La voz del siglo
Si pretendemos alejarnos del inmenso abanico de falencias casi consustanciales al joven de a pie de nuestros días, la empresa de mirar a vista de águila qué está pasando con mayor fuerza en nuestros días, se hace necesariamente más ardua. Lo que se pretenda detallar y acompañar de un diagnóstico, pasa a exigir ya no el describir sino el definir qué es tal o cual cosa ahora mismo, en la hora corriente. Pese a ello, podemos acaso aventurarnos a hacerlo si cercamos el horizonte que aspiramos a hacer cristalizar de sentido, razón, y actualidad. Y, reconocidas nuestras evidentes limitaciones y declaradas las fronteras de nuestras ambiciones, por lo mismo nos es posible acercarnos, esta vez, a la pregunta connotada de actualidad: hoy, ¿qué es música?
La música es hoy en su estructura el mismo arte que fue desde los albores de la humanidad, y técnicamente es un arte con unos niveles de avance y sofisticación insólitamente altos, respecto a otros siglos. Pero en cuanto a su producción y a su valoración, es absolutamente todo lo contrario de lo que debiera para mantener la noble licencia de ser un oficio considerado como arte. Esto es lo preocupante. La música del hoy es sólo una cáscara que recubre a un fondo que, supuestamente sigue existiendo, pero que en realidad lleva varios años desaparecido.
Fondo tiene toda cosa rica en ideas, diversa y tejida a base de argumentos y de sentido, que por lo mismo resiste a la erosión del tiempo, al haber sido originada con rigor y no con practicidad; con honradez y no con sentimientos descaudalados; con trabajo genuinamente creador y no con simple y banal ambición, o afán de reconocimiento. Pues bien, la escena musical actual es sumamente fácil de producir, incoherentemente abstracta e innovadora, y eminentemente afanosa de éxito en cuanto a sus propósitos expresivos. Es decir, todo lo que un arte que se respete debiera evitar, hoy vertebra casi por entero al quehacer musical. Pero ¿Por qué? Mucho tiene que ver quien la solicita de esta manera, a saber, el oyente contemporáneo, es decir, el sujeto que por música, entiende toda pieza acústica que cumpla con el propósito de ser agradable al oído colectivo, y que sea fácil de recordar para cantarse, o para bailarse.
Nos referimos, eso sí, a las producciones musicales que se insertan en la última década. Y es que, para bien o para mal, son las que conforman el concepto actual y la representación que se dará a la historia de lo que en este tiempo fue música: un conjunto de éxito apabullante y de infinitas licencias conceptuales en su producción, que tuvo por resultado una irreversible decadencia estética y que hizo enfermar de sordera a millones de individuos.
Naturalmente aún quedan grandes defensores del arte musical con vida, personas, para su gran fortuna, inmunizadas contra el derrumbe de calidad que hoy se sufre en este arte, es cierto. Como también lo es que hoy su valiosísima influencia es casi nula, porque hoy más que nunca redundan de pertinencia sobre nuestras conciencias los ecos de la eminente sentencia la calidad es un bien rarísimo.
Hoy la industria musical sufre de anemia en la originalidad de su producción y quienes la juzgan son presos de una indigencia estética feroz. Pasa, pues, que el artista y el oyente mantienen una relación que en lugar de fundarse en la reciprocidad, parece fundarse en la alcahuetería, como si tuviesen el fin común de hundir cada vez más a esta época en la historia musical venidera. ¿No es curioso? Hace veinte o treinta años el grueso de oyentes esperaban cuanto fuese necesario de tal o cual sello musical con tal de volver a disfrutar durante meses o años, álbumes llenos de sustancia y de pasión por el ejercicio, de voces ardiendo de propuesta, o de composiciones deslumbrando de rigor y de trabajo; y, ahora, el artista que no sea capaz de dar al público música para todos los fines de semana se relega al olvido y a la ingratitud en menos de tres meses. ¿Desde cuándo una pasión musical por la obra de un artista dura tres meses…?
Pero esta sequía de valores estéticos no es actual, tuvo una genealogía bien marcada hace por lo menos doce años. Tres o cuatro éxitos –nada más que numéricos, claro– tiraron por la borda todo cuidado del fondo de sus canciones apostando todos sus recursos para que la forma sea fervientemente estimulante, pegajosa y adaptable a cualquier ambiente. El oyente común se quebró de placer momentáneo e infecundo y pasó a exigir, sin poder detenerse, y los productores ajenos al fenómeno ante la incertidumbre de qué camino tomar, decidieron no subsistir de originalidad y preservar el valor y lo hondo en cada cosa que hacían, estrangulando, sin pudor, su calidad, con tal de engrosar su palmarés de éxitos. La prueba más fehaciente de esto es que hoy no queda casi productor que quiera despegarse de la fórmula tres minutos, doscientas palabras de letra, y tres meses de reproducción masiva.
La música, hoy son breves y difusos ecos de lo que fue. Se ha convertido en un canto de sirenas que ensordecen al individuo común hasta hacerle pensar que sólo por distraerle o hacerle bailar por cuatro minutos, se justifica que una canción le diga lo mismo que un papel en blanco. Ha pasado pues, a ser un espejo clarísimo que devuelve de la más diáfana de las formas, el espíritu que lleva vertebrando a este siglo desde su inicio. El mismo, que sigue devorando lo que hoy significa ser un artista y que sigue inundando de esterilidad las motivaciones que tiene a la hora de crear, con el catecismo terrible que reza: dan igual las reglas, ahora están para romperse.

