LA VUELTA DE LOS MUERTOS

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En la empresa de libros —orgullo mexicano—, que fuera creada por quienes tenían proyectos culturales de gran envergadura para la lengua hispana en el siglo XX y, donde no puede faltar la presencia de nuestro sabio, el poeta, narrador y ensayista Alfonso Reyes como directivo y asesor principal con el fin de abrir a nuestra patria al conocimiento general de la literatura en particular y de otras ciencias en general. Cientos de libros donde caben todos en múltiples lenguas traducidas al castellano, en este caso escribo de la Editorial Porrúa, la que en su sola colección Sepan cuantos… ha creado una biblioteca de enorme importancia. Libros que nos han educado de muchas maneras, porque además han contado en múltiples ocasiones con prólogos, introducciones, compilaciones y estudios especializados de personajes como Ángel María Garibay, Francisco Montes de Oca, Francisco Larroyo, Martín Quirarte, Sergio Pitol, Rafael Solana, Jaime Torres Bodet, Salvador Reyes Nevares, María Elvira Bermúdez, Guillermo de la Torre, Jorge Ibargüengoitia, Arturo Souto Alabarce, Miguel León-Portilla, Teodoro Adorno, Edmundo O’Gorman, Sergio Fernández, Francisco Monterde, etcétera, etcétera.

La sola lista de especialistas hace de esta colección un ejemplo admirable a imitar en cualquier lugar del mundo. En esta colección hay varios textos de lo escrito en el siglo XIX por Vicente Riva Palacio y Guerrero. De ello, encuentro con el número 507 el libro La vuelta de los muertos publicado en el año de 1986. En ese deseo de difundir a su manera por el escritor, es decir a través de entregas que terminan haciendo una novela, en este caso es igual y aparece que fue publicada en su primera edición en 1870. Buena fama tendría por aquellos que le sabían intelectual y escritor de prosapia. Si en los tres libros sobre memorias de la Santa Inquisición plantea la manera de vivir dentro de la colonia en nuestra patria y España, en este caso, sintiendo, seguramente, que debía un texto parecido al del tema del Santo Oficio, en este caso decidió ir más atrás en el pasado, lo dice así:  en el subtema de su libro La expedición a las Hibueras: I / Era uno de los primeros días del mes de octubre de 1524, y un gentío inmenso se hallaba reunido delante del palacio del infortunado emperador Moctezuma, ocupado ya, en la época a que nos referimos, por el muy magnífico señor Fernando Cortés. No es la década de los sesenta en el siglo XVII, sino casi 150 años antes, cuando el imperio español apenas está asentando sus reales en todo este inmenso territorio del altiplano y sus colindancias que han de llegar hasta la Patagonia incluyendo a la Argentina actual y a Chile.

Interesante es lo que relata en esos años de desconcierto total. Escribe: Aquella muchedumbre se divertía mirando las vistosas danzas que delante del palacio ejecutaban varias comparsas de indios fantásticamente vestidos de leones, de tigres y de aves. Apenas hacía tres años que la extensa monarquía azteca había caído en poder de los vasallos de Carlos V; aún estaba en prisión Cuauhtémoc el último de los emperadores de México, y los trajes y las costumbres españolas, ni dominaba ni eran dominados aún por los trajes y las costumbres de los naturales del país. Había ya entre los conquistados y los conquistadores algunos puntos de contacto; pero como dos líquidos de diferentes colores que se vierten en una sola vasija y que no se confunden, podía distinguirse sin dificultad, que aún eran dos pueblos distintos, dos razas diferentes, dos elementos heterogéneos. Por eso cuando se celebraba una fiesta cualquiera, unos y otros, reunidos, se alegraban y se divertían cada uno a su manera, cada uno con sus trajes, con su música, con sus costumbres particulares. Cuán difícil es decir todo aquello que pasaba en el choque de varias culturas, que no sólo de dos, pues el altiplano era en ese tiempo, el siglo XV y XVI uno de los territorios cuya demografía sorprendió a los conquistadores, pues sólo la Gran Tenochtitlán tenía no menos de 300 mil habitantes en un paisaje que lo mismo podía compararse con Venecia, que con un paraíso de expresiones donde la naturaleza reinaba. Y no como es hoy, que la gran ciudad de México es territorio de contaminación del agua, aire y tierra.

Novela de las cosas españolas, de la insistencia de Riva Palacio en escribir sobre la mujer, siempre embelleciéndola con gran amor, admiración y ternura, escribe: En el día a que nos referimos, se trataba de celebrar una boda que había apadrinado el mismo Hernán Cortés. Aquel día se había casado Martín Dorantes, paje favorito de Cortés, con doña Isabel de Paz, doncella mexicana hija de un cacique, grande amigo del conquistador, que había muerto hacía dos años, dejando a éste al cuidado de la joven” […] Martín Dorantes era un joven como de veintiocho años, esbelto, robusto, con el continente ya de un soldado veterano; su bigote negro y espeso levantaba sus guías con cierto aire fanfarrón, hasta cerca de los pómulos, moda muy del gusto de los soldados de aquella época, y sus ojos negros y chispeantes indicaban resolución y astucia. Doña Isabel contaba dieciséis años; también era alta y garbosa como una reina ideal; su magnífico y elevado pecho y su bella cabeza un tanto echada hacia atrás, le daba un aspecto de nobleza y de gallaría tan natural como encantador. Era una hermosa pareja: el galán, con el cutis blanco y sonrosado de los hijos del sol; la dama, con el color del trigo tostado por los ardores del estío. Mágico en describir sus escenas sobre las páginas que escribía, Riva Palacio es la expresión viva del narrador que se va de corrido imaginando escena tras escena, concatenándolas una tras otra para dar la expresión cierta de que lo que escribe es tan real como la propia realidad en donde uno vive. Nada se le escapa a este estudioso de la realidad y con la visión de escritor cierto que tiene, puede ver más allá, pues esa era su posición en el siglo XIX al hablar de las letras, que según su talento y alta inteligencia le permitía poner a la Literatura al mismo nivel de importancia de todas aquellas que los positivistas y liberales o conservadores defendían como la sola expresión del progreso de los pueblos. La defensa que hace permanentemente de la Literatura en cuando que es la mejor expresión del alma popular del pueblo, lo engrandece ante aquellos que considerándolo un heterodoxo le atacan, con todo, con el fin de matarlo o exiliarlo.

La vuelta de los muertos, es así un libro necesario en nuestra cultura mexicana. En la comprensión que sus letras, así como aquellas de la obra poética que tiene, permiten comprender la manera de escribir del poeta de la patria Ramón López Velarde, porque hay que preguntarse si el vate de Jerez, Zacatecas llegó a leer la narrativa en todos sus aspectos y la poesía de Riva Palacio. Un escritor que de un solo párrafo pintaba en letras un óleo con multifacéticos colores, cito: Él vestía ropilla, gregüescos y capa corta de rica seda, y ella, conservando el poético traje de las mujeres de su raza, sobrepuestas túnicas de fino algodón bordadas de vistosas plumas de mil colores, mostraba sus desnudos brazos con pulseras y brazaletes de oro bruñido; sus negros cabellos se entretejían con cintas rojas, y sus pies, admirablemente modelados, descansaban sobre cacles de suavísimas pieles, sujetos con delgadas tiras de cuero bordadas en oro, que subían formando caprichosas figuras hasta cerca de su rodilla. ¿Lo vio en persona Riva Palacio? ¿estuvo en ese año de 1564 de manera presencia o todo es imaginación de él? Fue un elegido de Dios en el asunto de las letras, es la expresión perfecta del escritor-río, que además hace las cosas bien y con facilidad, podría decir, aunque él seguramente me diría no fue fácil compaginar la pluma con la espada, no se equivoquen, La vuelta de los muertos, es un excelente libro que se compagina con los tres dedicados al tema de la Santa Inquisición, de muy negro recuerdo, y permite ver qué pensaba un ciudadano del siglo XIX en cuanto a los hechos del México que ahora independiente, se hallaba en plenas guerras intestinas desde su nacimiento el 28 de septiembre de 1821.