¿Indignación o abuso?

Views: 1550

La realidad de lo que sucede en México con la pandemia sobrepasa los estándares más comunes. Vemos, con el encierro obligado se dio un aumento terrible de casos de abuso familiar que va más allá de las cifras oficiales o de los intentos por hacer invisible un problema que no tiene poco tiempo.

La forma en que las autoridades siguen tratando el abuso es pueril y poco efectivo. El reciente caso de la maestra violentada en plena clase virtual por su pareja pone de manifiesto que seguimos en pañales en cuanto a la obtención de justicia hacia este tipo de casos y el hecho de que sean, las redes sociales quienes se manifiestan de manera implacable lo que ha hecho de que las autoridades implementen, o intenten implementar un mecanismo más actual y con mayor efectividad en este tipo de situaciones.

Por supuesto que nos hacemos la pregunta obligada: ¿Qué hacer en caso de vernos envueltos en una situación específica? La mayor parte de las personas responde de manera inmediata: Intervenir. Y se hace en la mayoría de los casos, pero siguen sucediendo de manera continua y sin que las personas a su alrededor intervengan. Lo que significa un hecho real: somos terriblemente insensibles.

Es claro que necesitamos crear una conciencia ante este hecho. Y no es solamente un acto de valentía, sino también un acto de sororidad lo que se requiere, sino una educación a nuestros hijos acerca de lo terrible que es un hecho de esta naturaleza. Leemos en la prensa diariamente noticias acerca de los abusos que se suceden, no sólo a las mujeres, sino también a los niños y ancianos.  Debemos parar estos actos para sentirnos un poco más humanos.

Es por esto que no descalifico las acciones que colectivos feministas hacen con relación a estos hechos. Es más, no tengo autoridad moral para hacerlo. Estoy con ellas aunque no me manifieste y trato de no escribir sobre el tema porque es mejor actuar que escribir cientos de palabras para autojustificarme y poner en mí, palabras que me alimenten espiritualmente. Prefiero no inmiscuirme en sus protestas y sí tratar de que los que vivan a mi alrededor, tengan una mayor conciencia acerca de lo que sucede.

Pero aún así, no estoy de acuerdo en la forma en que algunos grupos ultras quieren provocar una mayor violencia afectando no sólo el transcurrir de la ciudad, sino el atacar de manera inconsciente a personas que luchan por sobrevivir en estos tiempos tan aciagos.

Esto sucedió el sábado pasado mientras tenía una sesión de taller. Un grupo de ultras feministas, encapuchadas y con varillas y garrotes en las manos interrumpieron el tráfico en una esquina y a gritos pedían una solución a los crímenes de género. Tenían razón en protestar, y eso es un hecho, pero lo que no tenían razón era en atacar, sin motivo, a un grupo de personas que lo único que pedían era el paso para continuar con su trabajo.

Los gritos eran hasta cierto punto espeluznantes. Pero era más aterrador el hecho de ver como rodeaban a una pareja en motocicleta, repartidores de una aplicación que seguramente llevaban un pedido, lo que significa su trabajo, y gritarles que se bajaran si eran muy valientes, que las enfrentaran porque iban a demostrarles que ellas eran mucho más hombres que quien conducía la motocicleta. No fue el único repartidor amenazado. Un par de personas de la tercera edad se les enfrentaron y sin fijarse en lo que hacían estuvieron a punto de golpear al hombre.

La realidad fue mucho más allá de lo que puedo expresar en estas líneas. La filosofía popular nos ha legado un sinfín de frases que expresan mejor la situación, pero definitivamente, la única que podría caber  en este momento es que aquella que expresa lo que todos sabemos: La violencia sólo genera más violencia.