La noche de 1619, ¿Fusión entre razón, espiritualidad y símbolo en Descartes?
¿Alguna vez escucharon del gran René Descartes? Ese personaje, filósofo y matemático francés, padre del racionalismo, con su método de la duda, o ¿tal vez el cogito, ergo sum?. Bien esta columna parte de una escena que no suele ocupar los grandes manuales de filosofía, que a veces pueden llegar a ser reduccionistas, pero que; sin embargo, guarda un gesto originario y casi secreto del pensamiento moderno: la noche del 10 de noviembre de 1619, pero, ¿qué pasó esa famosa noche? –la misma que da título a esta columna–.
Bien, érase una vez, un joven René Descartes, en un pequeño alojamiento en Alemania, con gran pesar y con la firme idea de ser un filósofo de pies a cabeza, tuvo tres sueños que marcarían el inicio de su camino filosófico.
Estos sueños no son una anécdota más, son, en todo caso, una fisura. Una grieta por donde se filtra algo más que razón: se filtra una experiencia densa, espiritual, simbólica, quizá incluso sagrada, mística. ¿Cómo es posible que el padre del racionalismo moderno –quien tanto desconfiaba de los sentidos y de los sueños en sus Meditaciones– haya atribuido a una experiencia onírica el origen de su método?
Ya presentada la carne de este escrito, he de confesar que esa pregunta, puede leerse ingenua y poco fértil, pero no lo es, es entonces una duda que en sí misma pretende leer y entender a este gran racionalista no cómo su título, sino cómo ser humano, y sobretodo filósofo, con dudas, con pasiones, con locura. Así que invito a leer esto con una apertura magistral.
Entonces, ¿puede haber en Descartes una fusión entre razón, espiritualidad y símbolo? Y más aún, ¿esa fusión no será, acaso, la verdadera matriz de su filosofía, mucho antes de que la duda metódica la recubra?
La famosa noche de 1619, está en el enorme (por su grandeza, no física) libro La Vie de Monsieur Descartes de Adrien Baillet, específicamente en el capítulo que lleva por título ‘Olimpica’. Este libro (que por cierto es muy complicado de encontrar) es sobre la vida de Descartes pero además contiene fragmentos inéditos de diarios que él mismo escribió, eso es Olímpica. Baillet, era amigo del hermano de Descartes y es quién entonces hace ese magnífico libro biográfico de Descartes.
Sin embargo en las grandes discusiones de especialistas de Descartes, existe un gran debate permanente, de si esa información (específicamente la de los sueños) es real o no. Se han hecho investigaciones exhaustivas y otras no tanto, el argumento de los muchos que niegan tal información es que las fechas no coinciden con otros hechos históricos, se dice, vivió Descartes. Además rechazan que ser tan racional haya de alguna forma sedimentado su filosofía en tales cuestiones.
Entonces, dada mí vacía capacidad por viajar en el tiempo y preguntarle a Descartes si realmente pasó o no, yo pienso que es esta situación el retrato vivo de un filósofo que muta, es la vivencia misma de que no todo es estático y que no podemos siquiera pensar en separar y nombrar fuerte: DUALISMO.
Esa que sabemos que no es lineal, que tiene interpelada vivencias, costumbres, deseos, eso.
¿Por qué?
Pasemos a aclarar más. Otorgaré contexto, Descartes tenía solo 23 años (en esa estrepitosa noche), además había sido educado por los jesuitas del Colegio de La Flèche, donde aprendió no nada más matemáticas y filosofía, sino también una forma rigurosa de introspección espiritual basada en los ejercicios de san Ignacio.
Al mismo tiempo, Europa vivía una época de tensiones religiosas, pero también de fermento científico, de búsquedas esotéricas, de anhelos de una sabiduría nueva.
Y esto conecta con los tres sueños, que son los siguientes: uno de desequilibrio físico y de viento violento; otro donde aparece un diccionario, un poema, y la promesa de una ciencia admirable; y un tercero donde todo se ilumina con un estruendo súbito.
Estos sueños, que él considera enviados del cielo, no deben entenderse como delirios ni como narraciones ingenuas. Son (como diría Paul Ricoeur) símbolos que dan que pensar.
Y lo que dan que pensar es, precisamente, lo que en Descartes se juega entre el deseo de certeza y el misterio de la inspiración. Porque el método cartesiano, si bien se presenta como sistema lógico, se gesta en ese momento de incertidumbre que es la experiencia del símbolo, del sueño, de lo que no se puede controlar del todo.
Y lejos de entender esa experiencia como la que contradice su método, debemos entenderla como lo que posibilita.
Que el orden racional nace no de la claridad pura, sino del caos, que Descartes no funda su filosofía sobre la duda por capricho, sino porque antes había sentido un temblor, una conmoción, que exige estructura.
Lo simbólico no anula la razón, pero la antecede, la provoca, la llama.
En ese sentido, los sueños de Descartes no deben leerse literalmente, sino como una escena vivencial y filosófica que da nacimiento al pensamiento moderno.
Autores como Rodis-Lewis (también, escribe una magnífica obra biográfica de Descartes) y Gouhier sugieren incluso que Descartes construyó estos relatos como una fábula rosacruz, influido por el clima hermético de su tiempo. Y es posible, pero eso no les resta verdad filosófica, al contrario, nos revela que el método no brota de la nada, sino que responde a una tensión interna, entre fe, razón, deseo y lenguaje.
También Rodis-Lewis señala que no se trata de una posesión mística, sino de algo más sutil, algo como: un impulso que viene de lo alto, una gracia, es decir, una inspiración no necesariamente irracional, pero tampoco reducible al pensamiento lógico. Este entusiasmo, suena más similar a la gracia cristiana que al genio platónico.
Si tomamos en cuenta la formación jesuita de Descartes en La Flèche, esta hipótesis cobra sentido.
Para entenderlo aún mejor, explico el método ignaciano, éste invita a pedir a Dios lo querido y deseado, a reconocer los dones recibidos, y a hacer examen de conciencia. ¿Y si Las Olímpicas fueran el registro de ese examen interior?
Otros, como Jean-Luc Marion, dicen que ese entusiasmo no fue un delirio, sino el efecto de una búsqueda racional. Y en efecto, lo espiritual, en Descartes, aparece como impulso, no como éxtasis; como gracia, no como locura.
El enthousiasmos griego, que significa tener a dios dentro, en él es una chispa de pensamiento, una iluminación que necesita ser articulada.
Es entonces, una manera de organizar la conmoción espiritual en una arquitectura filosófica.
Nuevamente advierto, que no es una contradicción, porque encontramos una fusión latente. La razón cartesiana no nace ex nihilo, sino que emerge de una noche simbólica y su método no sólo duda, también recuerda, intuye, interpreta. Y en ese origen, lo espiritual y lo racional no son enemigos, sino aliados secretos.
Esta lectura nos obliga a pensar la filosofía moderna desde otro lugar, incluso esto podría ser una apertura para no pensar lo que llamamos: El período moderno, como una ruptura abrupta entre lo religioso y lo racional, sino que como quien se gesta dentro de vivencias distintas, lleva dentro de sí, charcos, chispas de nociones, simbolismos, etc, es en esencia un entrecruzamiento profundo.

