Historia de familia

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La cocinera murió. ¿Quién tomará su lugar?

Y de inmediato los comensales traidores abarrotaron otras mesas.

Sólo tres tristes y hambrientos mendigos permanecieron.

El primero se ofreció a preparar sopas rojas y verduras sin asar,

pero la vida es cruda y no basta  probar, mejor saber prender el calor de un buen horno.

El segundo confesó que no sabía cocinar y sin más comenzó a llorar. Ese planeaba enloquecer de hambre en las siguientes horas.

El tercero había sido colocado ahí por la providencia, pues sus manos ablandaban la carne seca y los sabores nacían mezclados de entre los puñados de especias que seleccionaba.

Los tres comieron hasta saciarse, hasta preguntarse qué harían al día siguiente. El primero acordó nunca irse y en cuanto amaneció ya llevaba varias leguas de camino, el segundo murió de vergüenza, acusado de robar los alimentos.

Sólo nuestro auténtico cocinero tuvo el valor de quedarse y cumplir con su reciente misión, hacerse feliz con la cocina heredada.

No es éste un cuento. Es la historia de una familia que nunca fue familia y de cómo las familias se rompen por no alimentarlas.