LA INDIVIDUACIÓN DEL CENTAURO ONTOLÓGICO: Resonancias técnicas entre Ortega y Simondon
Reconciliarnos con Ortega supone no pasarle ni una.
- L. Villacañas
Aquí, quisiera explorar las resonancias entre las filosofías de la técnica de Gilbert Simondon y Ortega & Gasset para mostrar que es posible actualizar el concepto de centauro ontológico orteguiano a la luz de la noción de individuación del ser técnico simondoniana. Para abordar esta consideración, refiero dos consideraciones. la primera es que, dado que el centauro ontológico orteguiano presupone una visión dualista que dificulta explorar a profundidad las implicaciones filosóficas de la relación del individuo con la técnica, la noción de individuación simondoniana se constituye como una posible prolongación de sus potencialidades teóricas al desdibujar los límites entre la dimensión natural y extranatural del hombre propuesta por Ortega; pues la individuación nos invita a pensar ambas dimensiones del individuo como un todo integrado que, más bien, reacciona y se actualiza continuamente ante el medio técnico en el que se encuentra. La segunda es, que, visto así el centauro ontológico, el individuo técnico ya no es más un sujeto que abstrae al mundo fuera de sí y que lo domina según sus intereses, sino que pasa a ser una integración de sus aspiraciones y el ser técnico individuado en el que está suspendido.
Tratados estos dos asuntos, quiero sugerir que el centauro ontológico individuado puede ser una mirada para explorar el aquí y el ahora de distintas realidades técnicas que ya no necesita un punto de partida para abordar el sentido de la relación individuo-medio-objeto técnico. Lo que, creo, es una fuente de riqueza y actualidad constante para la reflexión sobre la tecnología.
- El centauro ontológico y la individuación
El propósito fundamental de Ortega y Gasset (1968) con su texto Meditación de la técnica era concientizar al auditorio filosófico occidental de la importancia que tiene conocer el sentido, las ventajas, los daños y los límites de la técnica (pág. 17), para lo cual, el madrileño parte de un presupuesto que no debemos perder de vista: la técnica es el esfuerzo para ahorrar el esfuerzo, o, lo que hacemos para evitar por completo, o en parte, los quehaceres que la circunstancia primariamente nos impone (Cfr. pág. 39). Ortega y Gasset cree que en ese acto hay una intencionalidad del espíritu humano que intenta comunicarse con nosotros por el mismo acto técnico, al que nos podemos acercar con la introducción de un principio voluntarista que explique el sentido más general de la técnica.
Ortega ve en la técnica una parte constitutiva de la experiencia del hombre, de su ser en el mundo, de la manera en la que vive y entiende su ser y de cómo construye sentidos sobre este mismo. Para tratar de acercarse a la naturaleza más propia de este fenómeno humano, nos presenta el centauro ontológico; el concepto en cuyas potencialidades y limitaciones nos queremos concentrar aquí:
El ser del hombre y el ser de la naturaleza no coinciden plenamente. Por lo visto, el ser del hombre tiene la extraña condición de que en parte resulta afín con la naturaleza pero en otra parte no, que es a un tiempo natural y extranatural –una especie de centauro ontológico– que media porción de él está inmersa, desde luego, en la naturaleza, pero la otra parte trasciende de ella. (…) Lo que tiene de natural se realiza por sí mismo: no le es cuestión. (…) no lo siente como su auténtico ser. En cambio, su porción extranatural no es, (…) y sin más, realizada, sino que consiste, por lo pronto, en una mera pretensión de ser, en un proyecto de vida. (Ortega, 1968, pág. 46).
El concepto nos permite, tal y cómo nos lo presenta, encajar en sus dominios cualquier circunstancia técnica que estemos viviendo para entender cómo las manifestaciones técnicas a las que nos acerquemos, en el fondo, son el intento más o menos apasionado de la realización de un programa de vida ante una circunstancia externa que le es hostil o favorable. Esto es, que la circunstancia en la que se dan los actos técnicos es una fuerza capaz de truncar o facilitar las incursiones técnicas del individuo en el mundo para lograr los deseos que caracterizan a su programa de vida. Lo interesante de la idea, es que la relación entre el programa de vida y la psique colectiva que se debe a él se vuelve recíproca, pues esta última es herida según el éxito o el fracaso de las aspiraciones del programa, haciendo que el ensimismamiento del individuo tome distintos rumbos, pero que finalmente, siempre encuentre una solución por las potencialidades de la razón, sugiere Ortega en tono claramente raciovitalista.
Ahora bien, si obedecemos a la descripción estrictamente metafórica del concepto, hoy en día nos cuesta ver a este centauro ontológico como un ser con sus dos mitades perfectamente delimitadas, y tendemos, más bien, a verlo como una integración de su dimensión vivencial y natural. Entonces, ¿No podríamos pensar que los intentos de Ortega por callar las intuiciones que emergen desde el lado biológico del individuo, ya presuponen que esa naturaleza sigue ahí, y que adolece de la rigidez del dualismo? ¿No se hace notar un triunfo de la voluntad sobre lo biológico que hoy en día observaríamos como un sesgo voluntarista? Esto mismo, hace que no termine de quedar claro cómo, nociones como las necesidades técnicas del humano, los programas de vida incompletos, los deseos colectivos que tanto la sociedad como la misma tecnología insertan en el sujeto, y la misma producción de objetos técnicos, se interrelacionan entre sí. Hoy, sabemos que la pregunta por la técnica, es un asunto mucho más complejo que un triunfo de la voluntad por un proceso de ensimisamiento de nuestra capacidad racional que permite al sujeto desvincularse del mundo que lo rodea y dominarlo a su antojo.
No podemos ver, si se quiere, el interior de lo que sucede en esa compleja estructura que es el centauro ontológico, y que, en cierto sentido, funciona como una máquina, como un sistema que se extiende entre quienes comparten programa de vida y una misma realidad técnica. Simplemente, Ortega y Gasset nos invita a aceptarlo como una estructura teórica capaz de entender el porqué y el destino de las más distintas manifestaciones técnicas humanas. Sin embargo, como decíamos, nuestra visión actual de la técnica, más bien nos induce a pensar a todos estos elementos que introduce él en el texto, a saber, circunstancia, programa de vida, ser natural, ser extranatural, etc… como interrelacionados entre sí adentro del centauro ontológico. Por esto, aquí queremos ensayar una mirada sobre su funcionamiento interior sin que pierda su carácter de esquema flexible para pensar diversas realidades técnicas. Porque, no es que debamos descartar el concepto, sino introducir en sus dominios la riqueza del contexto, la temporalidad, la corporalidad, e incluso, de esa parte natural a callar, a superar por obra de la razón.
Ahora bien, en El modo de existencia de los objetos técnicos de Gilbert Simondon, esta limitación que estamos anunciando aquí, pasa a ser una oportunidad para pensar lo que sucede dentro de este individuo que siente, que tiembla, que no tiene por qué negar su parte natural, y que en esa integración de todas sus dimensiones, construye ya no lo que la técnica es, sino el estado actual de la técnica; un matiz importante, como veremos. Así, no contra Ortega y Gasset, pero sí con una mayor apertura epistémica que él, Simondon presenta una visión del fenómeno técnico como originado por un proceso de ontogénesis colectiva cuyo sentido y estructura va cambiando continuamente, y cuyo estado actual podemos aprehender mientras sigamos viviendo bajo las mismas estructuras ontologizantes en un contexto y tiempo concretos.
Cabe que aclaremos el concepto de ontogénesis: para Simondon (2007) nos encontramos suspendidos en estructuras ontológicas que se concretizan en las dinámicas psicosociales gracias a las cuales empezamos a ser individuos. Desde ellas, vemos las cosas en contextos concretos de determinada forma, aun cuando no creamos en ellas conscientemente. Simondon considera que nosotros no somos pasivos ante estas estructuras ontológicas, sino que reaccionamos ante ellas como lo hace una sustancia química al entrar en contacto con otra. Cree, que la visión hilemórfica clásica deber ser descartada porque esta supone una aniquilación del mundo preindividual de la materia, pues formarla, supone suprimir todo lo que esta, sin forma, tiene de propio.
De aquella reacción ante la imposición de la forma, nace una enunciación y un eventual reconocimiento del otro porque este se siente igual ante la imposición de una determinada forma. Este reconocimiento, eventualmente esparcido por el mundo psicosocial en el que nos encontramos inexorablemente suspendidos, da lugar a nuevas estructuras ontologizantes por las que otros individuos pasarán, pues también sentirán que abrazan las necesidades de su interioridad más propia —su haecceidad, como diría Deleuze. A este proceso, desde los términos de Simondon, podríamos llamarlo dinámica de metaestabilidad entre sistemas de individuación. El individuo, así, es un centro de mando de individuación comandado por su realidad preindividual y por las estructuras ontologizantes en las que está suspendido que se muestra ante nosotros como una integración de ambas. El individuo ya no se forma, sino que, se informa reaccionando ante las formas del medio, generando ontogénesis. Entonces, como nuestra interioridad compartida está hecha por las mismas estructuras ontologizantes, podemos pensarnos como máquinas construidas por las mismas piezas, por lo que podemos entender y reconocer mejor las reacciones de nuestra dimensión preindividual ante las formas. Esta es la razón que para Simondon fija una estructura ontológica en el tiempo, y por lo mismo el sentido de lo que es algo; como pasa con la técnica, que evidentemente es una de ellas.
Explicada su visión del devenir del ser en los seres vivientes, Simondon la extrapola a la técnica para poder explorar a mayor profundidad su sentido. Lo que a él le interesa es cómo, el individuo y los objetos técnicos, por ser ambos el resultado de un estado del devenir del ser técnico, se afectan e interpelan con su particular modo de existencia. Con esto, se renueva la mirada tradicional sobre la técnica, pues nunca antes se había atribuido dignidad ontológica a los mismos objetos técnicos. A Simondon, entonces, le interesa entender cómo la parte técnica de nuestro ser se llega a concretizar en objetos técnicos, y cómo estos van recibiendo funciones hasta evolucionar en aquellos de los que de ahora somos usuarios comunes; y a la vez, cómo la subjetividad de una comunidad que queda cristalizada en estos objetos técnicos, también nos termina afectando, cómo nos termina individuando.
En suma, desde la visión de Simondon, no podemos trazar un mapa claro y estructurado sobre las propiedades fundamentales del fenómeno técnico, pero sí reconocer que compartimos criterios de entendimiento sobre este entre nosotros, sea porque nos resistimos o nos sentimos bien ante sus implicaciones. Esta idea, es algo sobre lo que quisiera hacer énfasis aquí: compartimos sentidos sobre lo que es la técnica, no porque comprendamos su supuesto sentido universal, sino más bien, porque en aquello a lo que llamamos técnica, está compartida una forma de vida, una ruta de interés, un sentido propio para saciar las necesidades de nuestras haecceidades por medio de objetos técnicos:
Esta modificación de la mirada filosófica sobre el objeto técnico anuncia la posibilidad de una introducción del ser técnico en la cultura: (…) la realidad técnica; convertida en reguladora, se podrá integrar a la cultura, reguladora por esencia. (…) hoy, la tecnicidad tiende a residir en los conjuntos; puede entonces convertirse en un fundamento de la cultura, a la cual aportará un poder de unidad y estabilidad, volviéndola adecuada a la realidad que expresa y que regula. (Simondon, 2008, pág. 38).
- La técnica desde un punto de vista contextual
Según lo anterior, aquí no estamos proponiendo una ontología de sustancias fijas sino una ontología de estructuras transicionales, e interrelacionándola con el fenómeno técnico, para rescatar el propósito fundamental de Ortega y Gasset: entender al hombre como una lucha, un drama de un interior por cumplir un programa de vida frente a una circunstancia a través de lo técnico. Para lo cual, vemos al centauro como una máquina a la luz de Simondon, rescatando su intención de querer entrar en ella para mostrarnos cómo funcionan sus piezas, cómo estas van cambiando en directa sincronía con el ser técnico, cómo, en suma, su interior se rige por procesos psicosociales que hacen la ontogénesis que después, su dimensión preindividual abrazará o rechazará. Sobre estos cambios al interior del ser técnico y cómo podemos aprehenderlos, Simondon (2008) nos dice:
La unidad del objeto técnico, su individualidad, su especificidad, son caracteres de consistencia y de convergencia de su génesis. La génesis del objeto técnico forma parte de su ser. El objeto técnico es aquello que no es anterior a su devenir, sino que está presente en cada etapa de ese devenir; el objeto técnico uno es unidad de devenir. (pág. 42).
Estando ya claro lo que rescatamos de cada propuesta, veamos ahora cómo se puede potenciar el concepto al dotarlo de contexto y, sobre todo, al no constreñir a un sentido a priori su desenvolvimiento. Y así, concebirlo como una unidad dinámica de rutas de interés compartidas entre individuos, sin un sentido previo, que se va transformando continuamente por la relación hombre-medio-objeto técnico. Visto así el asunto, podemos acercarnos de forma diferente a esa necesidad persistente en occidente de cambiar y renovar constantemente la técnica y sus objetos. Nuestro interés, cambia su rumbo: buscamos criterios compartidos en los momentos en los que ha habido génesis de objetos técnicos, porque en ellos está confesada la intención original que teníamos con ellos, que se mantiene hasta nuestros días como una “unidad de devenir”. Así, creemos, nos podemos acercar a lo técnico sin explicar previamente por qué hacemos técnica, y centrarnos en comprender qué deseos interiores están moviendo en comunidad a quienes están inmersos en un determinado estado del ser técnico.
La estructura y el esquema dinámico de los objetos técnicos, entonces, cambia continuamente como cambian las estructuras ontológicas que afectan la individuación colectiva. Gracias a esta introducción de lo técnico como parte fundamental de nuestra cultura que llevan a cabo Ortega y Gasset, y Simondon, podemos entender mejor cómo el devenir del individuo recurre a lo técnico para llevar a cabo el programa de vida al que este confía el tesoro de su subjetividad. Pero, recordémoslo: este solo puede ser entendido como un momento concreto en este proceso de las relaciones constantes entre hombre-medio-objeto técnico. Nuestras pretensiones técnicas, nunca están terminadas de una vez y su sentido no puede deducirse de un solo principio; lo que, precisamente, da riqueza a la cuestión. Durante el proceso de individuación, entonces, nuestra dimensión técnica va encontrando queja en cómo los objetos técnicos suplen las necesidades confesadas en sus estructuras de funcionamiento, por lo que el cambio de estas para que nuestra preindividualidad sea abrazada de mejor manera, es inevitable. Vivimos, pues, crisis técnicas en nuestro interior.
Hasta aquí, espero que el interior del centauro ontológico se nos haya hecho un poco más claro. Ya no se nos hace tan sugerente una forma abstracta sobre lo que la técnica es, porque sabemos que este, -el centauro-, cuando se tope con ella, si la siente desconectada de sus necesidades, la rechazará por no verse reconocido en ella, sepamos ver este aspecto o no. El ser técnico de una comunidad concreta, entonces, es aquello a lo que debemos prestar atención para sugerir lo que la técnica es, al menos aquí y ahora. Por eso mismo, que colocar una forma diferente de tecnología que esta en aquél entorno para hacerlo avanzar, es una mirada ciega que reafirma las dificultades de mantenerse en la antinomia de la universalidad de la tecnología, como lo pone Yuk Hui (2020). Así, nuestra manera de pensar la técnica, empieza por entender que, donde exista una realidad técnica, hay un centauro ontológico individuando su ser técnico. Esto es, un integrado de biología y cultura que va adaptando sus objetos técnicos al momento en el que se encuentra su ser técnico por la actualización a la que la circunstancia ha sometido a su programa de vida.
Creemos, en suma, que desde lo presentado, el concepto no queda descartado sino prolongado en sus potencialidades de exploración filosófica en relación a la técnica. Insuflado de contexto y de temporalidad gracias al paradigma simondoniano, el centauro ontológico individuado se convierte en un esquema de pensamiento para explorar distintas realidades técnicas que existen sin la imposición arbitraria de un concepto a priori por sobre los sentidos tácitos en los objetos técnicos que se producen en cada grupo humano. Es así, como, por ejemplo, la noción de cosmotécnica Hukiana anula la posibilidad de legitimar una universalidad de la técnica. La diferencia técnica y cósmica de cada cultura es lo que le importa al ejercicio de exploración filosófica que proponemos aquí. Las limitaciones del concepto de Ortega y Gasset, hayan solución no sólo en su superación del dualismo, sino en la introducción de nociones que no tienen una cierta carga de apriorismo como individuación o cosmotécnica, pues gracias ellas, podemos empezar a sensibilizarnos con significados y visiones que no podemos entender desde nuestras epistemologías tradicionales. La riqueza de la técnica, tal y como lo presentamos aquí, entonces, radica en que, a la luz de estos dos paradigmas, podamos empezar a apreciar todos los aspectos que el fenómeno técnico tiene dentro de sí, enriqueciendo nuestra visión por las infinitas formas de ver el mundo que están implícitas en cada manifestación u objetos técnicos a los que nos acerquemos.

