INFANCIA ES DESTINO

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Párrafo por párrafo nos vamos enterando de los sucesos de vida del genio que fue Kafka, del hombre que en su madurez le escribe al padre, sin saber que su carta ha de ser ejemplo, ahora, en el mundo de la psicología social y del área familiar en específico. Escribe en su carta: Esta frecuente argumentación tuya parece correcta en la medida en que yo también te creo enteramente exento de culpa en lo que respecta a nuestro distanciamiento. Pero también yo estoy libre de culpa. Si pudiera lograr que lo reconocieras, entonces sería posible… no digo que una nueva vida, porque para eso ambos somos muy, muy viejos ya, pero sí una especie de paz; no un cese, pero con todo, un aplacamiento de tus incesantes reproches. / Curiosamente, tú tienes alguna remota idea de lo que quiero decir. Así, por ejemplo, hace poco me dijiste: “Siempre te he querido, aunque no te lo he demostrado como suelen hacerlo otros padres, precisamente porque no se fingir como ellos”. Ahora bien, padre, en general yo nunca he dudado de tu bondad hacia mí, pero no me parece que sea verdad esta observación. No sabes fingir, es cierto, pero querer afirmar por esta razón solamente que los otros padres fingen, es o bien pura terquedad, imposible de discutir, o bien y en mi opinión, realmente ése es el caso, una expresión para encubrir el hecho de que hay algo que está mal entre nosotros, y que tú, has contribuido a ocasionar, aunque sin culpa alguna. Si es esto lo que realmente opinas, estamos de acuerdo.

Indagar en cada renglón para entender que un hombre adulto como Franz Kafka esté aún tratado de entender a quien por ser el padre todo se le debe perdonar, todo se le debe arreglar en el renglón, pues bien sabemos que los padres nunca se equivocan, por lo tanto, ‘padrecito’ mío, sé que nunca has de cometer acto ajeno a tu sabiduría, y si llega a suceder, entonces él o los hijos debemos entender y no sólo perdonar, sino aceptarlo porque es nuestra obligación.

Bien recuerdo el Movimiento de 1968 en Ciudad de México, pues la experiencia que se vivió en México y en el mundo fue un choque de generaciones y de visiones idealistas por un mundo de libertades y democracia. De lucha contra el autoritarismo paternal, que por sentir que eran los padres ya sabían que los jóvenes no tenían ninguna razón de rebelarse. Son los años, a mitad de la década de los cincuenta, unas décadas después de la vida de Franz Kafka que esta batalla contra el autoritarismo en la familia y en la vida pública, contra el estado autoritario, lo mismo en México que en París o Los Ángeles, pues me viene a la memoria en ese 1968, que en el autobús en el que iba a la capital el chofer, un señor fornido y de voz grave, nos decía a algunos de los que viajábamos en tal transporte: los estudiantes están locos si piensan que pueden oponerse a la autoridad del padre y por lo tanto, a la autoridad de Gustavo Díaz Ordaz, en aquella época aciaga presidente de la República mexicana. Él señalaba que por la pura razón de ‘matarse’ trabajando para mantener a la familia, los hijos debían total respeto y disciplina al padre, así fuera autoritario o violento al interior de la familia. Lo decía con tal seriedad y sin posibilidad de rebatirle algo al respecto: Quien trabaja y mantiene el hogar, tiene todo el derecho de hacer al interior de dicho hogar lo que se le antoje. Y por lo mismo, oponerse al estado autoritario era un grave error, pues el presidente del país, era para él, el ‘padrecito’ que lo mismo se representaba en José Stalin o Hitler, en otros tiempos, de Somoza, Trujillo o Pinochet. La carta de Franz Kafka y su literatura es por eso vital para comprender a las familias que imperaban en el centro de Europa hasta llegar a España o Inglaterra si era de ir al mar. Lo que él nos enseña a través de su ‘simple’ carta dirigida al padre, es la versión del siglo XIX que traía consigo todo tipo de autoritarismos a la vida moderna. La madre no aparece, pues el dueño de los hijos es el padre y nadie más. Así nos lo cuenta la civilización inglesa en el siglo decimonónico, así lo encontramos en México en todo el trayecto del siglo XX que a duras penas ha ido cambiando. No es pues la Carta al padre, de Franz Kafka, un documento que no merezca la atención de quiénes siendo contemporáneos en el año 2021, con todo y pandemia del Covit-19, podamos hacer a menos un documento que surge de una de las mentes más sensibles del siglo XX que podamos estudiar y reconocerle sus victorias y sus derrotas. Y la derrota ante el padre está en cada párrafo para tristeza de quienes leemos sus honestos comentarios a los 36 años de vida.

Edad en la que sepultamos muchos de nuestros conflictos y recuerdos de familia o sociales, con tal de vivir la vida en busca de alegrías y no tristezas. El pasado en Kafka fue sin embargo un hecho que le duró toda su vida, que fue de pocos años, pues murió de tuberculosis a los 43 años de edad. Infancia es destino es una frase que nos ha de perseguir a todos los que venimos a esta vida. La infancia en Kafka está presente en sus años de madurez, escribe: No digo, desde luego, que me he llegado a convertir en lo que soy debido sólo a tu influjo. Esto sería una exageración, por lo que siento incluso cierta tendencia. Es muy posible que, aunque me hubiese desarrollado en forma totalmente libre de tu influencia, aun así, no habría podido hacerme un hombre según como tú lo entiendes. Probablemente habría llegado a ser, a pesar de todo, un hombre bastante débil, miedoso, vacilante e inquieto: no un Robert Kafka (un primo), ni un Karl Hermann (el marido de Elli), sino por completo diferente, sin duda, de cómo soy en realidad, y habríamos podido llevar una relación de total armonía. Yo hubiera sido feliz teniéndote como amigo, como jefe, como tío, como abuelo, y hasta (aunque en esto ya titubeo un poco) como suegro. Pero como padre has sido demasiado fuerte para mí, más aún porque mis hermanos murieron muy pequeños y mis hermanas nacieron mucho más tarde, por lo que fue necesario que soportara yo solo el primer choque, aunque era muy débil para eso.

Sí, me pregunto qué cosa tiene esta carta que se encuentra en todas las librerías de venta del mundo. Hombrecito de poca musculatura, que de su padre hereda la atroz baja estima. La realidad es que es un gigante, tal cual lo fueron, Antonio Gramsci o Miguel Hernández.