Informar, merolicos de feria

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En los informes que lee el titular de un gobierno, ya no saben cómo abultar las cifras oficiales para que parezcan mucho, que den la idea de reteharto y de lo requetebién que van los asuntos del gobierno.

En una estrategia discursiva, las lecturas de informes desde el gobierno nos recuerdan a los vendedores de sarapes en las ferias, ofertantes que apilan más sarapes y más sábanas y más almohadas para atraer al comprador.

En el gobierno, lo que debe ser la lectura de un informe que corresponde con un año de ejercicio, se vuelve el acumulado de muchos años.

La feria de las cifras.

La desmesura del dato.

Un kilómetro cuadrado de pavimento resuena como un millón de milímetros cuadrados de pavimento.

La abundancia de los números.

Si lo hecho en un año no alcanza para presumir, de manera engañosa suman año tras año o lo comparan con lo realizado por Adán y Eva en el paraíso.

Eso sí, cuando se trata de hacer pequeña la cifra escandalosa, se divide hasta entre el número de células de cada habitante, para hacerla pasar como imperceptible.

En otra estrategia discursiva, la lectura de un informe desde el gobierno nos recuerda a las mesas de apuestas en las ferias, en las que el administrador pregunta ¿dónde quedó la bolita?

Al minimizar el dato alarmante, al informador desde el poder sólo le falta preguntar a los ciudadanos ¿qué tanto es tantito?

La feria de las cifras.

La pequeñez del número.

Los más de 8 millones de pobres son apenas la milésima parte de los 8 mil millones de habitantes del planeta.

La insignificancia del dato.

Las lecturas de informes de gobierno, en el formato que suceden en este septiembre de 2021, son actos de propaganda engañosa, autoelogio mediante autoengaño.