La intencionalidad de nuestras palabras

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En espacios pasados, me había venido ocupando de algunos de los muchísimos tópicos interesantes que abren las páginas de las Investigaciones, sea desde el mismo Wittgenstein, o desde uno de sus comentaristas y lectores más recordados en el ámbito de los estudios wittgensteinianos: Stanley Cavell. Ahora me gustaría hacer converger ambos espacios en uno solo, explorando, cómo, en la concepción del lenguaje ordinario de ambos, lo que hay es una seria preocupación ya no por el significado, sino por “la intencionalidad” de las palabras; que queda nítidamente grabada en la famosa pregunta de Cavell: ¿Debemos querer decir lo que decimos?

Lo que nos desconcierta del uso del lenguaje es, ciertamente, cómo en las sus uniformidades y su aparente firmeza sean, sin embargo, donde se encuentra la mayor variedad y problemas de comprensión y por donde pasan las posibilidades de decir cosas nuevas y sentirlas como dotadas de sentido. Una vez sabemos aquello, nuestro desconcierto se acrecienta cuando no tenemos el contexto para redirigir las palabras hacia su intención más exacta. Ahí, ¿qué hacemos? ¿Cómo adscribimos sentido sin contexto? Las vemos todas iguales y queremos establecer una generalización, pero asimilada esta visión del lenguaje sabemos que, incluso, es moralmente cuestionable. Cuando filosofamos, tradicionalmente, nos satisfacemos a nosotros, no al problema por el problema porque nos limitamos a teorizar. ¡Ni que se diga de cómo se complica la comprensión del uso cuando filosofamos! No solo tenemos una pared de incomprensión, sino que vamos dudando de un uso y de otro sin suelo firme aparente porque el ejercicio filosófico es algo solitario y desconectado de cualquier interacción humana. Y entonces…, ¿cómo podemos llegar a saber si estamos buscando el uso que nos conecta realmente con el sentido que aquella palabra realmente trató de expresar? 

Una palabra es una cápsula de los más distintos contenidos. No es que toda palabra designe algo fijo, sino que lo designado se reconoce en el “juego del lenguaje” al que pertenece. Solamente cuando especificamos el uso de una palabra es que ya decimos algo con valor. Sin esta distinción, las intenciones y los significados no evidentes de las palabras fenecen en el muro de la uniformidad del lenguaje. Con esta distinción se abre la puerta de entrada a la comprensión del sentido que le damos a las palabras.  La forma, es solamente el vehículo en el cual nos llega el sentido más humano confesado en ellas. “Toda herramienta modifica algo”. Es cierto, el martillo lo hace; y la sierra; y el soldador. Pero ¿y la escala y el taro de cola? ¿Qué hemos ganado asimilando con tanta rigidez una expresión? ¿No nos dicen mucho, acaso, las formas infinitas en que podemos encontrar ordenadas las bibliotecas de las personas? En ese acto, en lugar de decir que estas las ordenan de la manera más conveniente o de acuerdo a ciertas reglas, digamos, pues, que, tras esto, hay una intención expresada de quien decida ordenar siguiendo reglas; que nosotros podemos reconocer y eventualmente llegar a otro tipo de comprensión.

Podemos “mostrar”, “representar” un lenguaje a quienes no comparten sus usos si lo presentamos como un terreno de palabras en las que descansan distintas finalidades, que responden a “formas de vida” plasmadas en ellas. No es que el tercero pueda comprender las implicaciones humanas de distintos lenguajes comprendiendo el funcionamiento de las reglas, sino que una comprensión honda de estas implicaciones inicia cuando alumbramos el contenido y el sentido de la regla con las “formas de vida” fijadas en él. Con esto, se evitan formulaciones del tipo: los usuarios del lenguaje “x” creen que “y”. Ahí no hay una creencia que pueda ser aprehendida objetivamente gracias a las reglas de su lenguaje, sino una intencionalidad apoyada en sus criterios del habla que debemos aprender a escuchar, para concretar un tipo de reconocimiento por medio del lenguaje más sensible, más humano.

La “forma de vida” subyacente a cualquier expresión del lenguaje permite un acceso a los sentidos no evidentes de nuestras expresiones que excede las capacidades de cualquier tipo de concepto. Este tipo de sentidos están en el “querer decir” de una palabra o de una oración en un contexto dado, no en sus dominios teóricos. Vistas así, las palabras dejan de ser unidades semánticas rígidas y pasan a ser rutas de comprensión humana. El “querer”, para Wittgenstein, es el elemento diferencial implícito en las oraciones que sirve de puerta a su intencionalidad y sentido. Además de una distinción, en el caso de algunos lenguajes, que sirve para aclarar que, si bien se sabe que existen unos varios usos de una palabra contenidos en esta, se apunta a uno concreto alrededor del cual, se constelizan necesidades y afectividades que solo el espíritu humano pude saber reconocer. Lo que dibuja este “paradigma del querer” es un esquema sobre la necesidad humana como inmanente al fenómeno del lenguaje mismo.

Pero, si no compartimos esta interiorización del lenguaje, la captación de este piso común se dificulta. Si alguien no comparte nuestras formas, podríamos confundirnos y perder de vista su intención por cómo, en su lenguaje, a lo mejor, dar una orden con una palabra, no es algo que excluye otras formas de expresión como sucede en el nuestro. Su gramática será la estructura de su comunicación, se desenvolverá con naturalidad en ella y a nosotros nos desconcertará si no la compartimos. Ocurre algo diferente en su cabeza. Él no es consciente de nuestra dificultad para comprenderlo. No se es consciente de nada mientras pronuncias algo, el uso de la gramática no funciona así. Sabes lo que quieres decir y esto activa inmediatamente la forma gramatical en la que esa intención ha quedado fijada. Por esto, solo nos es legítimo decir que alguien concibe algo de forma errónea cuando se parte de la misma palabra para un mismo uso, y la palabra utilizada en cuestión no se corresponde con este último. Los errores son enunciables cuando se comparten criterios. Lo interesante, está en lo que se comparte porque antes, se comparte “forma de vida”.