La última cena
Hoy es un día especial para mi pareja y para mí, ya que hoy en la noche vienen a cenar unos amigos para despedirnos de nuestro depa. Ella está muy triste, pero es la realidad y debemos de enfrentarlo. Así que sí, es un día especial, pero no por algo que nos cause felicidad, sino más bien por algo que nos causa tristeza. Yo sé que es un cambio, y que, más bien, hay que pensar que los cambios vienen siempre para bien. O al menos es lo que mi mamá siempre dice. Me gustaría ser más optimista.
Ya programé el pedido en la aplicación de comida, seremos ocho, tengo unos vinos que guardaba para una ocasión especial y que tendré que destapar y consumir porque no se sabe cuando llegará ese momento especial, así que ya está decidido, hoy los destapo.
Bueno y ¿por qué nos vamos? Pues el casero nos subió la renta, nos avisó hace un mes, aunque lo cierto es que desde hace tiempo ya venía tocando el tema y yo me resistía a entablarlo.
El barrio que originalmente era de tradición obrera, en los últimos años ha llamado la atención a residentes temporales, como extranjeros y nómadas digitales y se ha visto una fuerte inyección de capital en la rehabilitación urbana. Como se reciben nuevos residentes con más recursos tienden a mejorarse las calles y los servicios se disparan para el alquiler y la compra de la vivienda.
El casero nos comenta que ve mucho más rentable partir el departamento y rentarlo por habitaciones, en, incluso, ¡dos veces el precio total de lo que estamos pagando actualmente!
¡Esta de locos!, una habitación de nuestro departamento ahora cuesta el doble de todo nuestro, perdón, –me gana el sentimiento– de todo el departamento.
La demanda de vivienda por departamentos parece impulsar más fuerte el mercado de renta en la localidad. Muchos de los habitantes originales han tenido que dejar el lugar.
Y sí, ya lo habíamos notado, pero pues las apuraciones cotidianas no nos permiten detenernos en reparar en esos detalles que parecen pequeños e imperceptibles. Los elotes, por ejemplo, que solíamos comer los viernes de desenfrene –así les decimos, cariñosamente–, han subido de precio considerablemente. Ponerles tuétano a los esquites es ahora un lujo. Mi papá dice que está pasando lo mismo que pasó, primero con el tequila, y después con el mezcal, y que según parece, me dice, prevé que ahora le toque al pulque. Dice que esas bebidas solían percibirse como de mala calidad y para gente de bajos recursos, pero desde hace como veinte años el tequila le tocó un boom que lo proyectó incluso al mercado internacional. Y bueno, ya sabemos lo que pueden llegar a costar una botella de esos deliciosos elixires.
Con el pulque, tuve una experiencia el fin de semana pasado, fuimos a una pulquería o pulkata, como modernamente se escribe, y era un lugar completamente juvenil y moderno, nada que ver con las antiguas pulquerías que alcancé a ver en fotos de mis abuelitos.
Me acaba de llegar un mensaje de texto a mi teléfono, que ya empezaron a llegar, que dónde estoy. Si ya le dije que salí a pasear al perro. Espero que encontremos un lugar donde podamos tenerlo.
Lo que nos queda es mudarnos a la periferia porque prácticamente parece imposible vivir aquí con los nuevos costos y dinámicas sociales de la zona.

