LA ECONOMÍA QUE PRESUME CRECIMIENTO… Y LA TRISTE REALIDAD

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“Cuando la economía no alcanza, se ajustan las cifras; cuando la realidad estorba, se ajusta el discurso.” 

          J.K. Kurihara

Termina un 2025 sin avances reales en el crecimiento económico real, el que beneficia. Áreas como la Inteligencia Artificial y las criptomonedas acumulan recursos no productivos y engañan a consumidores ingenuos que buscan dinero fácil, pero no bienestar verdadero.

La “gente buena” ni estudia ni comprende los fenómenos económicos que son manipulados, políticamente también, por mandatarios o de plano dictadores que tienen, literalmente, al mundo de cabeza.

En un apretado resumen, encontramos tres eventos internacionales que frenaron el crecimiento económico mundial en este año que termina.

La guerra de Rusia contra Ucrania. Un conflicto que ya es estructural, generado por un dictador de facto. Lejos de ser un “choque temporal”, la invasión rusa se convirtió en un freno persistente al crecimiento global. Distorsionó los mercados de energía, encareció fertilizantes y alimentos, elevó primas de riesgo y obligó a gobiernos a gastar más en defensa que en inversión productiva.

La narrativa del “ajuste controlado” oculta que el costo real lo pagan hogares y empresas vía inflación importada y menor inversión. Basta checar los precios de los granos desde que inició esta incalificable situación.

Por si fuera poco, Estados Unidos eligió al peor líder que pudiese haber y, claro, las locuras del emperador no se hicieron esperar. La guerra comercial y arancelaria impulsada por Donald Trump, bajo el lema de “proteger la industria nacional”. El uso político de aranceles encareció cadenas productivas completas, elevó costos para consumidores y redujo el comercio real.

El proteccionismo no fortaleció la productividad, solo trasladó inflación y redujo competitividad, aunque en el discurso se vendió -y se compró- como patriotismo económico.

Y el resto del mundo cayó en la trampa y eligió seguir una políticalítica monetaria restrictiva prolongada, sobre todo en economías avanzadas. La lucha contra la inflación se transformó en una sobredosis de tasas altas, afectando inversión, crédito y crecimiento.

Las cifras oficiales muestran “inflación controlada”, pero ignoran que el crecimiento se enfrió por diseño, sacrificando empleo y consumo para defender indicadores que lucen bien en conferencias de prensa. Las restricciones presupuestales provocaron un paro administrativo sin precedentes y pérdidas sectoriales que desde ya, se trasladan al consumidor.

Inmersos en la globalización y con un Tratado de Libre Comercio sujeto por un solo alfiler (el agua que debemos a estados Unidos), evadimos nuestra realidad con discursos marca “TRES PATINES” o Cantinflas, se explica mal lo que se ignora y la gente cae en el garlito de la dádiva o el subsidio que… ¿de dónde cree usted que salen los recursos?, pues sí, de impuestos y deuda que pagamos todos y nos regresa como inflación porque no se incrementa un ápice la producción.

Tenemos, de manera destacada, una inversión pública concentrada y poco productiva. La apuesta por megaproyectos con baja o nula rentabilidad económica desplazó a la inversión en infraestructura básica, salud, educación y logística. Se presume el gasto, pero no se demuestra la productividad.

El año que termina se destacó por una incertidumbre regulatoria y un fuerte debilitamiento institucional. Cambios de reglas, organismos debilitados o brutalmente destruidos y decisiones discrecionales elevaron el costo de invertir y los proyectos productivos brillaron por su ausencia, incluso en los números oficiales se refleja un paupérrimo resultado, menos inversión privada, menos empleo formal y más economía informal, aunque el discurso oficial hable de “confianza”.

Y todo esto pasa de largo, la euforia del mundial soslaya las fallas garrafales y neoliberales con una medición optimista de pobreza, inflación y empleo. La economía “mejora” porque se ajusta la forma de medirla, no porque la realidad mejore. Canastas reducidas, empleo precario contado como éxito y pobreza redefinida explican buena parte del supuesto avance.

Por el lado optimista, en 2025 encontramos esfuerzos aislados y serios por darle rumbo a la economía, y ahí están, aunque no siempre se mencionen, pues los políticos no saben explicarlos.

Así, la guerra comercial de Trump con China reconfiguró las cadenas globales (nearshoring real, no de discurso). Las empresas buscaron eficiencia y resiliencia, impulsando inversiones en regiones estratégicas. México no avanzó en ese aspecto por limitaciones tecnológicas y físicas y, desde luego por la incertidumbre jurídica. Donde hubo estado de derecho y certidumbre -Brasil, Chile, Argentina, Uruguay- el crecimiento llegó.

Hubo también avances tecnológicos productivos (no solo especulativos). La automatización industrial, logística inteligente y eficiencia energética sí elevaron la productividad y la competitividad, aunque no generen titulares tan ruidosos como la especulación financiera.

Contra corriente, continuó la recuperación parcial del turismo y los servicios globales a los que se liga, hasta alcanzar casi los niveles prepandémicos. A pesar de tensiones geopolíticas, el turismo, transporte y servicios volvieron a ser motores de empleo, especialmente en economías bien gestionadas.

También en el enfoque positivo, y casi con lupa, podemos destacar tres eventos que impulsaron el crecimiento en México, mejor dicho, evitaron o difirieron una crísis económica.

Las inerciales exportaciones manufactureras y el sector externo se mantuvieron, no por política interna, sino por demanda externa, México mantuvo crecimiento exportador, especialmente hacia Estados Unidos.

Continuó la llegada de remesas como amortiguador social, con menos dinámica, y con una caida del 8% respecto al año anterior. Las remesas sostuvieron el consumo interno, aunque no son política económica, sino el reflejo de una economía que expulsa mano de obra.

Y, otra vez, el sector que más empleo y multiplicador económico alcanza, tuvimos al turismo como motor silencioso. Siguió generando empleo y divisas, incluso sin una estrategia clara, demostrando que cuando el sector privado opera con reglas propias, la economía responde. Se ha convertido en un sector casi autónomo, sin apoyo oficial, pero con significativos esfuerzos locales y empresariales.

DE FONDO

El discurso que muchos oyen y pocos escuchan presume prosperidad mientras genera estancamiento. Putin habla de soberanía económica mientras aísla a su país y destruye el valor productivo de un continente. Trump predica prosperidad mientras encarece el comercio y exporta inflación.

En México se presume bienestar mientras se maquillan cifras y se redefinen conceptos.

La economía se volvió un espectáculo: Si no crece, se cambia la metodología; si hay pobreza, se cambia la definición; Si hay inflación, se reduce o se manipula la canasta o se ajusta la fórmula equivocada. Todo luce bien… hasta que el bolsillo habla, hoy ya casi grita.

DE FORMA

No es casualidad que Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía, lleve años advirtiendo que las guerras comerciales, los aranceles patrióticos y los conflictos geopolíticos no construyen prosperidad, sino inflación, ineficiencia y pérdida de bienestar, aunque se anuncien con banderas y discursos grandilocuentes. 

DEFORME

En la misma lógica, para el caso mexicano, Gerardo Esquivel ha recordado que la estabilidad macroeconómica y las cifras “correctas” pueden coexistir, sin problema alguno, con bajo crecimiento, empleo precario y pobreza persistente, confirmando que mejorar indicadores es mucho más sencillo que mejorar la vida cotidiana de las personas. La economía, al final, puede maquillarse… el bolsillo no. ¿Ya cotizó usted un boleto para el mundial de Futbol?  ¿Ya fue al súper esta semana? ¡Felices posadas!