La Angostura del Alma

Views: 254

Escribo estas líneas desde el silencio de mi cuarto, sin café pero con las palabras bailando como hojas de otoño antes de caer. El anuncio de Kast como presidente de Chile resuena con un eco metálico, como un péndulo que ha completado su arco más extremo. Y pienso: ¿qué nos dice este giro sobre la fragilidad de las certezas?

Chile siempre ha sido un país de contrastes violentos. Una geografía extrema, desierto, cordillera, hielo, océano, que parecía modelar también su alma colectiva. Su historia moderna es un relato de fracturas, la república oligárquica, el experimento socialista de Allende, la Unidad Popular, el Chicago Boys, las protestas estudiantiles y la Constitución de hierro, el trauma de Pinochet, los diecisiete años de dictadura que no solo partieron un país, sino que sembraron minas en el alma colectiva, cada época ha llevado en su seno el germen de su antítesis, como si la dialéctica chilena fuera más un duelo a muerte que una conversación civilizada.

Hace dos días, 14 de diciembre de 2025, Chile ha elegido, con un 58% de votos al ultraderechista José Antonio Kast como su próximo presidente. 

Este momento tiene un sabor particular, pues. Yo nací y crecí en Tacna, en ese desierto que respira salitre y memoria. Desde mi ventana, Chile nunca fue un país lejano; era el rumor de voces familiares en la mesa, el acento arrastrado de primos que venían de Arica, Antofagasta, Santiago, la sombra de una historia compartida y a veces negada. Hoy, al contemplar el giro político que sacude a nuestro vecino del sur siento un escalofrío íntimo.  

No es sólo un cambio electoral; es un terremoto en el espejo donde Perú, América Latina y el mundo, nos miramos.

El pan chileno

Durante años, Chile fue ese país donde la política parecía un arte de moderaciones, ni rupturas radicales ni nostalgias totalizantes, sino acuerdos y balances. La Constitución de 1980 (heredera de una dictadura que marcó con violencia el imaginario colectivo) funcionó como un límite silencioso a todo exceso; un recordatorio de que, después de todo, hubo un precio que pagar por cualquier reforma. Hoy, ese límite parece haberse debilitado. 

La transición a la democracia fue ejemplar en su pragmatismo, pero, como escribió el poeta Raúl Zurita, la democracia chilena nació con un pacto de silencio tatuado en la piel. La Concertación gobernó con moderación y crecimiento económico, pero también con una deuda pendiente, la justicia social profunda, la memoria sin eufemismos. El estallido social de octubre del 2019 fue la implosión de ese modelo, las plazas ardieron con la rabia de quienes veían cómo el milagro económico excluía a millones. La Constitución de Pinochet, aún vigente, se convirtió en el símbolo de una casa con cimientos podridos.

Kast: El Retorno de lo Reprimido

En este caldo de cultivo emerge José Antonio Kast, y no es un personaje nuevo, pero su ascenso tiene el sabor amargo de lo familiar que regresa disfrazado de novedad. Kast representa algo más que la derecha tradicional, encarna una ultraderecha que se atreve a nombrar lo que muchos, durante años, susurraron. Su discurso es un catálogo de lugares comunes reactivos: orden, familia, patria, seguridad, pero detrás de esas palabras hay ecos nada más.

El filósofo español José Luis López-Aranguren hablaba de la moral de la derecha como una moral de la inmovilidad, del regreso a un orden idealizado. Kast evoca ese orden, el de un Chile sin conflictos, sin disidencias, sin la molestia de la memoria incómoda. Su triunfo no es un accidente; es la respuesta de un sector atemorizado por la incertidumbre del estallido, por el proceso constituyente, por la sensación de que el mundo conocido se desmorona.

El miedo es el arquitecto más eficaz de las fronteras, escribió la pensadora Judith Butler. Y Kast construye fronteras: contra el inmigrante ese nuevo otro, contra la ideología de género, contra la izquierda comunista, que para él sigue siendo el enemigo esencial. 

Es la política como trinchera.

Pero, ¿qué significa esto en términos humanos? La victoria de Kast no es sólo un resultado electoral. Es la manifestación de un cuerpo social que siente que la promesa de progreso, justicia y seguridad no le fue cumplida, es la expresión de ciudadanos que han interiorizado la narrativa de crisis, crisis de seguridad, crisis económica, crisis de identidad, tanto, que el discurso sobre orden que resuena con fuerza no debería sorprendernos, sino interpelarnos, porque cuando el miedo se vuelve el principal motor de la decisión colectiva, ¿qué nos dice eso de nuestras heridas más profundas?

Los ojos de Washington y el nuevo tablero

Estados Unidos ya ha puesto los ojos en Chile, y esto no es casual. En un continente donde México, Argentina, Colombia y Brasil tienen gobiernos de centro-izquierda o izquierda, Chile podría convertirse en el aliado estratégico que Washington busca. Un baluarte de lo que algunos think tanks conservadores llaman la defensa de la democracia liberal, aunque a ver, el proyecto de Kast tenga más de iliberal que de liberal en su sentido clásico.

La geopolítica es un juego de espejos, la Guerra Fría nunca terminó del todo en América Latina, sólo cambió de lenguaje. Piénselo así, hoy se habla de populismos versus democracias estables, pero bajo esos términos a menudo se esconden viejas rivalidades. Chile, con su economía abierta y su institucionalidad robusta, pero ahora con un giro a la derecha radical, se convierte en una pieza clave. El riesgo, más claro, es que el país vuelva a ser un laboratorio, como lo fue en los setenta…

Aquí debemos preguntarnos, ¿Hasta qué punto la soberanía de un pueblo se negocia en los términos del capital y la estrategia global? Porque, si algo parece claro, es que no nada más se elige un presidente; se elige una narrativa sobre el futuro.

Como estudiante de filosofía, me pregunto si este nuevo capítulo chileno no es menos una tragedia griega que una simple alternancia de poderes. Cuando elegimos mirarnos en el temor, no sólo aceptamos un conjunto de políticas, sino que cedemos parte de nuestra confianza en la convivencia plural. Y sin pluralidad, sin el reconocimiento del otro en su diferencia, ¿qué queda de la democracia?

La frontera, escribió el filósofo francés Étienne Balibar, es el lugar donde la soberanía se hace carne y la carne se hace política. En la figura de Kast –paradójicamente hijo de alemanes, chileno por elección– se encarna una paradoja, el ultranacionalismo como ideología desarraigada, el culto a la patria como proyecto abstracto, casi importado, es el nacionalismo sin suelo, sin el humus de la memoria compartida en toda su complejidad.

Coda del Pacífico 

¿Qué temporalidad habita este momento político? No es exactamente el regreso de lo reprimido freudiano, sino algo más inquietante, es la reaparición de lo nunca realmente ausente. Como los fantasmas de Derrida en Espectros de Marx, Kast es lo que vuelve sin haber partido, lo que insiste desde un no-lugar en el tiempo. Su elección revela que la transición chilena posdictadura fue, en parte, un acto de prestidigitación histórica, se cambió la fachada pero no se exorcizaron los demonios del sótano.

Y todo eso, me hace pensar en los fantasmas que todas las sociedades llevan dentro. Los chilenos, con su trauma pinochetista; los peruanos, con nuestro propio legado de violencia y desigualdad. 

Pero lo que más deseo con anhelo, es que mientras seguimos siendo espectadores, escribas, entendamos que: 

La democracia es frágil porque la memoria lo es. Y cuando el proyecto común se quiebra, cuando la promesa de justicia se pospone demasiado, aparecen los cantores de soluciones simples, los vendedores de nostalgias tóxicas.

En esa tensión, quizá también hay una esperanza, porque la democracia no es la ausencia de conflicto, sino la capacidad de gestionarlo sin violencia y Chile tiene la oportunidad –sí, dolorosa, compleja– de demostrar que puede contener sus extremos dentro de las reglas del juego. Y nosotros, los vecinos, tenemos el deber de observar con solidaridad crítica, sin schadenfreude, recordando que lo que le pasa a Chile nos pasa, en algún sentido, a todos. Porque al final, como decía el tacneño Jorge Basadre, 

Perú y Chile son dos países condenados a entenderse, porque comparten no solo una frontera, sino un destino de espejos enfrentados.