La dignidad, raíz de la autoconciencia puesta en acción para ser

Views: 1098

Es fundamental tener en mente una visión de la personalidad que nos mantenga siempre en el aquí y el ahora, pero centrada en el ser creador e innovador del día con día, sumatoria que deviene en una integral o mejor, derivada de instantes en transformación. Para esta concepción de personalidad, en tanto eje rector del ser y no del tener o del hacer es la dignidad humana un elemento esencial del que hablaremos en estas líneas.

 

La dignidad humana es la que nos remite de manera esencial a que el ser elige este valor que todo ser humano tiene en sí mismo, con independencia de cualquier otro factor, lo cual le hace merecedor de un respeto incondicional. En este sentido, para Kant, aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad. Así es que necesariamente esto nos lleva a enunciar y comprender una diferenciación básica: se trata de la existente entre personas y cosas, sujetos y objetos. Esta separación permite de forma muy sencilla comprender el alcance del principio de dignidad, y extraer del mismo algunas consecuencias prácticas, al menos por vía negativa.

 

Nos posibilita determinar, en cierta medida, que actuaciones deben considerarse, en todo caso, lesivas contra la dignidad humana, porque cosifican a la persona. Sin embargo esto es útil de manera descriptiva, pero para la puesta en acción instante tras instante sería de mayor utilidad los objetivos del ser y no sus obstáculos de los que creemos son parte de él. Pero para ello es imperante darnos cuenta que se trata de obstáculos y no del ser.

 

En este contexto, la dignidad de la persona nos remite a una cualidad exclusiva, indefinida y simple del ser humano, que designa su superioridad frente al resto de los seres, con independencia del modo de comportarse. Millán Puelles sostiene que la dignidad que todo hombre tiene por el hecho de serlo constituye una determinación axiológica formal, independiente de los contenidos de la conducta. Y, podríamos añadir, independiente también de los cargos que ocupe, de la posición que tenga en la sociedad, de su raza, de su sexo, o de su grado de desarrollo vital: Todo hombre posee esa dignidad, ni más ni menos, que en tanto que es hombre, es decir, pura y simplemente por el hecho de ser persona humana, antecedente a toda opción en el uso efectivo de su libertad. Hay que estar claros en que al referirnos a la dignidad de la persona, es inadmisible cualquier intento de superioridad de un ser humano sobre otro. En todo caso podríamos señalar una superioridad en tanto humano como ser de razón sobre el resto de los seres que carecen de ella.

 

En esta misma línea, hay que afirmar que la dignidad implica, o significa, una conciencia excelente  o eminencia en el ser humano, que no sólo lo hace superior a los otros seres, sino que lo sitúa en otro orden del mismo ser. El hombre no es sólo un animal de una especie superior, sino que pertenece a otro orden del ser, distinto y más alto en cuya virtud el hombre es persona. Vale la pena señalar entonces la definición que hace el español Hervada acerca de la dignidad, que en esta línea agrega: el humano sería pleonasmo: la perfección o intensidad del ser que corresponde a la naturaleza humana y que se predica de la persona, en cuanto ésta es la realización existencial de la naturaleza humana. Entonces la dignidad es inherente al hombre y es la responsable de señalar una peculiar calidad de ser, para sostener que es persona y no sólo individuo. Es decir, ser persona no es una propiedad añadida al modo de ser humano, sino la realidad misma del ser humano, su existencia concreta, sus instantes en acción que generan transformación.

 

Me parce que tenemos en la filosofía kantiana una herramienta muy útil para comprender, con la finalidad de poner en acción y así nutrir al ser, este concepto de dignidad. En él se expresa con claridad y fuerza cuál es la raíz de la concepción moderna de la dignidad            humana, a saber, la autonomía moral. Ésta, a su vez, implica una concepción activa de la libertad humana, ya que cuando nos damos ley, nos autodeterminamos al máximo. Cuando acatamos una ley ajena, por el contrario, nos dejamos determinar de una forma pasiva por ella. Dice Kant: La necesidad práctica de obrar conforme a este principio, es decir, el deber, no se basa en sentimientos, impulsos ni inclinaciones, sino simplemente en la relación de los seres racionales entre sí, en la que la voluntad de un ser racional debe considerarse a la vez como legisladora, porque de otro modo no podría pensarse como fin en sí misma. Así pues, la razón refiere toda máxima de la voluntad como universalmente legisladora a cualquier otra voluntad y también a toda acción respecto de sí misma, y no por algún otro motivo práctico o ventaja futura, sino por la idea de la dignidad de un ser racional que no obedece a ninguna otra ley sino a aquella que él mismo se da. Si consideramos que toda ley en acción debe partir de una declaración es imperativo y urgente una que no solamente describa sino que signifique y dignifique al propio ser, una declaración individual y propia que sea la base de un compromiso de ser en acción.

 

Sin duda para ello es importante diferenciar entre lo que soy y lo que creo que soy, inclusive lo que los otros dicen que soy y a través de la repetición he introyectado en mi creencia de mi ser. Así es que el primer paso es estar claros que yo soy mi declaración. Esto será si y sólo si esta construcción ontológica es producto de la vivencia auténtica de mis instantes que la generaron. Nos puede ser de utilidad lo dicho por Kant: En el reino de los fines todo tiene o bien un precio o bien una dignidad. Lo que tiene precio puede ser reemplazado por alguna otra cosa equivalente; por el contrario, lo que se eleva sobre todo precio y no admite ningún equivalente tiene una dignidad. Así es que el deber no depende de ninguna condición, es categórico. Hay que cumplir con él, al margen de cualquier  consideración de utilidad o placer que se dan, como móviles reales de nuestra acción, pero que no pueden ser determinantes formales de ella en tanto moral. Además, la dignidad común, que emana de esta capacidad de obligarnos por respeto a la libertad y dignidad ajenas, no se pierde por un comportamiento indigno, porque la misma libertad moral implica siempre la capacidad de enmienda. Esta dignidad inherente a la condición humana hace que seamos fin, en y por nosotros mismos. De donde resulta que ningún humano puede hacerse señor de otro y subordinarlo a su voluntad.

 

Ni nadie puede darse voluntariamente en esclavitud. Y no siendo relativo el valor dignidad, hay que declararlo absoluto. Hegel así lo dijo expresamente en sus Lecciones de Historia de la Filosofía alabando esta tesis de Kant. Hoy, sin embargo, del econocimismo reinante y de la utilidad como valor supremo nos salva la afirmación       del valor supremo de la dignidad que reside en la autonomía moral. Ese es el valor que nos da el bonum honestum de la tradición filosófica. Para rematar hay que comentar que la dignidad es gramaticalmente un término abstracto que da sustento al adjetivo digno. Así es que el digno era excelente (aristós) y por eso merecía respeto. En cualquier caso, el digno lo era porque, por nacimiento en el seno de una familia de señores o por su conducta aparecía ajustado   a un modo de ser o norma aristocrática excelente. El concepto de libertad moral como obligación de aceptar un precepto de mandato superior se asoció claramente a la noción clásica de virtud.

 

El término dignidad, por tanto distingue en principio  a las personas, separa, jerarquiza. En tanto pide respeto para algunos implica una cierta subordinación.   El comportamiento virtuoso enaltece y por ello hace digno de ejercer una función pública o cargo que demande autoridad. Observemos que, en el uso clásico de la palabra virtud y sus derivados, una conducta era virtuosa porque se adaptaba o ajustaba a algo valioso, primariamente a la honestidad o justicia. Y si atendemos a que la justicia implica siempre una relación a otro, se comprende      bien que toda la constelación de palabras y conceptos que giran en torno a la dignidad no son rigurosamente individuales sino sociales. Sin embargo, aquí se ha expresado de lo digno en función de lo excelente, es decir de la reputación. Lo que aquí nos interesa desarrollar en aras del ser en tanto la vivencia de la acción en instantes al servicio de la declaración del ser es la autoconciencia en acción.