La bandera de lo pueril

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    Prohibicionismo es facilismo. Así de sencillo se hace el asunto al considerarse desde una perspectiva profunda, meditativa y cultivada. Pues quien tiene la oportunidad de hacer penetrar su pensamiento en la realidad a unos niveles aceptables, se da cuenta que las soluciones prácticas ante los problemas, siempre se harán más convenientes cuantitativa y cualitativamente hablando. Aún, cuando su puerilidad conceptual sea latente y sus fundamentos intelectuales o culturales casi indigentes. Siempre será, pues, más fácil, que los hijos estudien las carreras de los padres; que su destino esté escrito en la provincia, la ciudad o el país en el que nacieron porque el extranjero es incierto y peligroso; que las drogas se prohíban en lugar de que se entiendan; que las ideologías se mantengan en lugar de que se transformen; o que lo polémico sea censurado antes que comprendido.

Ésta –la del prohibicionismo– es una tendencia más arraigada que nunca en las  sociedades modernas. Aunque la prohibición, eso sí, no sea nada nuevo. La historia de la humanidad es la de prohibir para mantenerse y progresar. Los motivos de la prohibición ante tal o cual cosa fueron mutando hasta nuestros días. Pasaron de lo divino a lo político y pasaron por lo ideológico hasta llegar a lo conveniente y a lo práctico como su justificación actual. Y aquello es lo preocupante: que en nombre de lo práctico y de lo conveniente la calidad de las ideas de nuestro tiempo está en un estado de increíble simplicidad y vulgaridad. Que por la pauta pragmática y tecnócrata, el inconsciente colectivo ya no adolece de histeria sino de facilidad.

Bajo esa óptica, prohibir es infinitamente más provechoso y eficaz que entender, que pesquisar o que dudar. La pauta actual así lo exige y quien quiera ser abrazado por los brazos de la opinión pública así debe hacerlo, sin importar que tenga que dejar aficiones o pasiones de alta cultura que refinen y fecundicen su conciencia y su propia vida. Y es que, tras esta bandera lo que se busca es la transformación de todas las cosas en realidades fundamentalmente más sencillas. El arte, será reemplazado por las inteligencias artificiales. Las humanidades, pasarán a ser pasatiempos para que sólo subsistan las más indispensables ciencias sociales. Las decisiones políticas y sociales que encaminarán la historia, se tomarán obedeciendo a tiránicas hiper democracias, que olvidarán el concepto de voz popular y el de espíritu para comenzar a razonar nada más con base a pura conveniencia.

Pero a pesar de todo, resulta que el arquitecto es infinitamente más profundo que el constructor exitoso, que el teórico puro del derecho comprende tres o cuatro veces mejor las consecuencias de la legislación que el parlamentario populista, que el usuario de sustancias psicoactivas informado y responsable se gozará más que el puritano que se dignifica en su cruzada contra las drogas, y que quien se atreve a formar opiniones propias sobre lo polémico siempre se sentirá más auténtico y será más honorable a futuro que quien prefirió la comodidad de la aceptación. Porque, en cualquier caso, puritanismo y prohibicionismo llevados al extremo, son sinónimos de liberticidio.