La promesa
Era Domingo en la tarde y Antulio, el briago, se despatarró en el sillón de la sala para ver por TV la repetición los goles del fin de semana. Toda la tarde del sábado y parte de la madrugada dominguera había sido de briaga.
Ahh!, se acomodó en su sillón casi Reposet y en un chico rato roncaba la mona cuando despertó, alguien había apagado la TV de plasma y reinaba casi, la oscuridad, el casi es porque se colaba una rayita luminosa de la luz mercurial de la calle.
De pronto Antulio vio que una cara redonda y unas gruesas manos se movieron. Se quedó estático –todavía no despierto bien– se dijo. Abrió y cerró los ojos y no era ilusión, eso tan se movía que ya venía.
-En la madre delirium tremens, todo por chupar tanto… no, no es cierto. Y cerró casi un minuto los ojos y al abrirlos oooh, eso tan se movía que ya venía sobre él.
-¡AUX!… el grito se ahogó. El corazón toc, toc le latía con rapidez. Sí, es el pinche alcohol, pero si salgo de ésta Santo Señor, te… que ya no bebo.
Quería llamar a la esposa y a los niños, que dormían arriba, pero que tal si esto los ataca, ¿qué será? Y conste que no creo en los marcianos.
¡El apagador de la luz! Pero no se atrevía atravesar la sala: si ve que me muevo, me ataca.
Entonces en un inusual rasgo de valentía, Antulio en cuatro largos, locos pasos, alcanzó el interruptor y oooh, un globo de gas, medio desinflado que quedó junto a la planta de hule de carnosas hojas y un vientecito que entraba por la puerta no bien cerrada explicaba eso.
-¡Chin! Ya decía yo… pero que pinche sustote pa’l corazón. Ni modo, me echaré un Tequilita

