JUSTO SIERRA MÉNDEZ

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Gloria a vosotros. A Juárez, la impasibilidad absoluta del Derecho; a Ocampo, el mártir sublime de los gigantescos sueños. El insigne colaborador en esta obra augusta fue el ciudadano Miguel Lerdo de Tejada. Él fue el organizador de aquella tempestad: mientras los apóstoles de la idea nueva arrojaban en el incendio revolucionario, el uno el soplo de su inspiración; el otro, nuestro Voltaire plebeyo, la razón invencible y el sarcasmo inmortal; mientras los ejércitos combatían y enrojecía la sangre las vertientes de la cordillera, en el fondo de su gabinete de trabajo, Lerdo preparaba la obra capital de nuestra historia. Desde la conquista se había ido aglomerando en derredor de la cruz de los misioneros, un tesoro lentamente arrancado a la esclavitud de la raza indígena y al terror supersticioso de los blancos. Instrumento de dominio terrestre, fue cubierto con la égida del anatema y circuido con las llamas del infierno, que los teólogos han hecho sentir a sus enemigos desde antes de dejar la tierra.

Leer este párrafo en palabras de don Justo Sierra Méndez, hace preguntar ¿de qué cosa se forman educadores de un país o de sus pueblos en la tierra? Las lecciones que nos da el siglo XIX mexicano es suficientemente elocuente para comprender de qué cosa sí están formados: de extensa y suficiente cultura, que en palabras de Sor Juana Inés de la Cruz se definen en esa frase que defiende en su Carta de respuesta a Sor Filotea de la Cruz: No estudio para saber más, sino para ignorar menos. Los nombres se desgranan en el caso de los pedagogos, de lo que sí podemos estar seguros, es que ignorantes no lo son. Desde el filósofo griego Sócrates, que destaca en la historia de la humanidad por su profunda y extensa sabiduría, se prefigura la imagen del pedagogo, por ser un sabio, que de preferencia no sea un soberbio de tal sabiduría, porque ése es el papel que les toca a los falsos educadores, a los sofistas, que cobran por enseñar falacias a quienes les escuchan.

Grandes educadores hemos tenido, y Justo Sierra nacido en Campeche, México, es uno de los que nos da tanto orgullo siempre nombrarlo. Y eso, que le tocó estar laborando en la época aciaga del porfirismo, poniendo su inteligencia y su don de educador, para alcanzar a dar nuevas luces a la educación universitaria en el nuevo país que iba hacia su primer siglo de libertad. El siguiente párrafo nos da la imagen y conciencia de que está formado, en su texto publicado en El Federalista, del domingo 18 de enero de 1874. Escribe: …Desde entonces no se inventó una nueva máquina de opresión, no se derramó una sola gota de sangre que no debiera convertirse en oro para el clero: Desde entonces, cuando con la conciencia de nuestra fuerza hablábamos de independencia, aquel oro sirvió para pagar las cabezas de Hidalgo y de Morelos, como debía servir para comprar la de Guerrero. Cuando entreviendo los horizontes del futuro hablamos de libertad, aquel oro sirvió para forjar nuevas cadenas, para hacer el gasto de esa inmensa orgía militar que desde Bustamante hasta Santa-Anna amenazó ahogar nuestra autonomía y nuestra honra entre libaciones de vino y de sangre. Y aquel oro estancado en las venas del cuerpo social nos impedía vivir, paralizaba el movimiento; el clero había arrojado a la República en el fondo del mar, con una piedra al cuello. Pocas palabras más precisas para definir el papel del clero en el siglo XIX, con belleza literaria, el sabio Justo Sierra, define lo que ha sido el primer siglo de nuestra Independencia.

Los grandes se reconocen en los grandes, Sierra con inmortales palabras reconoce a Miguel Lerdo de Tejada, diciendo lo siguiente: Todos conocemos esa historia de titanes; a ese esfuerzo supremo debemos el respirar en libertad. A esa vida inmaculada, a esa obra inmortal, tributamos hoy un homenaje. Si el recuerdo de los hombres grandes vive en sus obras, el de Miguel Lerdo no morirá jamás. Mientras el país se sienta empujado en la vía de la prosperidad: mientras el influjo del clero no basta a enervar nuestro mejoramiento moral; mientras el aire libre y el capital libre puedan circular por el país mexicano; mientras la educación pública vaya ahogando hasta el último vestigio del pasado bajo su inmensa marea de luz, ¿quién podrá olvidar al modesto trabajador de esta santa obra?

Se puede imaginar al orador —gran orador— cuya sabiduría pinta con trazos precisos a nuestros hombres del siglo XIX. Sí, dentro de las últimas décadas del primer siglo independiente había ahí un hombre de cultura destacada, que entendía perfectamente que es la cultura a través de la educación lo que hace libre al hombre. Los hombres y mujeres de ese siglo sorprenden porque hacían veinte cosas a la vez, su biografía cuenta en el tomo titulado Crítica y artículos de sus Obras Completas: Cabal hombre de letras, Justo Sierra cultivó, a lo largo de sus cuarenta y cuatro años de escritor y pocas veces sin grandeza, la historia, la educación, la política y la literatura, esta última en casi todos los géneros. La mayor parte de estas disciplinas, sin embargo, ocuparon diversos periodos de su carrera intelectual. La poesía, el teatro y la prosa narrativa fueron ejercicios predilectos de su juventud, aunque nos haya dejado poemas aislados en su madurez. La historia y la educación fueron las graves preocupaciones del maestro ya formado. El periodismo político y la prosa literaria, en cambio, nacieron con el escritor y lo acompañaron, sin abandonarle nunca del todo, hasta sus últimos días.

Revisar sus palabras sobre Educación, en el tomo titulado Discursos, al examinar su Obra Completa, comprueba el profundo conocimiento que tiene del tema, en el discurso sobre: Apología de la ciencia; La libertad de enseñanza y de profesión; El presupuesto de la Instrucción Pública; El artículo 3º. Constitucional; Defensa de la Escuela de Bellas Artes y del Conservatorio de Música; El aguinaldo de los niños; Bases de la educación nacional; Organización de la enseñanza pública; El Colegio Militar; Plan de la escuela mexicana; Problemas de la reforma educativa; Deberes y aspiraciones de la escuela; creación y propósitos del Ministerio de Instrucción; la Escuela Nacional Preparatoria; Reformas legales a la educación superior; Reformas legales a la educación primaria; Iniciativa para crear la Universidad; La escuela Preparatoria y la Universidad; Conquista de la patria por la educación; Inauguración de la Universidad Nacional; y, La niñez y la escuela.

Al revisar este material deja sorprendido el dominio que tiene de los temas, su logro principal la creación de la Universidad Nacional, ante la desaparición de la era la Real y Pontificia Universidad de la Nueva España por guerras entre liberales y conservadores. Ahora con visión laica y ajena a injerencias clericales. Pocos secretarios de educación en la historia nacional tienen cultura pedagógica que él despliega en sus palabras: discursos que abarcan decenas y decenas de páginas de datos y nombres de todas las épocas y sucesos. Hombre sabio lo fue Justo Sierra, no es extraño que su nombre esté regado por todas partes en la República, sobre todo en escuelas de todos los niveles. Se lo merece. Porque en sus intervenciones en la legislatura dio clara cátedra de sabiduría, que bien le acerca a la manera de cómo se aprende al estudiar a Sócrates. Cito las palabras de Agustín Yáñez en párrafo que escribe en el tomo de Discursos: La oratoria forma eminente del pensamiento y de la acción de don Justo Sierra, quien solía decir que para conocerlo precisaba recurrir a sus discursos; esta es la importancia del presente volumen, cuya ordenación cronológica expone la evolución de las ideas y del estilo en el curso de cuatro décadas: el saltar de la improvisación parlamentaria —con sus desaliños naturales— a la pieza de orfebrería literaria es trabajo aleccionante.

Lectura de estos textos refleja y hace comprender de la importancia que aporta don Justo Sierra en la historia de nuestra educación nacional. Seguro, su figura fue emblema para jóvenes que en el año de 1909 crearon el Ateneo de la Juventud. Justo Sierra y el dominicano Pedro Henríquez Ureña, son dos educadores que forman a esta generación, misma que sigue siendo parteaguas en la vida democrática de México.