Inútil

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Con catorce años no se puede ir muy lejos. Era (el verano del ochenta y siete) mi primera excursión lejos de casa; tenía planificado el tiempo, la ruta, el abordaje, la increíble sensación de la libertad robada, no otorgada. Mi único objetivo era llegar a la Biblioteca Pública Estatal, esa tarde leería el primer estante de la clasificación decimal universal: obras generales (no calculo cuántas veces habré contado este estrago).

De pie frente a la mampostería, recorrí con  ojos de cerradura aquellas etiquetas codificadas en punto, número, punto y número. Como no consideré la amplitud del acervo, me dispuse a elegir un libro, cualquiera, el primero, tal como sucede en la vida, se aventura uno de tal manera. En mis manos cayó un tomo empastado en cuero duro, con dorado al canto que decía Tratado de Lógica Elemental, ése y no otro era mi destino.

Al leer: dada una proposición A se reduce al absurdo en tanto A no es A, sea verdadera o falsa o nada. El epiquerema recién aprehendido se achicó como insecto cayendo al piso y la mente alba sintió el falaz engaño de la comprensión. Pensando que esa tarde había descubierto el hilo obscuro, marché de regreso a casa cantando una extraña canción, ahora rimaba y versaba. Luego, los alimentos dejaron de nutrir mi arborescencia y mi lógica se volvió antilógica y el amor se comió al mío.

Ahora entiendo que no leí entre líneas, que la demostración última complementa la veracidad de la primera afirmación. Pero ya es demasiado tarde, la literatura y la vida sólo pueden llegar a existir hasta su final. Vacuidad y fugacidad, así son la esperanza y la reivindicación, sólo se salva la Poesía que no parece poesía y por eso es Inútil y necesaria.