Helena de Troya

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La poesía y la mujer van de la mano, su intérprete a lo largo de la historia ha sido el hombre desde múltiples formas de expresión, ya por el canto o en los inicios por esos poemas que no eran escritos sino motivo de la memoria y la voz que les recitaba, que les declamaba llamando al personaje, la mujer, por aquello que se convertía lo mismo en lo real pleno de belleza o la metáfora que le acerca a ser la musa de los poetas en el retrato de la Luna en sus diversas manifestaciones, o al convertirse en la flor más bella cuyos pétalos eran los ansiados fines del amante hipnotizado ante belleza tal. Leo en la revista Muy interesante el tema general dedicado a las Grandes batallas de la Antigua Grecia”en ella, destaca la Guerra de Troya donde uno de los motivos principales es el secuestro de Helena por parte de París, de la misma leo que 1180 A.C. es la fecha aproximada de la Guerra de Troya, narrada en la Ilíada (S. VII-VI a.C.). Interesante es tomar en cuenta las palabras del director de dicha revista: La Hélade, en pie de guerra / Desde los mismos mitos sobre los que se fundó su civilización —Siete contra Tebas, la Guerra de Troya—, la historia de la Antigua Grecia se escribió a golpe de espada y lanza en los campos de batalla. Hacia 2000 a.C. la extinción de la matriarcal cultura minoica a manos de los pendencieros invasores micénicos dio a luz una nueva identidad griega, que se refleja en esa mitología guerrera, los legendarios héroes de la epopeya troyana —Aquiles, Héctor, París, Helena…—, inmortales gracias a la Ilíada de Homero, quizá son reflejos literarios de hechos y personajes reales de la época micénica. 

El mundo de la magia que lleva a cientos de investigadores, poetas o ensayistas, a dramaturgos y narradores a volver una y otra vez al pasado que tiene todos los componentes mágicos de la literatura que se mezcla entre la imaginación y la realidad. Cuenta Alfonso Reyes en el prólogo que hace al libro La Ilíada publicado por editorial Porrúa en su colección Sepan Cuantos…, nuestro sabio dice: Agraviada, pues Eris, porque no se la contó entre los comensales, trajo consigo a la ceremonia nupcial una manzana con la inscripción que decía: “Para la más hermosa.” Y la lanzó en mitad del festejo. Al instante tres diosas quisieron disputarse aquel verdadero premio de belleza. Hera (esposa legítima de Zeus), Atenea y Afrodita. Escogieron por árbitro a cierto joven pastor y que era precisamente Paris-Alejandro, aún no recogido en el hogar de sus padres. Atenea, para sobornarlo, le ofreció victorias guerreras; Hera, mando e imperio sobre los pueblos; y Afrodita le prometió entregarle a la mujer más bella del mundo… Pues bien, la mujer más bella del mundo era Helena, una hija de Zeus y de Némesis —espíritu de la venganza, según cierta versión, y según versión posterior y más difundida, hija de Zeus, transformado en cisne, y de Leda, la mujer del rey Tíndaro. París concedió la manzana a Afrodita, con lo cual se atrajo por lo pronto la inquina de Hera y Atenea contra su patria, Troya. Estas palabras de don Alfonso nos hace ver cómo es que la gran cultura griega tiene en tanta importancia la presencia del tema Mujer, tema que por toda la historia en las diversas culturas es relevante, pero a la hora de escribir de lo humano el nombre genérico de Hombre, hace perder la importancia y relevancia de la presencia femenina en todas las culturas y épocas de la humanidad. Eris, la Discordia, Hera, Atenea y Afrodita en la mitología griega son expresión de lo femenino. Helena lo es más como mujer terrenal que ha de causar el detonante de la guerra que al leerla una y otra vez nos hipnotiza porque el motivo nos parece increíble: el amor de París-Alejandro por ella ha de llevar a una guerra de muchos años. 

Ha de hacer aparecer al héroe Aquiles que ha de morir en dicha guerra, pero en su existencia el amor ha de estar presente en la figura de la bella Briseida, que es premio por su vitoria sobre los troyanos, pero a la vez es quien le roba el alma para siempre más allá de la muerte. No es otra cosa el amor del músico angelical que es Orfeo por Eurídice. La tristeza del cantor ante la oscuridad en que queda la amada es aún el canto que nadie más ha podido alcanzar a lo largo de nuestra historia. Las mujeres en la historia y mitología griega son poesía y realidad que sorprende: no de otra manera hemos de pensar en el amor de Odiseo por Penélope: la mujer que teje y desteje día y noche esperando diez años al amado que viene de esa guerra malhadada de las costas asiáticas en Troya. 

Escribe Alfonso Reyes: París obtuvo el pago prometido en Esparta —la Esparta arcaica y anterior a los lacedemonios— donde fue hospitalariamente recibido en el palacio del rey Menelao, esposo de Helena. Durante una ausencia de Menelao, quien tuvo que ir a Creta, Paris enamoró a Helena y la persuadió de que escapara con él a Troya, Menelao, guerrero un poco tosco y jefe de pueblos todavía algo atrasados, mal podía competir a ojos de Helena con el refinado y gracioso príncipe troyano, que era además famoso arquero, capaz de alcanzar en el aire una flecha con otra, y que tenía el encanto de lo lejano y de lo exótico. Al pensar en el paso de la mujer por diversas culturas, es tal la elocuencia que sobre todo los literatos hacen al escribir sobre ella, pues muchas de sus fortalezas aparecen una y otra vez, haciendo que el hombre juegue el papel de aquél palomo que da vueltas y vueltas alrededor de su paloma que le ha enamorado. Las lecturas de Jorge Luis Borges en torno al libro clásico de Las mil y una noche es otra prueba en el caso de la cultura árabe del papel de primera actriz que juega la mujer en mitologías o historias tan reales que da lo mismo retornar a William Shakespeare en el recuerdo de dos obras emblemáticas en torno a la Mujer: Otelo al asesinar a Desdémona y, en la pareja trágica de Romeo y Julieta del amor sin suerte. 

De ninguna manera se puede hacer a menos el estudio de la mujer, que si bien en el filósofo español Julián Marías se comprueba como el estudio filosófico, antropológico y ético de la mujer en la historia y en un presente como lo fue el siglo XX. La Guerra de Troya es un microcosmos y a la vez un macrocosmos en torno a la figura femenina, razón principal, pero a la vez la razón de todas las guerras, el dominio de unos sobre otros. Dominio que lleva a la esclavitud a los perdedores y a la entrega de territorios y economía supeditada a través de contribuciones o impuestos que señalaba el ganador. Por eso cuenta el mexicano en su prólogo: Agamenón, hermano mayor de Menelao, gozaba de inmensa supremacía sobre varios reinos e islas. Hizo propio el agravio de Menelao y, en cumplimiento del pacto de Odiseo, convocó a los demás reyes y caudillos de Grecia y las tierras helénicas para rescatar a Helena. Entre los antiguos pretendientes de ésta, figura Idomeneo, hijo de Decaulión y nieto de Minos, a quien ya vemos combatir en la Ilíada al lado de los aqueos. Uno de los textos más emblemáticos de la literatura occidental ha llevado desde entonces a artistas visuales de todo tipo a tener en cuenta estos hechos de la mitología e historia griega para pintar o esculpir los hechos más significativos de la Guerra de Troya: podemos preguntarnos cuántas veces se ha dibujado o pintado el Caballo de Troya, con el cual son derrotados por fin los troyanos. O el pintar o esculpir el cuerpo de Helena siempre idealizado por los mayores artistas de todas las épocas en los últimos 3 mil años de nuestra historia reciente. En la revista citada, que trae precisamente momentos pictóricos relacionados con Grecia y en particular con ese amor que lleva a una guerra de tan extensas proporciones. 

Tano es así que el segundo libro de Homero, La Odisea, es resultado de esa guerra que hará al héroe griego sufrir todo tipo de penurias antes de regresar por fin a Ítaca, lugar donde poesía e historia se reúnen para hablar del amor que no se extingue a pensar de la lejanía, ni del tiempo que tarde el amado en regresar a su hogar que dejó por verse obligado a ir a tan malhadada guerra troyana. Helena como manzana de la discordia, pero también el hecho, dice el artículo de la revista citada: Troya, en realidad, ya era un objetivo mucho antes. El deseo de los pueblos helénicos por expandirse hacia el Oriente resuena en las leyendas bélicas tempranas.