La teoría del apego en la de construcción de la personalidad

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El contexto en el que nos encontramos hoy en día parece estar diseñado para permitir que desaceleremos un poco el tren y miremos hacia adentro como personas, pero también como habitante de un mundo que parece estar herido. Se nos ha entregado una invitación para mirar nuestras consecuencias y elegir si continuar en un contexto donde el egoísmo y la avaricia mandan o me paro en la corriente de este río que continúa. Todo está en la de-construcción de la verdadera personalidad para despertar a la que parece estar bastante adormilada. Hoy ha llegado un virus desquiciante a remover la megambrea característica de lalalandía, pero la elección y la acción siempre es personal. Sin duda, es tiempo de mirar hacia adentro de aquel habitante del mundo que tiene como misión, así lo creo: el amar y ser amado. Propongo iniciar este proceso referente a la de-construcción de la personalidad, mirarando hacia adentro y echándose a andar. Así es que aquí parto de esta idea para aportar algunos elementos para comenzar a andar.

 

Tenemos entonces que en el proceso de construcción de la personalidad intervienen muchas variables estudiadas profundamente; la predisposición genética, el temperamento, la familia, la educación, el proceso de socialización, el ambiente, los acontecimientos vitales y otras. Todas ellas son importantes, pero existe una que es crucial en el proceso de generación de personalidad en tanto identidad, pero también respecto a las emociones. Al nacer ninguno de nosotros es capaz de regular las emociones. La relación más temprana que se establece y nos permite aprender a regular nuestro sistema emocional es la vinculación afectiva o apego con el cuidador más próximo, que se encargará de responder a nuestras señales o reacciones emocionales.

 

Estos lazos o vínculos afectivos que perduran en el tiempo hacen sentir a la persona los primeros sentimientos positivos tales como seguridad, afecto, confianza pero también los negativos como inseguridad, abandono, miedo. Así por ejemplo, la respuesta de temor suscitada ante la inaccesibilidad de la madre, es una reacción de adaptación básica que en el curso de la evolución se ha convertido en una respuesta esencial para la contribución de la supervivencia de la especie como lo compartió Bowlby. En contraparte está la felicidad, o mejor, el bienestar que es un tema que rápidamente la mente connota de utópico. Se trata de una percepción subjetiva que se genera al aproximar la suma de muchos factores como por ejemplo; un sitio seguro donde vivir, familia acogedora, salud, amistades cálidas, autorrealización en el trabajo; sin perder de vista la misión central de amar y ser amados.

 

Hay que estar también presentes con el hecho de que la evolución del mundo moderno nos lleva a reflexionar sobre las continuas interferencias y cambios que están sufriendo las culturas en nuestros días. Los roles, la configuración de las familias y relaciones sentimentales, la educación, y por supuesto el ritmo de vida que se nos impone si queremos lograr nuestras metas previamente fijadas da la pauta para un déficit del  sentimiento y percepción de uno mismo y de desconexión con las personas que le rodean. Esto nos lleva a que se prioricen los logros palpables y mensurables a las sensaciones y emociones experimentadas que nos hacen seguir vivos. Estos cambios y la velocidad con que se dan hacen cada vez más complicadas las relaciones interpersonales estables y deseables que todo ser humano anhela para sentirse cómodo consigo mismo y con su entorno.

Sin embargo, aquí es imprescindible un giro y centrarnos en el vínculo afectivo. Retomemos la referencia a la relación que establecemos con las personas de nuestro entorno, en especial con un número reducido de ellas: la figura de apego. El ser humano no lo es si no se relaciona con sus iguales, en especial con unas personas íntimas en las que recae la confianza y seguridad tanto para enfrentarse al medio como para cobijarse de los posibles peligros. A medida que crecemos generamos patrones de conducta en relación con las experiencias vividas y lo aprendido en cada etapa de la vida  nos hace ser como somos, se van puliendo y perfeccionando estos patrones a medida que pasa el tiempo y están en íntima relación con la teoría del apego. Se trata de la manera que tiene una persona de vincularse con otra, el primer vínculo que se forma durante la vida de un ser humano es el del bebé con la persona que le cuida y alimenta, generalmente la madre.

 

Esta figura de apego establece una relación única con el bebé que le otorga seguridad y confianza. La manera en que mamá genere el vínculo con su hijo repercute en toda la vida posterior del niño, que va a adoptar determinadas imágenes mentales según haya sido su figura de referencia, para más adelante actuar conforme lo asimilado. Sin embargo, ese vínculo no existe solo entre el recién nacido y su madre, sino que a medida que crecemos vamos formando nuevos vínculos, consolidando otros muchos y perdiendo algunas relaciones afectivas. Si bien es cierto que los vínculos con mamá y papá influyen en la construcción de la personalidad, no son ellos sus creadores. Por ello mismo es requisito el trabajar esos vínculos para una exitosa de-construcción de la personalidad y ahora sí hablar de una personalidad basada en el verdadero ser.

 

Sobre la vinculación afectiva o apego y su posterior relevancia, Musitu y Cava (2001) dicen que existen dos aspectos del ámbito familiar que se han relacionado sistemáticamente con la autoestima en los hijos; una, la importancia del apego con el cuidador principal y segunda, los estilos de socialización parental. Esta necesidad humana universal para formar vínculos afectivos estrechos está recogida en la Teoría del apego desarrollada por John Bowlby. En el núcleo de esta teoría se encuentra el requerir reciprocidad en las relaciones tempranas, lo que para Hofer (1995) es ya una precondición normal probablemente en todos los mamíferos, incluyendo los humanos. Es una teoría que parte de los conceptos que aportará la psicología del desarrollo, con el objeto de describir y explicar porqué los niños se convierten en personas emocionalmente apegadas a sus primeros cuidadores, así como los efectos emocionales que resultan de la separación. Así es que Bowlby intentó mezclar los conceptos provenientes de la etología, del psicoanálisis y de la teoría general de los sistemas para explicar el lazo emocional del hijo con mamá. Este modelo se sustenta en cuatro sistemas de conducta relacionados entre sí: el sistema de conductas de apego, el sistema de exploración, el sistema de miedo a los extraños y el sistema afiliativo.

 

El autor nos define la conducta de apego como cualquier forma de comportamiento que hace que una persona alcance o conserve proximidad con respecto a otro individuo diferenciado y preferido. En tanto que la figura de apego permanezca accesible y responda, la conducta puede consistir en una mera verificación visual o auditiva del lugar en que se halla y en el intercambio ocasional de miradas y saludos. Empero, en ciertas circunstancias se observan también seguimiento o aferramiento a la figura de apego, así como tendencia a llamarla o a llorar, conductas que en general mueven a esa figura a brindar sus cuidados. Ahora bien, en función de la etapa de desarrollo en la que se encuentre la persona, esas figuras tienen unas características que le son propias; los vínculos entre una madre y su hijo distan mucho de la relación entre dos amigas adolescentes o de una unión sentimental de pareja; pero todo ellos comparten el nexo de unión de la vinculación. Durante la infancia, se  fortalece el desarrollo psicomotor y el aprendizaje. En la adolescencia, la maduración de la autoestima y la conciencia del propio yo, se une al crecimiento exponencial de la personalidad. En la etapa adulta se forman las parejas en sí, y la llegada al mundo de sus respectivos hijos, que vuelven a comenzar el círculo del vínculo afectivo desde el momento de la fecundación del nuevo ser. También hay que señalar que hay una fragmentación de esos vínculos. La pérdida de contacto y proximidad tras establecer esos lazos genera un período de desasosiego antes de recuperarse de esa pérdida, lo que se conoce como duelo. Así es que todas estas relaciones son de vital importancia humana, no solo para el potencial desarrollo personal, sino porque su alteración repercute de forma global en el comportamiento posterior de la persona.

 

Queda marcada una cicatriz en su memoria que difícilmente se puede obviar o borrar. Entonces es cuando llegan las situaciones de la falta de autoestima y de confianza en sí mismo, como un ejemplo de alteraciones del vínculo que implican una visión de la persona mucho más en profundidad para llegar a comprender el por qué de esos sentimientos y conseguir hacerlos frente. Esta aportación está encaminada a tener elementos para la de-construcción de la personalidad. Es un poco la intención de este espacio. Se trata de aportar elementos fundamentados que nos apoyen para el auto conocimiento. En esta ocasión se trató de mostrar un esbozo de la teoría del apego dado que es un comportamiento que nace en las relaciones interpersonales más íntimas pero también se extienden a toda actividad humana nublando en muchas ocasiones la misión de amar y ser amados. No se trata de negar la existencia de estos elementos, por el contrario, se trata de conocerlos para evitar las justificaciones o el buscar culpables de lo que no nos gusta de nosotros mismos. Se trata de tener elementos para trabajar eso que no nos gusta y para ello es necesario asimilar que requerimos la de-construcción de la personalidad.