La profecía del fin de la escasez

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Imaginemos a Elena frente a la caja de un supermercado en Toluca. Lleva leche, huevos, verduras y una medicina para su madre. Antes de pagar devuelve dos productos al anaquel. Esa mañana escuchó que la inteligencia artificial podría inaugurar una época de abundancia, pero su tarjeta sigue teniendo el mismo límite. La escena es ficticia; la distancia que representa resulta reconocible. En una pantalla cabe la promesa de terminar con la escasez. En una bolsa de mandado cabe la medida concreta de su incumplimiento. Entre ambas transcurre una pregunta que merece ocupar nuestra conversación pública: ¿cómo convertir una capacidad tecnológica extraordinaria en una vida mejor?

La escasez ha organizado nuestras biografías. Aprendemos a elegir porque el dinero, el tiempo y las oportunidades no alcanzan para todo. Estudiamos para conseguir trabajo; trabajamos para comprar aquello que otros producen; procuramos ahorrar para cuando nuestra fuerza deje de acompañarnos. Hemos construido instituciones alrededor de ese intercambio, hasta confundirlo con una condición inmodificable de la existencia. Por eso inquieta escuchar que las máquinas podrían realizar una parte creciente de las tareas necesarias para sostenernos. La posibilidad despierta esperanza, pero también desorientación: si la producción necesita menos trabajo humano, tendremos que decidir cómo viviremos quienes aprendimos a obtener casi todo mediante nuestro salario.

Sam Altman formuló una versión especialmente ambiciosa de esta expectativa en su ensayo Moore’s Law for Everything, publicado en marzo de 2021. Propuso imaginar que los avances de la inteligencia artificial abaratarían bienes y servicios, extendiendo a otros ámbitos una dinámica semejante a la observada en la computación. Su planteamiento incluía una advertencia que suele perderse cuando circulan las promesas: el desplazamiento de poder del trabajo hacia el capital podría perjudicar a la mayoría si las políticas públicas no se adaptaban. Para compartir las ganancias, planteó un fondo ciudadano alimentado mediante contribuciones sobre empresas y tierra. Era una propuesta política, sujeta a discusión, junto con una previsión tecnológica.[1]

Bill Gates ha descrito otra puerta de entrada a esa abundancia: ampliar el acceso al conocimiento especializado. En su conversación con Jimmy Fallon de febrero de 2025, anticipó que durante la siguiente década la orientación médica y la tutoría de calidad podrían volverse comunes y gratuitas gracias a la IA.[2] Conviene escuchar el alcance de esa expectativa sin convertirla en una garantía. Acercar conocimiento a una comunidad podría mejorar sus posibilidades de atención y aprendizaje. Sin embargo, una recomendación médica necesita un sistema capaz de atender al paciente, y una explicación escolar requiere condiciones que permitan al estudiante aprovecharla. El conocimiento accesible puede abrir una puerta; todavía debemos construir lo que habrá detrás.

Pensemos en la madre de Elena. Un asistente podría ayudarla a entender una indicación y preparar preguntas para su consulta. Ese apoyo tendría valor aunque nunca sustituyera al médico. Para transformar su salud necesitaría además medicamentos disponibles, estudios oportunos y continuidad de atención. Con su hija ocurriría algo semejante: un tutor paciente podría acompañarla cuando no comprende matemáticas, siempre que tenga conexión y alguien cuide su proceso educativo. En ambos casos, la abundancia comienza como una ampliación de capacidades. Su resultado depende de personas, instalaciones y decisiones presupuestarias. Confundir esas etapas permite anunciar una revolución mientras la familia sigue pagando las mismas carencias.

Adam Becker introduce una crítica necesaria en More Everything Forever, publicado en 2025. Su libro examina los grandes futuros promovidos desde Silicon Valley, desde la inmortalidad hasta los imperios espaciales y la superinteligencia, cuestionando su sustento y las relaciones de poder que los acompañan.[3] Me interesa especialmente la invitación a mirar quién puede presentar sus deseos particulares como horizonte de toda la humanidad. Esa pregunta merece acompañar cualquier promesa de prosperidad. También merece conservarse abierta la posibilidad de que una innovación produzca beneficios verificables. Podemos someter una visión a examen, reconocer sus intereses y trabajar para aprovechar aquello que efectivamente amplíe las oportunidades de las personas.

El problema aparece cuando una predicción se ofrece como desenlace obligatorio. Los mercados, los gobiernos y los ciudadanos comienzan a comportarse como si el porvenir ya estuviera decidido. Se justifican sacrificios presentes con beneficios futuros todavía inciertos, o se rechaza cualquier experimento por temor a sus consecuencias. Ambas reacciones reducen nuestra capacidad de elegir. Una profecía tecnológica adquiere poder cuando sustituye la deliberación por la espera. La abundancia exige precisamente lo contrario: identificar qué podemos mejorar ahora, quién asumirá los costos del cambio y cómo corregiremos aquello que falle. La esperanza necesita procedimientos que le permitan responder ante quienes depositan en ella su confianza.

Además, conviene precisar qué podría dejar de ser escaso. Una explicación digital puede reproducirse muchas veces con costos relativamente bajos; un terreno junto al transporte público conserva límites físicos. Podemos mejorar el uso del agua, pero seguimos necesitando acuíferos, tuberías y mantenimiento. Podemos acelerar investigaciones, pero las pruebas y la producción requieren recursos. Altman reconoce en Three Observations que ciertos bienes podrían abaratarse mientras recursos limitados, como la tierra, aumentarían de precio.[4] Por eso el fin de la escasez funciona mejor como horizonte de reducción de privaciones evitables que como promesa de infinitud material. Habrá que administrar límites incluso en una sociedad muchísimo más productiva.

La distinción importa porque también existe una escasez de acceso. Una familia puede vivir cerca de servicios que no puede pagar; un investigador puede tener una idea valiosa y carecer de herramientas para desarrollarla. Imaginemos que automatizar una actividad reduce su costo. El beneficio podría llegar al usuario mediante precios menores, quedarse en la empresa como utilidad o repartirse entre ambos. La proporción dependerá de la competencia, de las condiciones contractuales y de las decisiones públicas. La tecnología modifica las posibilidades de producir. Las instituciones influyen en quién podrá aprovecharlas. Ahí comienza la discusión económica que ningún anuncio de innovación debería clausurar.

Elena trabaja revisando facturas. Si una herramienta resuelve buena parte de su jornada, podría salir temprano y conservar sus ingresos; también podrían exigirle revisar más expedientes o prescindir de ella. El mismo ahorro técnico admite experiencias humanas muy distintas. Hablar únicamente de productividad oculta esa bifurcación. Necesitamos discutir cómo participarían los trabajadores en los beneficios, qué protección acompañaría una transición y qué oportunidades reales existirían después. Pedir capacitación permanente resulta insuficiente cuando la persona debe elegir entre estudiar y llevar comida a casa. La adaptación tiene un costo económico y emocional que alguien debe reconocer antes de celebrar los ahorros de la automatización.

Gates volvió sobre estas tensiones en agosto de 2026, cuando publicó una reflexión sobre la turbulencia de la transición. Allí sostuvo que la IA podría reducir desigualdades o profundizarlas, y reclamó preparación pública, protección social y deliberación democrática. También discutió la necesidad de revisar la tributación del trabajo y del capital.[5] Esa evolución del argumento permite comprender que entusiasmo y responsabilidad pueden convivir. Quienes anuncian capacidades excepcionales también deben participar en la construcción de condiciones para utilizarlas. Corresponde a la sociedad decidir cómo hacerlo, con información suficiente y representación de quienes experimentarán los cambios, incluidos quienes nunca han entrado a un laboratorio tecnológico.

En México, una política de abundancia tendría que comenzar por problemas que cualquiera pueda reconocer. Reducir el tiempo para recibir atención, evitar que una beca se pierda entre formularios o ayudar a una pequeña empresa a cumplir sus obligaciones son objetivos concretos. Cada proyecto necesitaría presupuesto, responsables y una evaluación que compare resultados con la situación anterior. Contar licencias de software compradas dice poco sobre el bienestar obtenido. Importa saber cuántas horas recuperó una familia, qué errores se corrigieron y cuántas personas lograron ejercer un derecho. El ahorro público también debería reflejarse en servicios mejores, con cuentas comprensibles y posibilidades efectivas de reclamar.

La infraestructura forma parte de esa tarea. Un aula necesita electricidad confiable antes de prometer asistentes permanentes; una oficina requiere información ordenada antes de automatizar sus decisiones. La gobernanza de datos ayuda a definir qué se recoge, quién puede utilizarlo y para qué finalidad. Sin esas respuestas, una herramienta rápida puede multiplicar errores administrativos y volverlos difíciles de impugnar. Propongo pensar la digitalización desde el recorrido de la persona: cómo entra, qué acredita, qué respuesta recibe y quién responde cuando algo falla. Esa perspectiva permite reconocer cuellos de botella que permanecen invisibles cuando el proyecto se organiza alrededor de una compra o una presentación.

También habrá que discutir cómo financiar una protección social compatible con el cambio. Un ingreso básico es una posibilidad dentro de un debate más amplio, donde caben servicios universales, seguros de transición y mecanismos de participación en ganancias. Cada alternativa necesita una fuente sostenible, reglas claras y evaluación. Transferir dinero sin mejorar la oferta de vivienda o servicios puede dejar intactas presiones importantes sobre el presupuesto familiar. La política pública debe observar el conjunto y corregirse según sus efectos. La eficiencia consiste en alcanzar objetivos de bienestar con recursos responsables, manteniendo abierta la discusión sobre prioridades y evitando que el instrumento termine sustituyendo a su propósito.

En este punto aparece una iniciativa que concentra las contradicciones de nuestra época: World, impulsada inicialmente por Tools for Humanity, empresa cofundada por Altman. Su visión de ampliar la participación económica mediante herramientas de identificación y servicios digitales merece una consideración seria. Desde su lanzamiento en 2023, el proyecto presentó como posibilidad futura una vía hacia un ingreso básico financiado por IA, condicionada al éxito de la iniciativa.[6] Reconocer el valor de esa aspiración permite formular una pregunta productiva: ¿qué infraestructura necesitaríamos para que una eventual riqueza tecnológica llegara a personas concretas, incluso a quienes hoy encuentran barreras para participar de la economía digital?

Conviene distinguir las piezas. World es el ecosistema; World ID busca acreditar la singularidad humana, mientras Worldcoin identifica el token WLD. Tools for Humanity desarrolla herramientas vinculadas al proyecto y mantiene una estructura separada de World Foundation.[7] World Money, presentada el 17 de septiembre de 2026, es su aplicación financiera, con servicios de pagos y gestión de activos digitales cuya disponibilidad depende del país. Esta evolución da una expresión cotidiana a parte de aquella visión: recibir, conservar y mover recursos. Una aplicación financiera puede facilitar operaciones. La creación de una prosperidad compartida exige, además, riqueza distribuible y acuerdos que definan cómo acceder a ella.

La intención de distinguir seres humanos de sistemas automatizados responde a un problema comprensible. Si una prestación se entrega por persona, alguien debe impedir que un solo beneficiario simule cientos de identidades. La cuestión adquiere relevancia en escenarios donde producir cuentas y comportamientos artificiales sea cada vez más sencillo. World propone su propia respuesta; evaluar su diseño requiere pruebas y supervisión. La aspiración de acreditar humanidad preservando privacidad tiene valor por el problema que intenta resolver. A partir de ahí corresponde examinar sus resultados, sus límites y las alternativas. Ninguna buena idea obtiene por su propósito una aprobación definitiva, pero tampoco debería perder toda oportunidad de demostrar utilidad.

Sin embargo, una parte del debate quedó concentrada en el iris, las recompensas y la sospecha. Hubo cuestionamientos regulatorios concretos: en marzo de 2024, la autoridad española de protección de datos ordenó cautelarmente detener tratamientos vinculados con Worldcoin, tras recibir reclamaciones sobre información, menores y retiro del consentimiento.[9] Ese antecedente debe conservar su fecha y su contexto. Sirve para recordar que las objeciones tienen contenidos verificables y requieren respuestas igualmente verificables. Reducir cualquier crítica a ignorancia impediría aprender; convertir un conflicto histórico en condena perpetua impediría evaluar cambios. La confianza puede reconstruirse cuando existen correcciones demostrables, controles independientes y una experiencia que las personas puedan comprender.

Ahí encuentro la paradoja del rechazo. Imaginemos a alguien que hoy descarta la propuesta porque le resulta extraña y mañana, tras perder ingresos o descubrir una utilidad concreta, comienza a preguntar cómo participar. La posibilidad merece atención sin dar por hecho que ocurrirá. Los seres humanos juzgamos desde experiencias cambiantes: una necesidad nueva puede revelar una ventaja antes invisible; una garantía comprobable puede modificar una desconfianza. Esa apertura también exige cuidado, porque necesitar ayuda puede reducir nuestra capacidad de negociar condiciones. El cambio de opinión será más valioso cuando nazca de información y libertad, acompañado de opciones suficientes para decidir sin sentirse obligado.

Elena podría vivir esa transformación. Al principio escucha hablar de World Money y piensa en otra aplicación que promete demasiado. Tiempo después, imagina recibir allí un pago internacional por un servicio que ella aprendió a ofrecer. La historia no necesita convertirla en entusiasta incondicional. Basta con que descubra una utilidad y empiece a exigir claridad: cuánto cuesta, cómo recupera su acceso y ante quién reclama. La expectativa aparece cuando la propuesta toca un problema real. Si además encuentra respuestas comprensibles, su rechazo puede volverse curiosidad informada. Ese tránsito sería un avance para la innovación y para la ciudadanía, porque reconoce capacidad de elección en ambos momentos.

Evaluar favorablemente la visión de World permite reconocer una intuición importante: construir mecanismos de participación antes de que la exclusión se vuelva más profunda. Su valor potencial debe examinarse junto con la libertad de quienes utilizarían sus herramientas. Una arquitectura inclusiva necesita contemplar a quien no puede completar una verificación, a quien pierde su teléfono y a quien prefiere otro método. Podría haber varias soluciones interoperables, con reglas públicas que eviten convertir un proveedor en paso obligatorio para recibir oportunidades. El interés colectivo consiste en ampliar capacidades de acceso y conservar la posibilidad de salir. La inclusión gana fuerza cuando la persona mantiene control sobre su participación.

Por la misma razón, conviene distinguir una recompensa, un rendimiento y un ingreso básico. World Money ofrece funciones financieras y sus condiciones reconocen riesgos sobre los activos y variaciones en los rendimientos.[8] Eso no equivale a una transferencia universal garantizada. Para hablar de un dividendo de la IA tendríamos que explicar quién aporta recursos, con qué periodicidad y bajo qué reglas. Esa precisión protege la aspiración original de expectativas que podrían frustrarla. Una buena infraestructura puede ayudar a distribuir; el mecanismo de distribución debe existir. Las familias necesitan comprender qué reciben hoy y qué pertenece todavía al terreno de las posibilidades que estamos construyendo.

La protección de datos ocupa aquí un lugar decisivo porque determina cuánta libertad acompaña al beneficio. Como propuesta de gobernanza, exigiría finalidades comprensibles, minimización de información, seguridad comprobable y procedimientos accesibles para ejercer derechos. También deberían examinarse las relaciones entre identificación, movimientos financieros y otras actividades. La persona necesita entender qué puede vincularse y quién tendría acceso. Una política pública eficiente incorporaría estas preguntas desde el diseño, con evaluación independiente y vías de reparación. Proteger datos permite que la innovación sostenga relaciones de confianza duraderas. Cuando el usuario comprende sus opciones y puede defenderse, participa con una autonomía que ninguna campaña promocional puede reemplazar.

Podríamos empezar con proyectos acotados que comparen métodos de entrega, gastos operativos y experiencias de los usuarios. Una prueba responsable observaría tiempos de pago, errores de exclusión, fraudes, reclamaciones y facilidad de recuperación. También preguntaría si la persona tuvo alternativas y entendió sus condiciones. Esos resultados permitirían ampliar lo que funciona y modificar lo que falla, con criterios publicados previamente. La colaboración entre autoridades, universidades, empresas y organizaciones ciudadanas tendría así un objeto verificable. El debate sobre World y otras iniciativas ganaría profundidad al confrontar promesas con evidencia. Aprender colectivamente requiere admitir éxitos y fallas sin convertir cada resultado en victoria ideológica.

Existe además una dimensión internacional. Una plataforma puede facilitar intercambios entre países, mientras los derechos y los remedios siguen dependiendo de autoridades territoriales. Necesitamos coordinación para resolver incidentes, identificar responsabilidades y evitar que una persona quede atrapada entre respuestas incompatibles. México podría participar en ese aprendizaje con experiencia propia y objetivos definidos, evaluando qué capacidades conviene desarrollar y cuáles contratar. Una estrategia pública necesita margen para cambiar de proveedor y conservar el conocimiento acumulado. La dependencia se reduce cuando hay personal preparado, documentación útil y sistemas que pueden comunicarse. Así, la apertura tecnológica puede fortalecer capacidades nacionales y ampliar oportunidades sin entregar decisiones fundamentales por simple comodidad.

Pero ninguna arquitectura resolverá por sí sola la pregunta sobre qué haremos con nuestra vida. Hemos aprendido a presentarnos mediante una ocupación, a medir el mérito por la carga de trabajo y a mirar el descanso con cierta culpa. Si alguna vez dispusiéramos de más tiempo y seguridad material, tendríamos que aprender a habitarlos. Cuidar a una persona, crear música o participar en el barrio puede tener un valor enorme aunque el mercado no lo remunere suficientemente. La abundancia podría ayudarnos a reconocerlo. Su promesa humana consiste en ampliar las posibilidades de una vida elegida, con vínculos y propósitos que cada quien pueda construir junto con otros.

En la historia de Elena, esa libertad tendría una forma sencilla: acompañar a su madre a consulta sin perder el ingreso del día. Podría ayudar a su hija sin revisar facturas durante la cena y estudiar algo que le interese sin convertir cada aprendizaje en urgencia económica. Nada de eso exige eliminar el esfuerzo o la responsabilidad. Exige reducir privaciones que consumen la capacidad de decidir. A veces describimos el futuro con palabras tan grandes que dejamos de reconocer sus mejores resultados posibles. Recuperar una tarde, dormir con tranquilidad y atender a alguien querido serían conquistas suficientes para tomar en serio la transformación que estamos discutiendo.

Por eso considero defendible la esperanza de superar muchas escaseces, siempre que sepamos nombrarlas y trabajar sobre ellas. La IA puede ayudarnos a expandir capacidades; la gestión pública debe convertirlas en servicios y oportunidades; las decisiones económicas deben permitir una participación más amplia en sus frutos. World representa una de las apuestas que merecen examen dentro de esa búsqueda. Su visión favorable de participación humana puede alimentar propuestas útiles si logra sostenerse en evidencia, garantías y beneficios comprensibles. El futuro necesita experimentación, pero también personas capaces de exigir que cada experimento conserve el propósito que le dio origen y responda por sus efectos.

La profecía del fin de la escasez queda así en nuestras manos. Su cumplimiento se medirá cuando una persona pueda acceder a lo necesario y decidir sobre su tiempo con mayor libertad. Elena volverá al supermercado; la pregunta será si todavía debe devolver la medicina. La tecnología habrá demostrado su alcance humano cuando la abundancia pueda reconocerse también en esa bolsa. Hasta la próxima.