La honradez: un menester de la evolución

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Enumerar todas las concepciones que se tienen sobre la naturaleza, es una tarea tan ingente como enriquecedora, vista la zambullida en el sano eclecticismo a la que puede conducir. Así lo demuestran las obras de quienes se atrevieron a pensar sus culturas y a someter al libre examen tanto lo congénito como lo heredado que tenían cada una de ellas. Y es así también como las conciencias fortuitamente dotadas de honestidad, terminaron inmunizándose contra uno de los más bajos prejuicios intelectuales: los etnocentrismos. Pues, si algo resulta cierto, es que el término etnográfico, de por sí, resiste toda reducción geográfica que se pretenda, por estar esencialmente dirigido a delimitar algo mucho más amplio: las tribus, las cosmovisiones, los modelos de vida.

Como en todo modelo de vida, no se concibe una existencia sin un manual con el que guiarse en el campo de relaciones en el que la vida misma se esté proyectando. Menos aún se concibe un modelo de vida sin un conjunto de ideas sobre cómo contactarse con la naturaleza, sobre cómo aprovechar la injerencia que se tiene sobre ella misma. Y sobre cómo suplir las más básicas necesidades ya no para vivir civilizadamente, sino, antes, sobre cómo subsistir, sin perjuicio de cumplir estos o los otros fines o intereses. Que son, pues, asuntos por esencia independientes a todo enjuiciamiento moral, si es que al mirarlos no se confunden intereses con instintos.

Visto así el apoderamiento de lo que la naturaleza misma nos da, no se ven vestigios de implicancias éticas en el cómo hacerlo hasta bien cuajada la sociedad comercial, donde es necesario aceptar y someterse a convicciones antes que, por intereses, por evolución de los instintos. Dicha evolución, pronto conoce el potencial de formalizar, y no tarda mucho en darse cuenta de que su misma capacidad intelectual se le sale por los poros sin importarle su comodidad, a través de unos impulsos que, antes que ambiciosos, son simplemente resultados de algo con mucha más fuerza: lo evolutivo.

Y sin embargo, no fue poco el tiempo que se pensó que la pura dialéctica de la naturaleza conllevaría a una superación de los intereses y de la propiedad y el intercambio, aun cuando tales términos son el resultado de que la conciencia humana haya asimilado los más básicos axiomas para autoconservarse. Como lo puede ser que, en cuestiones de prorrogar el progreso y la autoconservación, hacer primar a la razón por sobre lo que parezca más que verosímil tras la mira del sentimiento furibundo, se retribuye con una conciencia tranquila de autorrealización y con poder vivir un futuro en el que regocijarse en los frutos del propio éxito a diario, es posible.

Cómo se habrá hecho claro, la pura evolución sobrepasa al resentimiento una vez se tiene la honradez de pasar por encima de lo aparente. Mientras que, en lo referente al ámbito intelectual, evolucionar valerosamente supone forjar el valor necesario para enfrentarse al bisturí del cambio de idea: la aparente única manera de extirparse los aquellos tumores de la conciencia, que resultan de no haberse atrevido a tomar a la embriaguez de las pasiones con sobriedad. Aquellos, que resultan, de no comprender que, canalizar y aprovechar, son sinónimos de la más estricta valentía.