Impases del intolerante

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Que los romanos eran una nación de una identidad tan bien formada, tan firme y desprejuiciada como para poder convivir con una infinidad de pueblos, cultos y cosmovisiones subsumidas sobre sus dominios, no es nada nuevo. Lo mismo pasó en Grecia durante la expansión de Alejandro, y ninguna identidad se vio turbada por el sincretismo de culturas. Este espíritu se mantuvo en la antigüedad hasta que, tras granjearse infinitas persecuciones, los cristianos tuvieron que pagar su intolerancia y sus intentos de imponer un credo excluyente y anginoso para el ciudadano libre donde había venido reinando la tolerancia.  Y como se sabe, el problema terminó con Roma siendo una ortodoxia excluyente, como dice Antonio Escohotado. Pero el asunto importante que está tras el carácter de Grecia y de Roma es, ¿sigue el individuo intolerante adoleciendo de estos males?

Que el intolerante está condenado a nunca estar en paz tampoco es nada nuevo: su mundo interior está compuesto de insatisfacción, infelicidad y anhelos que entiende como necesarios para regresar a un estado incólume que se perdió por haber malentendido el progreso, y que, curiosamente, nunca verá cumplidos; porque tanto la naturaleza humana como el carácter de la realidad, no obedece a los caprichos de tres o cuatro empecinados, sino que va por cuenta propia.

¿No es obvio el vicio del conservador empedernido? De una forma u otra, toda imposición atemporal deviene discordia y tal cantidad de impases diarios, que el diálogo no se vuelve sólo imposible sino indeseable. Aunque no lo sepa, el mayor daño del conservador empedernido para su sociedad es celebrar la urticaria que provoca al progresista. No hablo de quien por sus circunstancias privadas de cultura ha sido o es así, ni mucho menos. Me refiero a quienes tienen la tozudez y el impase por sistema. A quienes rechazan de antemano toda voz joven por inmadurez o falta de experiencia, al fanático que ve en otros credos formas impías y bajas de intelectualidad y obviamente al que ve al individuo secular como alguien merecedor de todo infortunio o hasta como un terrorista en ascuas.

Estoy convencido de que el conservador debería de mantener, recubrir y atesorar lo que las demás personas le permitan, pero no todo lo que antaño fue paradigmático. Con todo lo que han avanzado nuestros días, el contraste o el parangón con el pasado resulta obligatorio para evitar el desbarranco, pero querer amarrar el progreso y el avance actual a valores cristalizados, es no querer ver la luz del sol. Es una suerte de oligarquía de la moral que, obviamente, muy pocos están dispuestos a tolerar. Por lo que creo que este siglo libertino seguirá manteniendo su dignidad, en la directa medida en que no rechace ideas previa y tajantemente de sus contrarios cuando las encuentre francas y ubicadas.