LA AUTOCRACIA AL ESTILO DE MÉXICO

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La guerra en Ucrania – Russia nos lleva a un análisis más profundo sobre el contexto global y las formas de gobierno, las cuales en su mayoría son causantes de los conflictos. Llama mi especial atención el orden autocrático en el que la Russia de Vladimir Putin se desenvuelve y a lo que conlleva este duelo mundial entre la autocracia y la democracia.

La autocracia es un sistema de gobierno que centraliza el poder supremo del Estado en una única persona, cuyas decisiones no podrían ni cuestionarse, ni contravenirse, ni estar sujetas a controles de ningún tipo.

En este sentido, el «putinismo». «El resultado es el actual régimen autocrático que, sin embargo, ha logrado estabilizar política, económica y socialmente a esta potencia mundial, limitando con ello la amenaza de una catástrofe nuclear, algo que se esta poniendo en la intervención del Kremblin. Con Putin se ha asentado un sistema híbrido que regula la relación entre la sociedad y el Gobierno en base a unos principios democráticos y autoritarios que son incompatibles.

En el caso de China, la autocracia que se ha consolidado como super potencia y que hoy en día es parte de las tenciones globales sobre todo en materia económica al ser un gran aliado de los rusos y la República Popular Democrática de Corea, también conocida como Corea del Norte, se define como un país comunista, donde el sistema político controla el funcionamiento de la sociedad. En los países con sistemas totalitarios, el estado prohíbe la pluralidad de pensamiento social y político. No existe la oposición al partido único. Así mismo encontramos otros países autocráticos en los que destaca Cuba, Bielorrusia, Qatar, Arabia Saudita, El Salvador y recientemente Hungría.

Algo debemos estar haciendo mal desde Occidente cuando tenemos que demostrar que nuestros valores, el orden liberal, son superiores a las cualidades de las autocracias totalitarias. Y probar que las sociedades abiertas son más que una táctica para preservar la hegemonía de EE UU o en el caso de México con un líder maquiavélico como AMLO, ya agotado, y que ha producido —con todas sus contradicciones y errores— discursos de libertad y prosperidad.

En este contexto en nuestro país y más de cara al acto más corrupto como lo es la revocación de mandato, es imprescindible que se mantengan y fortalezcan las instituciones democráticas, la auténtica división de poderes, los contrapesos al gobernante, las reglas de transparencia y los organismos que controlan y supervisan el ejercicio del poder.

Mucho se ha escrito sobre el desencanto con la democracia en los países de América Latina. El nuestro no es la excepción. Los gobiernos democráticos carecen de fórmulas mágicas para terminar de inmediato con problemas sociales tan complejos y añejos como la pobreza, la marginación, el desempleo, la corrupción, la criminalidad desbordada, la impunidad, la inoperancia de muchas instituciones, la insuficiencia de los servicios públicos, etcétera.

Un gobierno democrático puede ser eficaz o ineficaz, aliviar los problemas sociales o agravarlos, tomar medidas benéficas o perjudiciales para los gobernados. Pero la democracia es el único sistema político que permite elecciones limpias y transparentes, exentas de manipulaciones tramposas, así como combatir los actos de gobierno abusivos acudiendo al Poder Judicial o a organismos defensores de derechos humanos que resuelvan los casos sin presiones del poder político, con autonomía, profesionalismo y objetividad.

 Por eso es imprescindible que se mantengan y fortalezcan las instituciones democráticas. Tales instituciones deben ser fuertes y plenamente autónomas, y no estar sometidas a actos intimidatorios. Sólo así están en condiciones de cumplir con su misión.

En México se ha logrado erigir instituciones de esa naturaleza, con esas características, las cuales han sido piezas fundamentales para ir avanzando en nuestra democratización. Debilitarlas o controlarlas desde el gobierno, o intimidar a sus integrantes, es atentar contra la democracia. El autócrata sueña con concentrar el poder de tal forma que sus decisiones y acciones no estén sujetas ni a restricciones legales ni a mecanismos regulativos de su poder.

Por la autocracia se inclinarán quienes obtienen o esperan de ella prebendas y quienes tienen vocación de tiranos o de siervos. Por la democracia nos manifestamos quienes tenemos vocación de ciudadanos y estamos convencidos de que todo poder, para no ejercerse despóticamente, requiere contrapesos y sujeción estricta a la ley.

Finalmente, no hay que olvidar que los aspirantes a autócratas de hoy en día normalmente emergen de entornos democráticos. La mayoría persigue una estrategia en dos fases para socavar la democracia: primero, demonizan a las minorías vulnerables y las convierten en chivo expiatorio para reforzar su apoyo popular; a continuación, debilitan los controles institucionales al poder del gobierno necesarios para preservar los derechos humanos y el estado de derecho, tales como, medios de comunicación libres, un poder judicial independiente y grupos de la sociedad civil comprometidos. Incluso las democracias más establecidas del mundo se han mostrado vulnerables ante esta demagogia y manipulación.