La axiología de los sistemas jurídicos: problema y posibilidad (II)
La semana pasada habíamos dejado abiertas una multitud de preguntas sobre la disyuntiva de vivir o de disentir del orden jurídico establecido cuando éste se dejaba invadir por una serie de formulaciones morales a priori. En razón de aquello, quedó claro que el problema central era el siguiente: ¿debe apoyarse un sistema jurídico que tenga tras de sí formulaciones teóricas de gran rigor, pero que impongan siempre un valor determinado, o debemos maximizarse el aspecto pragmático del derecho para evitar cualquier valoración que esté de por medio?
El asunto es una pugna ideológica mayúscula. Nos encontramos ante una disyunción fuerte, y nos topamos con una variante más del problemas acerca de la tolerancia, cuya solución más pacífica sólo puede encontrarse en una confrontación de ideas que se libre limpiamente para saber cuál de las dos propuestas sale mejor parada. Todo esto a través de examinar sus vicios, sus virtudes y sobre todo, su vigencia. Como fuese, la pregunta de fondo es esta: ¿Qué es evidentemente más fructífero para los tiempos actuales?, ¿vivir bajo valores contingentes en lugar de rectores de la sociedad, o insistir en moralidades clásicas en salvaguarda de las sociedades actuales?
¿No es acaso esta una discusión genial? Al entrar en ella nos encontramos ante una suerte de encuesta según la cual podemos decidir el destino del tiempo que tenemos entre manos. Tenemos a la altura de los tiempos en nuestras manos y no nos damos ni cuenta. Y, por extraño que pudiera sonar, gran parte de las posibilidades de que este destino sea fecundo, pasa por su materialización a través de la actualización de los sistemas jurídicos, y por lo mismo, por medio de la filosofía del derecho.
Con esto nos referimos a cuestiones tan explícitas como las siguientes: si la irrupción de las nuevas concepciones sobre los géneros, la sexualidad, las nuevas concepciones sobre instituciones como el matrimonio, asuntos seculares o educativos no es que sean todas ellas simples tendencias, sino realidades de una dignidad ontológica más que demostrada, ¿qué más es necesario para que el conservador baje la cabeza si ha perdido el tercio de argumentación?, y a la vez, ¿puede o debe el progresismo actual tolerar que esta generación cierre sin victorias significativas en el campo de la legalización del progreso? E incluso, ¿qué pasaría si se efectuasen todas estas medidas y el mundo no entrase en la debacle que tanto temen los conservadores, pero que, curiosamente, nunca se cumple? Sigamos con esto a fondo la próxima semana.

