Hermano Pop
Ya está. Todo listo para mi seminario de encuentro espiritual. El proceso que me llevará a la apertura, a la entrega, al encuentro conmigo y con la naturaleza, al contacto directo con el ser. Olvidándonos de todo este bullicio capitalista que sólo nos quiere esclavos. Ya tengo mi reservación para todo el fin de semana en el hotel más exclusivo y paradisiaco dentro de la mejor playa del país.
El precio, claro está, es en dólares, un par de miles, que bien lo valen. Hice que lo cargaran todo a mi tarjeta de crédito, la dorada-platino-negra, que no se le da a cualquiera. En este momento estoy empacando sólo lo esencial e indispensable para pasar esos días de meditación y alejados de todo.
Al fin podré reconectarme en la ceremonia de sanación con gente despierta y luminosa. Nada de sentirnos violentados. Obviamente compré el kit de libros del hermano que nos dará el retiro. Lo sigo en todas las plataformas digitales, tengo acceso exclusivo a las sesiones en línea que realiza constantemente, somos un grupo selecto como de mil personas. Aunque casi no nos conectamos todos. Puedo decir que he visto todos y cada uno de sus videos. Todos los días lo escucho camino al trabajo, en su podcast, a través de mi teléfono inteligente que conecto a mi auto, igualmente inteligente.
Tengo que llevar la mejor ropa de lino, ideal para el calor, el mejor outfit, para meditar y conectarme con la naturaleza. Obviamente no puede faltar el bloqueador solar lleno de químicos que alterarán el delicado ecosistema puesto a nuestra total y absoluta disposición. No importa que con sus químicos contaminemos el agua donde seremos bautizados para renacer como gente nueva e iluminada, alejados del mundo. Tengo que cuidar mi hermosa cabellera, así que empacaré toda esa sarta de botellas químicas que ayudan a darle cuerpo y brillo a mi melena. No debo permitir que me vean con la misma ropa, así que mejor llevaré varias prendas, ideal para cada hora del día. Y ni qué decir de mis sandalias exclusivas de diseñador que me costaron varios miles de pesos. Fue un número limitado de ejemplares en todo el mundo y yo tengo uno de ellos.
Tampoco debo olvidar mis cargadores y pilas para que mi teléfono inteligente no se quede sin batería y así pueda estar subiendo todas mis historias en todas mis redes sociales para que todos mis amigos vean lo cool que me veo en el seminario de retiro espiritual y de apertura con la naturaleza en el hotel más exclusivo y caro de todo el país. Voy a ser la envidia de todos ellos.
Pobres, ellos no pueden darse la oportunidad de tomar estos encuentros para abrir su mente. Siguen esclavizados, inmersos en el consumismo.
Una de ellas es mi madre. Me dice que el terapeuta de fin de semana, ese chamán urbano nada más, me está viendo la cara, que está sangrado mi cartera, al hacerme comprar toda la colección de sus libros, donde no dice nada nuevo, todas las veces que cargo mi tarjeta las horas exclusivas de su podcast o de las sesiones exclusivas en línea para mil personas.
Ella no entiende, ella sigue en su mundo, cerrada sin ver la verdad.
Mañana salgo temprano en avión, usé las millas que tengo a cambio de todos los vuelos que he usado en el año, prácticamente me salió gratis. Sí, no me importa que digan que las emisiones dióxido de carbono son brutales, pero yo digo que contaminan más los cohetes que avientan las personas en las fiestas patronales.
Nada de lo que digan o hagan, va a ser que se altere mi ser.

