mi hija. Antes de saludar y preguntar cómo estoy, lo primero que pregunta es por el aguinaldo, que si ya me lo dieron, yo le digo que . ¿Que si le puedo prestar parte del dinero?, bueno, pues es mi hija no. Para quién trabaja uno si no es para los hijos. Que pasa más tarde a la casa por él. Que no se queda a comer, porque tiene que hacer muchas cosas. Claro, muchas cosas más importantes que su padre.

Los chicos de la oficina se van a celebrar, se traen de bajada al compañero que el año pasado se gastó todo su dinero en la parranda. Al parecer quedará para la posteridad aquella épica hazaña. Le preguntan entre burlas si este año será igual. Espero que, por su bien y el de su familia, no. 

Me invitan, pero yo me disculpo y argumento que me esperan en casa. Pasa el becario de Recursos Humanos para la cooperación del intercambio de la empresa. Es voluntariamente obligatorio asistir, ya que, si no, los patrones lo ven a uno con malos ojos.

   

A parte del intercambio oficial tengo el del área. Tampoco me pude negar. Sólo miro cómo disminuye mi dinero y todavía ni se acaba el día. 

Dicen que, el dinero y los chismes se hicieron para contar. Sólo que el primero disminuye y el segundo aumenta. 

Llego a la casa y ¡sorpresa! mi hijo me pide también prestado parte de mi aguinaldo. Y lo pongo entre comillas, porque no pienso cobrárselos, pero tampoco ellos piensan pagármelo.

Le digo que sigue en el banco. Él no se inmuta, me pide prestado mi teléfono y como le sabe a la tecnología, se mete a mi banca electrónica, y se transfiere el dinero a su cuenta. Todo eso, ¡en cuestión de minutos! 

Se despide y se va. Ni siquiera me dejó preguntarle si se quedaba…

Miro a mi esposa y ella me sale con que hay que pagar esto y pagar lo otro, y cooperar para la posada de la calle y quién sabe que cosas más. 

En mi mente, miro mi casa, miro a mi familia y recuerdo que el año pasado el dinero se fue en setenta y dos horas. Hoy no duró ni siete. 

No quiero ni pensar en qué se gastarán ese dinero. Ojalá lo hagan en pagar sus deudas y no compren más cosas innecesarias.  

Mi esposa me dice que no hay nada para cenar, que, si quiero, hay que ir por algo. Le digo que me acompañe y juntos salimos a cenar. Pero le digo que vamos a hacerle como le hacen los chavos hoy en día: tú pagas lo tuyo, yo pago lo mío y juntos seguimos endeudando al país.