La dialéctica estética y social en la crítica literaria de José Carlos Mariátegui
Introducción
En la réplica que José Carlos Mariátegui (1894-1930) dirige al escritor aristócrata José de la Riva Agüero y Osma (1885-1944) referente a la opinión desdeñosa que este vertía sobre la obra del poeta Mariano Melgar (1791-1815), al señalar que el arequipeño era un momento curioso de la literatura peruana (1988, p. 267), indicando que más bien este constituía el primer momento peruano de esta literatura (1988, p. 267), no solo se debe leer una corrección o el inicio de una polémica, sino observar que Mariátegui propone una particular génesis de lo que se conoce como literatura peruana.
En una sociedad tan compleja como la que le tocó vivir, Mariátegui da a la literatura una importancia radical en el proceso político del país, además de hallar la relación especial que se sucede entre la creación literaria y el desarrollo de la nación. No por gusto Mariátegui dedicó el ensayo más extenso de su famoso libro al tema de la literatura. Algunos han sostenido que José Carlos Mariátegui se sentía más atraído a los tópicos literarios por haber sido escritor primero y político después. Esta razón exclusivista es errónea.
La crítica literaria en Mariátegui no deja de ser también una crítica política que adquiere dos niveles de singular valor complementario. Si por un lado el Amauta ejerce la crítica a los textos y a la sociedad que los anidó, realiza a su vez la crítica a los críticos de los mismos textos y de la misma sociedad. Es decir, realiza una crítica integral (p.231), como prefirió llamarla Tomás G. Escajadillo (2004).
Mariátegui devuelve a la dialéctica ese cariz interrogativo dentro del proceso de la construcción del porvenir, al mismo tiempo que ampara sus justas razones en la capacidad afirmativa de asociación, militancia y consecuencia, tan necesarios para que toda pregunta arribe a propuesta y toda negativa se supere.
Al desarrollar su crítica literaria, que se inicia desde antes de su filiación marxista, pero que arriba a grandes niveles analíticos luego de esto, Mariátegui concibe la creación estética unida íntimamente al proceso social, proponiendo una ligazón muy original entre el desarrollo del concepto de lo peruano y lo literario. Escajadillo (2004) señala que Mariátegui no hace una crítica considerando el fenómeno literario desde puntos de vista extra–estéticos (p. 232), sino que hace una reflexión completa del proceso literario más como fenómeno social que como expresión únicamente humana. Y en este trabajo halla Mariátegui una forma para criticar la crítica de manera nueva y contundente, dándole características de crítica global, pues pretende juzgar al autor, la obra, el contexto y la reacción del lector frente a todo este sumario.
Mariátegui y el proceso de la literatura
Se ha escrito y dicho mucho sobre José Carlos Mariátegui y el ensayo más extenso y último de su famoso libro, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928): El proceso de la literatura. En este texto, entre otros aportes, consolida tres importantes tesis: su visión de la literatura como proceso social, el problema del indigenismo como expresión de una época y de una cultura y el colonialismo que manifestó la literatura criolla y que se refleja en los temas preferidos por los lectores.
- Juan Croniqueur y la crítica bifronte. Se ha insistido que lo medular de la construcción de Mariátegui como crítico se gestó en su aprendizaje marxista en Europa. Esta es una verdad a medias, pues si bien el marxismo dio al Amauta el método de análisis, él había desarrollado ya un gran aprendizaje periodístico y una vocación hacia el análisis social que se observa en sus crónicas políticas y en sus estampas sobre costumbres sociales y culturales y al respecto de la estética. El pensamiento crítico de Mariátegui canalizará después a través del marxismo la fuerza cultural de dos fenómenos mellizos, que lo llevan a ser un crítico bifronte, con dos análisis que poco a poco van uniéndose en un mismo cuerpo de ideas. El primer fenómeno es la insurgencia social y cultural de las provincias hacia Lima, en donde los intelectuales del interior del país buscan incorporar su voz a la problemática nacional y el segundo; la capacidad para procesar los aportes de Occidente en el desarrollo de su propio pensamiento. El marxismo le permitió a Mariátegui, conjugar dialécticamente estos procesos. Las críticas a la decadencia del mundo occidental y al centralismo marginante en el Perú se amalgamaron en una visión general del proceso mundial de la cultura capitalista y de su especificidad peruana. Según este razonamiento, con los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Mariátegui intentó la explicación del Perú desde adentro y desde afuera.
Empero, durante su etapa previa al marxismo, Mariátegui sufre un afrancesamiento en su visión de lo estético que lo lleva a juzgar situaciones socioculturales de acuerdo con los cánones vigentes en el mundo cultural y periodístico de Occidente, los que no acató servilmente sino creativamente. En esta etapa la crítica oficial limeña construía una cultura pretendidamente metropolitana que negaba los aportes provincianos y/o populares o los marginaba. Es en esta época occidentalizada, en dónde se descubre cierto positivismo en Mariátegui, entonces autodenominado Juan Croniqueur, cuando polemiza con el pintor Teófilo Castillo en 1914. Este realizaba también ejercicios literarios. Respecto a este aspecto multifacético, Croniqueur en Mariátegui (1991) señalaba equivocadamente: El pintor debe pintar únicamente. Un pintor “cabeceado” con literato, no será, seguramente, buen pintor ni buen literato (p. 300). En todo el mundo ha habido y hay muestras de artistas holistas, que han sobresalido en más de un ejercicio creador. En el Perú, por ejemplo, el caso de José María Eguren (1874-1942); poeta, artista plástico y fotógrafo, resalta entre varios. A pesar de ese erróneo juicio juvenil, Croniqueur ya está en la ruta hacia esa fase en donde criticará a la Lima acriollada que margina al resto del país, así como a la perspectiva academicista que acompaña este fenómeno. Es importante por eso recordar su invectiva hacia Riva Agüero y Osma, por mencionar un ejemplo. El fondo del debate con Teófilo Castillo radica en la necesidad de exigir al arte peruano un replanteamiento de sus postulados y una recreación constante de su mundo temático. Desde esa época ya Mariátegui (Croniqueur) está aspirando a un arte que incorpore diferentes horizontes imaginativos.
¿Por qué fue un error criticar a Castillo por intentar escribir siendo un pintor? El joven Mariátegui de 1914, ha asimilado en aquella época la mentalidad occidental referente a la especialización teórico/práctica del conocimiento, idea acorde con los tiempos de gran desarrollo industrial y revolución tecnológica, clásica del capitalismo de principios de siglo, contrario a los fundamentos del Renacimiento que aspiraban a un artista total. Casos como los del florentino Filippo Brunelleschi (1377-1446), orfebre, arquitecto y escultor o Leonardo da Vinci, natural de Anchiano (1452-1519), pintor, arquitecto, escultor, músico, poeta, paleontólogo, anatomista, botánico, escritor, filósofo, ingeniero, gastrónomo e inventor; artistas que visualizaban el conocimiento como un fenómeno total, integral y armónico, eran ya cosa de un pasado remoto. Croniqueur mismo cultivaba el teatro, el cuento, la poesía, la redacción periodística, etc. Sin embargo, menos de un quinquenio después, el joven escritor se convertirá en José Carlos Mariátegui que aspirará a la creación de un hombre nuevo, de un ser humano integral. Es decir, en este caso, en la práctica, él mismo era multifacético y eso tuvo una continuidad cuando regresando del exilio europeo, sea escritor, crítico, político revolucionario y periodista al mismo tiempo.
Hay que recordar que Mariátegui siempre utilizó seudónimos. En la etapa cuya labor crítica se acaba de describir sucintamente, a la que él denominó: Edad de piedra, cambió su nombre, con dieciséis años rumbo a cumplir diecisiete, en febrero de 1911, al de Juan Croniqueur, como ya se dijo. Años después, desde junio de 1918, con veinticuatro años, utilizará el de José Carlos Mariátegui, el cual, aunque esto se conoce poco, fue también un seudónimo. A esta etapa de su vida, el investigador Guillermo Rouillon (1917-1978) la nombrará: la Edad revolucionaria. En realidad, el Amauta se llamaba José del Carmen Eliseo Mariátegui La Chira.
Preocupado Juan Croniqueur (1991) por lo que consideraba un débil desarrollo artístico en la vida nacional, por la ausencia de la creación y afianzamiento de escuelas o tendencias propias al Perú, indica inquieto en 1914: La falta de estímulo, de un lado, la indiferencia con que en el medio se recibe todo esfuerzo que signifique arte, la misma apatía de los artistas y de los que pudieran llegar a serlo, de otro, son la causa determinante de esta pobreza que lamentamos (p. 295). Aquí se encuentra tempranamente, ese puente contradictorio entre el crítico influenciado por el liberalismo y el preocupado por la totalidad de la población y por el lenguaje propio de un arte nacional. La inquietud del futuro autor de La escena contemporánea (1925) por los artistas y su labor, no la enfoca como un fenómeno individual, psicológico, sino gremial. Dice: los artistas, es decir, está enfocando la cuestión socialmente. Ya intuye en esa época, que la mentalidad colonial, individualista y dependiente culturalmente, ocasiona ruptura y esterilidad. Continúa Croniqueur (1991): Todo progreso artístico, todo desarrollo, perece apenas nacido, al influjo de las causas precitadas, a las que puede sumarse la emulación y la mutua malquerencia de los artistas todos (p. 295). Al mismo tiempo que crítica la manera de pensar y de hacer del gremio artístico en la sociedad de su época, reprocha también la crítica que este recibe: Ahí donde se dibuja un esfuerzo, ahí donde se revela un mérito, nace al punto, poniendo de lado la crítica serena y sin pasión, el comentario insidioso, la insinuación de plagio, cuanto pueda constituir apocamiento y detracción (1991, p. 295). Croniqueur ya entrevé las causas sociales de la crítica que no toma en cuenta criterios fundamentalmente estéticos, sino que los subordina a determinados aspectos subjetivos del crítico, tales como: prejuicios, envidia, incomprensión. Está a punto de descubrir una sociedad marcadamente dividida.
- José Carlos Mariátegui y la crítica marxista. En el momento más elevado del proceso donde insurge lo marginal contra la decadencia occidental, Mariátegui ingresa en política de lado de la clase obrera ―que germinaba en ese entonces en el Perú― y por su apoyo mediático a sus reivindicaciones, es exiliado. Será en Europa en donde complete su formación socialista haciéndose marxista. La pulimentación de un aparataje crítico que deriva de este proceso de aprendizaje, pretende ser una crítica total, que observe todos los aspectos del fenómeno creador, desde su génesis, hasta sus implicancias individuales y sociales, siempre contrastado con el proceso político a partir de cuyo contexto se manifiesta o desde el cual surge.
Algunos ejemplos: Mariátegui (1977) señala que el humorismo de Jean Guéhenno (1890-1978) se rebela contra el juego de los intelectuales y artistas que sacrifican a la humanidad en nombre del refinamiento novecentista (p. 18); descubre en Waldo Frank (1889-1967), en Panait Istrati (1884-1935) y en Philippe Soupault (1897-1990), así como en los clásicos del surrealismo: Louis Aragón (1897-1982), André Breton (1896-1966) y Paul Éluard (1895-1952), la capacidad de restaurar en el arte el imperio de la imaginación (p.23). Pide que la obra de André Gide (1869-1951), la de la Nueva revista francesa, no sea asesinada al solo juzgarla desde la gramática y el academicismo, pues en ella hay que tomar en consideración las perspectivas políticas y filosóficas (p. 31). Opina que el cosmopolitismo de Paul Morand (1888-1976), responde al internacionalismo de su vida (pp. 34-38), no a su formación literaria, solamente.
Según Mariátegui, Henri Barbusse (1873-1935) amplía su visión histórica filosófica en el análisis del tema religioso (pp. 42-45). Sobre este último autor, Mariátegui realiza una comparación de su obra con la novela Sin novedad en el frente (1929) de Erich Maria Remarque (1898-1970), libro que muestra las atrocidades de la guerra, evitando el autor realizar un juicio sobre la guerra misma, de una condena del orden que la engendra (1977, P. 179), Mariátegui coloca en tela de juicio la felicitación de la crítica oficial francesa a la novela, mientras condenaron a Barbusse por la suya: El fuego (1916), la cual es una crítica al militarismo. Para Mariátegui la generación de Remarque es una generación vencida, resignada, indiferente, sin fe, sin esperanza (1977, p. 179), mientras que la de Barbusse es una generación que, de su desesperada experiencia, de su terrible agonía, extrajo su razón y su voluntad de combatir por la construcción de un orden nuevo (1977. P. 179). Mariátegui no solo juzga lo narrado, sino los criterios estéticos para impugnar una época. Es muy agudo al desvelar las preferencias de la crítica oficial por una novela de alto valor estético pero que se queda en el simple hecho contemplativo y descriptivo de la realidad, como es el caso de Sin novedad en el frente. Mariátegui fallece en 1930. Ese mismo año se estrena la primera versión cinematográfica estadounidense basada en la novela de Remarque, dirigida por Lewis Milestone, medio siglo después llega la de 1980, una producción estadounidense-británica para televisión dirigida por Delbert Mann, y en 2022 una película alemana, dirigida por Edward Berger. Las adaptaciones despolitizadas de las experiencias bélicas de la Primera Guerra Mundial, en este caso, para el cine, han logrado cierta continuidad. Mariátegui supo leer con gran agilidad las vertientes ideológicas en pugna en el mundo del arte y sus representaciones en el imaginario social, inclusiva a futuro.
Refiriéndose a la obra de Romain Rolland (1866-1944), Mariátegui (1959), dice: La hemos reconocido superior y diversa de las que nos recomendaba una crítica demasiado dominada por la preocupación decadente del estilo y de la forma (p. 132), pareciera privilegiar lo social a lo meramente estilístico, pero en realidad lo que hace es desarrollar una crítica que toma en cuenta ambos aspectos sin separarlos, uno depende del otro y viceversa y al hacerlo encuentra nuevas formas de comprender un estilo literario, no dependientes de lo exclusivamente léxico sino de la relación insondable entre lenguaje e historia: la voz de Romain Rolland es, no obstante, su universalidad, una voz de Francia. Su pueblo no puede renegarlo (1959, p. 132).
En el caso del escritor George Bernard Shaw (1856-1850), Mariátegui lo asume como alguien que ha procesado una serie de aprendizajes: Shaw se ha alimentado de media centuria de cientificismo y de positivismo (1959, p. 140), gracias a esto no se queda inmovilizado en una época ni en un estilo, por el contrario, logra escapar a sus condicionamientos etarios: es uno de los pocos escritores que da la sensación de superar su época (1959, p. 140).
Al mismo tiempo que George Bernard Shaw aprende y propone, va desarrollando una literatura crítica y termina colocando en juicio sus propias dudas: Shaw es un escéptico del escepticismo. Toda la experiencia, todo el conocimiento de su época están en su obra, pero en ella están también el anhelo y el ansia de una fe, de una revelación nuevas (1959, p. 140). Y allí también detecta como, cuando la crítica oficial no puede evitar que una carrera literaria o artística se haga famosa, la invalida a partir de falsos juicios: la burguesía se empeña en convencernos que Bernard Shaw es ante todo un humorista (…) Shaw no quiere hacernos reír sino hacernos pensar (1959, p. 141). Estas ideas de Mariátegui sobre George Bernard Shaw son muy interesantes, pues a la vez que su análisis toma en cuenta la profunda y compleja relación entre arte y sociedad, tiene la capacidad de hallar contradicciones entre el arte y el poder, entre la creatividad artística y el consumo mediático y las proyecciones del goce y del gusto estéticos en ciernes.
La crítica de Mariátegui juzga también los conceptos generales de la civilización occidental. Su crítica no adocena culturas, puede distinguir entre lo general y lo particular de un proceso histórico, por ejemplo, en lo referente a James Joyce (1882-1941), dice que: siendo profundamente irlandés, Joyce es también un gran europeo (1959, p. 149).
En una encuesta que le practican en 1926 sobre su forma de escribir, responde: Me preocupa mucho el orden en la exposición. Me preocupa más todavía la expresión de las ideas y las cosas en fórmulas concisas y precisas (1974, p. 144). Lo de fórmulas no debe entenderse como seguir un esquema irrompible o dogmatizar a partir de este, sino a la síntesis de los procesos y a la precisión ―y no a la divagación― de las cavilaciones. Todo esto bajo un orden discursivo, es decir a la coherencia en la forma de comprender los procesos histórico-culturales y estéticos.
La etapa marxista de Mariátegui es al mismo tiempo la de cierre de su etapa occidentalista. Estando en el exilio en Europa es cuando más americano se siente: por los caminos de Europa, encontré el país de América que yo había dejado y en el que había vivido casi extraño y ausente (159, p. 162). Conociendo directamente el mundo occidental, Mariátegui descubre las grandes diferencias entre Europa y América, la particular dinámica de la relación entre ambos continentes y los aportes diferenciales de las sociedades americanas al escenario de la cultura mundial.
La defensa de Mariano Melgar
Este texto se inició reseñando el balance peyorativo que Riva Agüero y Osma realizara sobre la obra del poeta mártir de la independencia peruana Mariano Melgar y de la respuesta que José Carlos Mariátegui le devolviera. No obstante, poco se conoce sobre las opiniones que realizara Juan Croniqueur. Este importante ejemplo sirve para demostrar como el Mariátegui marxista de los años veinte fue la continuidad coherente el crítico de arte, Juan Croniqueur de los años previos a la experiencia europea.
Melgar, no fue únicamente un guerrero por la independencia, fue el impulsor de un nuevo lenguaje poético que expresaba a través del castellano las emociones y sentires del pueblo quechua, algo que Mariátegui va a encontrar en él, pero también en César Vallejo.
Dice de Mariano Melgar: Algunos yaravíes de Melgar viven sólo como fragmentos de poesía popular. Pero, con este título, han adquirido sustancia inmortal. Tienen, a veces, en sus imágenes sencillas, una ingenuidad pastoril que revela su trama indígena, su fondo autóctona (2007, p. 223).
En lo referente a César Vallejo y a su obra, dice: Vallejo interpreta a la raza en un instante en que todas sus nostalgias, punzadas por un dolor de tres siglos, se exacerban. (2007, p. 262). Y añade después: Este arte señala el nacimiento de una nueva sensibilidad. Es un arte nuevo, un arte rebelde. (2007, p. 266).
Para Mariátegui (2007), el proceso de la formación del lenguaje de la literatura nacional, en donde las voces indígenas han permeado hondamente al castellano, se inicia con Melgar y continúa con Vallejo:
El sentimiento indígena es en Melgar algo que se vislumbra sólo en el fondo de sus versos; en Vallejo es algo que se ve aflorar plenamente al verso mismo cambiando su estructura. En Melgar no es sino el acento; en Vallejo es el verbo. En Melgar, en fin, no es sino queja erótica; en Vallejo es empresa metafísica. Vallejo es un creador absoluto (p. 259).
Pero esas son las opiniones de José Carlos Mariátegui ya declaradamente marxista. ¿Qué opinaba Juan Croniqueur?
En 1915, cuando se cumplía el primer centenario del fusilamiento por los españoles del auditor de guerra y poeta de los yaravíes, Mariano Melgar; Juan Croniqueur (1991) escribió: Es Mariano Melgar, el dulce y romántico poeta de los yaravíes y el esforzado y joven paladín de los patriotas, uno de los más bizarros próceres de la magna epopeya libertadora (p. 191).
Luego reflexiona sobre la relación entre su lenguaje poético y lo peruano y encuentra que el dolor de la sociedad andina, oprimida y marginada durante la época colonial y aun durante la República es la que emerge en los yaravíes melgarianos. Juan Croniqueur ve en los pueblos originarios del Perú, únicamente almas tristes: En la lamentación amarga, en el llanto angustiado de sus elegías y de sus yaravíes, palpitan todas las melancolías del alma indígena, toda la desolación de los dormidos panoramas de la puna (1991, p. 191). Continúa: Él no sabe arrebatar con sus estrofas muchedumbres batalladoras, él no sabe despertar bélicas ansias (1991, p. 191). A pesar de ver al pueblo indio como una muchedumbre indolente y a su cantor como el intérprete de este sopor, no deja de reconocer que: Melgar fue un verdadero poeta y fue ante todo un poeta peruano (1991. p. 191). Para Mariátegui, en cambio, el tránsito del lenguaje viene con el aporte de la estética indígena vía los versos de Melgar. El pueblo indígena no es para Mariátegui un pueblo dormido, por el contrario.
Para Juan Croniqueur (1991), Melgar es un precursor del romanticismo en Sudamérica (p. 191), mientras que, para José Carlos Mariátegui (2007), es un romántico. Lo es no sólo en su arte sino también en su vida. El romanticismo no había llegado, todavía, oficialmente a nuestras letras. En Melgar no es, por ende, como más tarde en otros, un gesto imitativo; es un arranque espontáneo (p. 222). En Croniqueur, hay todavía un respeto al esquema de las escuelas literarias y su cronología, acuñadas en Europa; en Mariátegui, lo saltos cualitativos, el aporte individual, la complejidad de la historia y de la estética son posibles. Se entiende entonces, que la historia y la estética americanas, está relacionada con la historia mundial, pero al mismo tiempo contiene sus propios derroteros.
Conclusión
Se anotó al principio de este escrito que Mariátegui propone en sus trabajos, una particular génesis de lo que se conoce como literatura peruana. Esta se produjo a partir de la resistencia de los lenguajes estéticos de los pueblos originarios en combate contra las imposiciones políticas y estéticas coloniales que increíblemente continuaron durante la etapa republicana. Juan Croniqueur llegó a comprender la formación de esta literatura de forma superficial desde algunos esquemas conceptuales occidentales, sin embargo, es capaz de detectar tempranamente el carácter clasista y racista de los analistas hispanófilos. Mariátegui, al profundizar en sus estudios sobre la cultura americana, romperá estos esquemas y descubrirá una literatura que sufre un especial proceso formativo en permanente lucha contra cánones estéticos impuestos por el poder colonial y por el esteticismo, academicismo y racismo perennizados por las élites luego de las independencias.
Referencias bibliográficas
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