LA UNIVERSIDAD NACIONAL

Views: 620

Los datos biográficos de Justo Sierra Méndez son aleccionadores, nacido en San Francisco de Campeche, Campeche en el año de 1848 el 12 de enero, el recuerdo de su fallecimiento tiene que ver con su salida a la caída del dictador Porfirio Díaz, con el que laboró como ministro de Instrucción Pública. Por cierto, para él trabajó como educadora la poeta mexiquense Laura Méndez de Cuenca, de la que no dudo que haya sido maltratada al suceder este cambio en la vida educativa del país con la llegada del presidente Francisco I. Madero en esos años violentos de la revolución de 1910.

Muere Sierra Méndez en Madrid, España, el 26 de enero de 1912, se le considera, igual que los hombres importantes del siglo XIX un periodista, poeta, político, historiador, filósofo, y sobre todo educador cuya importancia hace que varias universidades de América Latina le nombren Maestro de América. Alumno de Ignacio Manuel Altamirano, dijo estas palabras sobre su maestro que aparecen en el texto Discursos, cuyo escrito se titula Oración fúnebre a Ignacio Manuel Altamirano, en la velada de El Liceo Mexicano el 21 de febrero de 1893: No es cierto, amigos míos. Cada uno de nosotros a solas, en el silencio, en ese gran silencio de la noche que parece una onda del eterno silencio del espacio; cada uno de nosotros le ha llorado, ha repasado dolorosamente el libro de sus memorias y añoranzas, y todos hemos sentido la necesidad de acercar nuestras tristezas, de conjurar nuestros pesares y de hablar de él casi en vos baja, casi entre lágrimas, de corazón a corazón y de pesar a pesar. Y así, de este calor de cariño reunido en un solo haz solo, nos parece ver surgir redivivo al maestro; oímos sus pasos en la pieza vecina; ahí está; chispea su mirada vivaz y luminosa a nuestras puertas; no sé qué soplo psíquico nos hace temblar de anhelo y palpitar de emoción; su gran figura pasa; la sentimos en medio de nosotros; nos preside, nos sonríe. Salud, maestro, ya lo sabíamos, no nos podía abandonar, no nos ha abandonado.

Así, como el político y orador máximo griego Pericles, que hace que un gigante luchador se niegue a pelear contra el gobernante, pues dice estaré con mi pie sobre su cuello, venciéndolo, pero él solo con hablar hará ver a todos que es el quien me está venciendo, así Justo Sierra, uno entre los grandes oradores de nuestra historia, y cito en el siglo XIX al poeta cubano-mexicano José María Heredia y Heredia o a Ignacio Ramírez El Nigromante, el literato, orador y educador Justo Sierra ocupa sitial de honor en la vida de México. No dudo que su oratoria haya sido cátedra para las generaciones de mitad del siglo XX, pues entre ellos se encuentra el poeta toluqueño Horacio Zúñiga, escritor y orador siempre recordado en el estado de México por su sabiduría y oratoria. El Maestro de América para nuestro orgullo. Alabado por todos, de él Agustín Yáñez dice en información que tomo de Wikipedia: …desde aquella velada, Sierra ocupó un sitio de preferencia en los cenáculos, conmemoraciones y redacciones literarias; fue la sensación del momento en la tribuna en los días clásicos de la patria; en una juventud que se consagró a la literatura, Sierra incursionó en el relato, el cuento, la novela y el teatro. Nuestro narrador Agustín Yáñez toma este aspecto de las letras por ser su vocación a la literatura; pero, como sucede con los grandes nombres del siglo XXI, vemos que los mayores estadistas, pensadores e intelectuales que ha tenido el país en dos siglos de Independencia, son los nacidos en ese tiempo; larga lista de personalidades de muchas fortalezas intelectuales, educativas, literarias o culturales se dan de manera asombrosa. Muchos los nombres y Justo Sierra Méndez es ejemplo señero de quien vivió el siglo en lo más alto de la cima de nuestra gran historia patria.

Para variar, conoció a hombres y mujeres más destacados y recuerda, con la muerte de su hermano Santiago, quien fuera matado en un duelo por Irineo Paz —abuelo del que será premio Nobel de Literatura, Octavio Paz—. Esa muerte que presenció, seguramente, al igual que en Alfonso Reyes a la muerte de su padre Bernardo Reyes, durante la decena trágica de febrero de 1910, hacen fatal huella en los siguientes años de su vida. La información de Wikipedia señala que: …se relaciona con los mejores poetas y literatos de su tiempo, entre otros con Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Acuña, Guillermo Prieto, Luis G. Urbina, poetas de la Revista Azul y de la Revista Moderna.

Relaciones con Manuel Payno y Vicente Riva Palacio, todo le fue dado, o todo le buscó con capacidad de estar entre los mejores en los momentos tristes y alegres de su vida. Nada le fue extraño y nada le fue negado a este mexicano renacentista y universal. Sus palabras, en discurso que lleva por título Iniciativa para crear la Universidad, son elocuentes, ante la propuesta que hace el gobierno de Porfirio Díaz para crear —a muy pocos meses de iniciarse la revolución del 20 noviembre de 1910— dicha institución de estudios máximos en el México que entraba con ello al siglo XX. Dice el texto: Discurso del señor ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes al presentar a la Cámara de Diputados la iniciativa para la fundación de la Universidad Nacional, el 26 de abril de 1910. Momento importante de nuestra historia educativa, en la que Sierra Méndez dice: Por acuerdo del Presidente de la República vengo a tener el honor de ampliar ante esta H. Cámara los fundamentos de la iniciativa a que acaba de darse lectura, y que fue anunciada por el mismo señor Presidente en su mensaje del primero de abril. Empezaré por confesar, señores, diputados, que el proyecto de creación de la Universidad no viene precedido por una exigencia clara y terminante de la opinión pública. Este proyecto no es popular, en el rigor de acepción de esta palabra: es gubernamental. No podía ser de otro modo, pues se trata de un acto por el cual el gobierno se desprende, en una porción considerable, de facultades que hasta ahora había ejercido legalmente, y las deposita en un cuerpo que se llamará Universidad Nacional. Hace muchos años, probablemente más de un cuarto de siglo, que el que aquí habla tuvo el honor de presentar a la Cámara, a que pertenecía entonces, un proyecto de creación de una Universidad Nacional. Esto era en mí una fe, una devoción; era un principio, una convicción, un credo. Entonces tres objeciones se presentaron al autor de la iniciativa, que lo hicieron desistir en aquellos momentos de ella. Una de esas objeciones fue rápida, instantánea, surgió al ser presentado el proyecto; quizá se encuentra aquí uno de los autores de ella. ¿Por qué se trata de resucitar, se me decía, una cosa que está muerta, y que ha muerto bien? La Universidad era un cuerpo que había cesado de hacer funciones adaptables a la marcha de la sociedad, por eso murió, que es lo que hizo bien el partido liberal en matarla y enterrarla. ¿Por qué resucitarla ahora?. Estas primeras palabras nos hacen ver cuánta fe y pasión tuvo el educador y pedagogo Justo Sierra Méndez para seguir terco en la necesidad que tenía el país de contar con una casa de estudios del más alto nivel.

Pensamos que lo creado ha nacido por generación espontánea y no le damos el valor que merece. Así la actual Universidad Nacional Autónoma de México no lleva ese nombre por dádivas o procesos que no hayan tenido que ser batallados por la generación que logró esa meta. Su Autonomía debemos recordarla, surgida de la generación de 1929, recuerda manifestaciones y luchas, que se hicieron para hacer que el gobierno federal de aquél tiempo reconociera y recuerda lo que señala Justo Sierra: delegar el Estado en sus ciudadanos facultades para las que no está dispuesto a hacerlo por herencia centralista o de regímenes autoritarios, como lo relata históricamente el ministro en 1910, al señalar que es el propio gobierno quien reconoce la necesidad de crear dicha institución educativa. Dice Sierra: Yo entonces podía decir y digo ahora: la historia se compone de resurrecciones; nada ha muerto, todo resucita y todo vive cuando ha resucitado, si se apropia y sabe adaptarse a las nuevas necesidades, a los nuevos medios. En virtud de eso me atrevía yo a rectificar: esto que se llamaba muerto, para mí no debía haber muerto, sino que debía haberse transformado; eso sí, radicalmente transformado. Así nace la UNAM.