Hacia atrás
La sociedad se ha transformado, no cabe la menor duda, lo que antaño resultaba sorpresivo hoy parece ser nada para las nuevas generaciones, que ante todo, han perdido la capacidad de sorpresa, con las implicaciones propias del caso.
No se trata de pensar que tiempos añejos son mejores, pero es evidente que muchas de las reglas de comportamiento que nuestros viejos modelaban, que nos exigían en la convivencia diaria, han dejado de ser vigentes.
Estoy convencido de que el problema de los niños, adolescentes y jóvenes de nuestro tiempo no es su falta de madurez o de criterio, sino la absurda manera de educar que sus padres promueven y predican.
En los hechos, son los padres los que generan los conflictos; permisivos, omisos, ajenos, imprudentes, desvergonzados, agresivos, tortuosos y necios, por citar algunos de los adjetivos que les quedan. ¿Cómo pretendemos que un chico sea gentil con sus semejantes, cuando ve que su padre rompe toda regla de tránsito cuando maneja un auto?
Y así, cada acción que esos papitos ejecutan es un paso hacia atrás en la conformación de mejores sociedades y, obviamente, de seres humanos comprometidos.
Ya no existe el rigor en los horarios, se les deja hacer lo que sea con tal de no tener que batallar con ellos; ya no hay el impulso para que cumplan con sus labores escolares, porque se tienen que atender asuntos de vital importancia (entiéndase el cine, la vida social o la relación sentimental).
Hoy, los jóvenes presumen de sus logros en los antros, sus múltiples conquistas, sus veinte tatuajes, su irreverencia ante la autoridad, su inacción ante los retos, y su capacidad etílica, como si se tratara de la obtención de un premio nobel. ¿Quién les supervisa?, ¿Quién les muestra el camino?, ¿Quién les dice lo que esperamos de ellos?
Supuestamente, el sentido común entendido como los conocimientos y las creencias compartidas por una comunidad y considerados como prudentes, es lo que orienta las conductas de las personas. ¿En dónde quedó ese necesario elemento social?
Ya perdimos la capacidad de juzgar los acontecimientos y eventos de forma razonable porque sencillamente no utilizamos la razón para prácticamente nada de nuestras vidas; resulta más redituable retroceder a tiempos de las cavernas para mostrar nuestra superioridad ante los retos del entorno.
Hemos dejado de valorar el respeto, hemos dejado de ser trabajadores, hemos dejado de ser solidarios con los padres. ¿A cuántos hijos conoce usted que, a pesar del esfuerzo de sus progenitores han hecho y dado lo mejor por ellos, simplemente no carburan y gozan de su inacción como si fuese un mérito?
¿De qué sirven los avances tecnológicos y científicos si somos incapaces de tomar las riendas de nuestras vidas de manera armónica y consistente?, ¿De qué sirven los recursos si no sabemos establecer relaciones duraderas?
Como los cangrejos, vamos en retroceso permanente; lamentable que incluso el valor máximo de una persona, su vida, puede estar en riesgo porque esta juventud sin rumbo no hace una valoración adecuada del mismo.
Y todavía puede ser peor, ¡caramba!
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