La narrativa de las generaciones

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Una de las voces más comunes en la actualidad para referirse a lo que sucede o no en nuestras sociedades es, sin duda, generación. La vemos ser usada tanto por jóvenes como por adultos en varios sentidos. Pero, curiosamente, no se la suele invocar para otra cosa que no sea reclamarse o increparse cosas entre individuos que tienen, aproximadamente, 30 años de diferencia entre sí. Esta brecha de edad no es caprichosa. Ya hace casi 100 años Ortega y Gasset en su libro El tema de nuestro tiempo, había anticipado este asunto con un texto titulado La idea de las generaciones, en donde había dicho que las generaciones no eran sólo grupos de individuos radicalmente distintos entre sí que emergían los unos de los otros y que no por esto tenían que ser los últimos la continuación del que les precedía, sino que, además, solía haber entre ellos un promedio de 30 años de diferencia.

Bajo estas premisas, problemas actuales como ¿por qué los jóvenes actuales no suelen mantener buenas relaciones tanto con sus padres o abuelos?, o, ¿por qué la comunicación entre personas con diferencias de edades tales hoy en día se dificultan mucho? La respuesta, a mi juicio, se encuentra en entender cuidadosamente la idea de Ortega anteriormente expuesta. Es decir, que una generación, aunque emerge del seno y gracias a otra, no necesariamente tiene que o debe ser una continuación de ésta.

Si las generaciones fuesen copias fieles y leales a las de sus padres, viviríamos una misma época continuamente hacia un aburrimiento infinito, y el progreso sería un bien que nada más podríamos anhelar. Una generación que haga exactamente lo mismo que la que le precedió por la comodidad que esta actitud trae consigo, hace pagar a la siguiente no sólo con unos cuantos años de atraso sino también con la responsabilidad de solucionar todos los problemas que la primera no quiso por haber vivido bajo la comodidad de la tradición y la costumbre.

Vemos, pues, que la pertenencia a una u otra generación no es simplemente estar ubicado temporalmente en una u otro lapso de tiempo y ser hijo de él, sino que tiene implícito un compromiso y un sentido éticos no nada más con el propio tiempo sino con el inmediatamente posterior. Todos los errores que se vean, reconozcan y no corrijan durante el desarrollo de aquél en el que uno mismo vive no nada más serán trabajo extra para la próxima, sino un motivo menos para que ésta guarde respeto a la que le precedió, algo fundamental para el tan difícil diálogo generacional al que nos referíamos al principio de este espacio.

Y es que, muchas veces el dialogar con recelo o con dificultades entre grupos de individuos que pertenecen a tiempos distintos, no es un asunto referido a la insolencia como han querido hacer ver quienes han instaurado los términos generación de cristal o generación idiota, refiriéndose a los jóvenes nacidos entre el 90 y el 2000 en adelante. Sino que, es más bien un asunto de poder darse cuenta de que, en ocasiones, quien reclama sobre el mal estado de la coyuntura en la que vive, no tiene tanto derecho como pareciera, pues sus logros tanto personales como generacionales, no pasaron de dejar trabajo acumulado para los años y jóvenes venideros por lo cómodo de vivir al amparo de las buenas costumbres.