+La terrible lección del Covid-19, seis años después de la pandemia; El asesinato de Colosio, una lección no aprendida para la democracia mexicana
La frase:
Yo veo un México con hambre y con sed de justicia.
LUIS DONALDO COLOSIO
Hace seis años la vida se paralizó. La autoridad de entonces ordenó a todos quedarse en su casa, evitar el contacto físico entre personas y tomar todas las precauciones posibles porque la pandemia por Covid-19 se había decretado, en perjuicio de todas las actividades económicas, políticas y sociales.
Este lunes se cumplieron seis años de esa terrible fecha, de la cual la mayoría no queremos ni acordarnos, pues fue un momento sumamente difícil para todos los mexicanos, más allá de que en ese momento se perdieron miles de vidas, muchos perdimos familiares, amigos y personas conocidas, a quienes la pandemia simplemente nos arrebató en muy poco tiempo.
En la mayoría de los casos, a pesar de que el virus ya se conocía, por lo menos en China, los países fueron sorprendidos por una crisis sanitaria que avanzó a pasos agigantados y que nos arrebató a la mayoría un poco de lo que somos, además de sumirnos en una condición que prácticamente nadie conocía, que consistió en quedarnos prácticamente presos en nuestras propias casas.
Todos llevamos algún recuerdo de ese terrible momento, todos extrañamos a alguien que murió por esa causa, pero lo peor es que la enfermedad sigue suelta, seguimos conviviendo con ella, y, aunque la letalidad de ese fenómeno sanitario es de mucho menor impacto a lo de hace seis años, sigue presente en nuestras vidas y con relativa poca atención de las autoridades que deberían tener puesta su atención en la prevención, control y eliminación del virus que ya suma miles de víctimas, al menos en nuestro país.
La pandemia de Covid-19 fue desastrosa en distintos aspectos de la vida, sobre todo porque paralizó la producción de las naciones, lo que a la fecha no se ha podido recuperar en término de plazas laborales, de ingresos económicos para las familias, y, sobre todo, de situación económica de las familias, misma que sigue siendo endeble y francamente muy frágil.
Pero el Covid-19 también dejó lecciones entre los mexicanos, sobre todo por su capacidad de resiliencia, de cuánto se puso resistir ante una situación tan trágica y la forma tan rápida en la que ahora parece que vivimos como si no hubiera sucedido nada.
En la mayoría de los planteles educativos del país, y en particular del Estado de México, parece que la pandemia quedó en el olvido. Se nos han olvidado los protocolos preventivos, desde lavarse constantemente las manos, el uso de alcohol en gel para evitar la transmisión del virus, hasta la sencilla medida de guardar la sana distancia entre las personas, sobre todo los menores de edad.
También habría que destacar en el olvido que se hundió a las y los médicos y enfermeras que dieron textualmente sus vidas por las víctimas del Covid-19, porque para la autoridad federal y las estatales simplemente quedó olvidado el compromiso de mejorar sus condiciones laborales, y en ese sentido el Estado de México es el mejor ejemplo de la poca atención que se puso a esa situación.
El sistema público de Salud del Estado de México fue prácticamente desmantelado por la poca afortunada decisión de concentrar en un solo organismo la administración y operación de clínicas y hospitales en las cuales –al menos en la mayoría— hoy se carece prácticamente de todo, no hay medicamentos, no hay insumos médicos y mucho menos se cuenta con una plantilla suficiente y eficiente de personal sanitario para atender a la población.
Si bien es cierto la pandemia del Covid-19 prácticamente destruyó nuestro sistema de salud, lo hizo con especial énfasis en el Estado de México, donde la Secretaría de Salud ya es sólo un nombre, de mínima operatividad, y donde nada más se opera –al parecer— para que la burocracia siga teniendo una fuente de empleos de casi nulos resultados para la población.
Hoy no se sabe en realidad quién es el jefe en el sector salud mexiquense, pues el Instituto de Salud del Estado de México prácticamente ha desaparecido, ahora cedido a una entidad federal denominada IMSS-Bienestar, encargada de cualquier cosa menos del bienestar de las personas, mientras que la Secretaría de Salud del Estado de México ha sido prácticamente desmantelada y nada más sirve para que la titular del área organice sus campañas de vacunación en los atrios de las iglesias, lo que sólo sirve para rogarle al Altísimo no enfermar, porque eso puede ser letal, por menos que sea la enfermedad.
En síntesis, el recuerdo de la epidemia del Covid-19 no es un mal recuerdo, sino una lección de vida, o de muerte, de algo que lamentablemente ya conocimos todos los mexicanos, y que no supimos como aprovechamos para aprender esta terrible lección.

El asesinato de Colosio, una lección no aprendida para la democracia mexicana
Se cumplieron 32 años del asesinato del ex candidato del Partido Revolucionario Institucional a la Presidencia de la República, Luis Donaldo Colosio Murrieta, asunto en el cual año con año se filtra alguna información relativa a la investigación del magnicidio que sigue, hasta el momento, con la conclusión de que hubo un solo responsable, un tirador solitario que le arrebató la vida de un balazo en la cabeza, pero nada se sabe, y posiblemente ni se sabrá sobre quién mandó matar al priista y mucho menos por qué motivo se habría tejido ese macabro plan.
De entonces a ahora este país ha cambiado mucho, políticamente, administrativamente y en todos los aspectos de la vida social. El otrora partido hegemónico está convertido en una piltrafa que con trabajos y sobrevive; de los personajes de ese régimen ya prácticamente no hay huella histórica más que un sentimiento de desastre y mucho rencor acumulado. Total, Luis Donaldo Colosio ha sido prácticamente condenado al olvido político.
Sobre el atentado de la colonia Lomas Taurinas se han escrito libros y millones de páginas en medios impresos, electrónicos y más recientemente en redes sociales. Las causas y efectos siguen en la entelequia de las teorías no fundamentadas y en algunos intentos más por acercarnos a conclusiones un poco más realistas y creíbles.

El asesino confeso de Luis Donaldo Colosio continúa en una actitud callada y llena de sospechas. Nadie sabe bien a bien si ha sido presionado todos estos años por un régimen que evitó a toda costa que comunicara algo sobre la realidad en la que sucedieron esos hechos o simplemente, verdaderamente, un buen día se le ocurrió levantarse temprano y caminar hasta donde se realizaba el tristemente célebre mitin en donde le arrebató la vida al candidato presidencial.
Resulta increíble que después de 32 años no exista en este país alguien suficientemente preparado para informar con precisión sobre las causas y los involucrados en el magnicidio y que tengamos que seguir tragándonos la historia como han querido los jerarcas de esos tiempos que nos hagamos a la idea de lo acontecido.
La duda persiste en el ánimo popular de muchos sobre qué hubiera pasado en realidad si Luis Donaldo Colosio no hubiera sido asesinado, si le hubieran permitido concretar su aspiración política y hubiera llegado a la Presidencia de la República, nadie sabe ni podrá saberlo si hubiera sido un buen Presidente de la República o hubiera sido tan malo como quien lo designó candidato priista a ese cargo de elección popular.

Lamentablemente la de Colosio es una historia frustrada, una aspiración que alguien dejó inconclusa y que miles de mexicanos guardan en el pensamiento como un simple hecho histórico que fue trastocado por un arma de fuego marca Taurus.
Desafortunadamente las preguntas siguen ahí, sin respuesta, sin una ruta de verdad, tan distorsionada como la verdad histórica de los normalistas ultimados y desaparecidos en Iguala, Guerrero, o como miles de hechos delictivos que se acumulan en las gavetas de las antes Procuradurías y ahora Fiscalías de justicia donde sólo uno de cada diez casos concreta una investigación creíble y comprobable.
Los mexicanos tendremos que seguir extrañando a Colosio, tendremos que seguir recordando sus ansias de sed y justicia, y todas las aspiraciones que lograron exponerse en los discursos previos a su muerte serán simples piezas de oratoria aspiracional de un mejor país y una mejor sociedad.

