Ladrona de momentos
A mi hermana Rosa,
que me enseñó a celebrar la vida.
Amanezco sonriendo al sol mientras recuerdo el primer cumpleaños memorable. Era muy niña cuando vi a mi hermana Rosa apurada en la cocina preparando un pastel delineado con betún de flores rosas y rojas.
Al terminarlo, le pregunté para quién era, ella me miró divertida y me dijo –¿no sabes para quién? Respondiendo con ojos sorprendidos le dije que no. Ella, juguetona me volvió a decir, –¿no sabes qué celebramos hoy? Asombrada le reviré con la cabeza un no. Con gesto tierno y orgulloso me dijo –El pastel es para ti, cumples seis años.
No supe contestar, bajé de un brinco de la silla y salí con una euforia callada que dio calidez y color a mi vida aquel día; no sabía que la fecha de nacimiento fuera motivo de festejo.
Cumplo cincuenta vueltas al sol[1] y una más: tengo esa euforia silenciada. Este aniversario es genuinamente especial porque, a esta pandemia le he arrebatado la dicha de ser feliz con lo que soy y con lo que tengo.
Frente a cien días de contingencia me he convertido en ladrona de momentos, de instantes, del día a día, en un sólo por hoy, uno a la vez.
Han pasado trescientos sesenta y cinco días, pero la última centena los he tomado como un desafío. Cada mañana ha sido recorrer mi cuerpo y saberlo sano. ¿quién diría que la inocencia de seis años se aferrara a la vida a través de cada respiro?
Hoy inhalo por el alma, doy mis cincuenta vueltas al sol y una más pidiendo por mis afectos en un solo por hoy, uno a la vez. En esta contingencia me convertí en ladrona de momentos, en la tregua de cada instante.
Cumplo años nuevamente, ya aparté el pastel virtual permeado de segundos hechos por aromas, sabores y matices. Me imagino volver a la vida más allá de este periodo deseando con el alma, disfrutarnos liberados de la amenaza de la muerte silenciosa; regresar a cada lugar añorado, a cada rincón vívido de cordial esencia.
Los últimos cien días de encierro –de los trescientos sesenta y cinco que representan el año– son una fiesta íntima porque me he convertido en ladrona de soplos; aprendo a arrebatar sonrientes relámpagos de vida, intervalos de paz, vivir pian pianito sin distancias.
En una euforia silenciada, a cien días de contingencia, me he convertido en una ladrona de momentos, de instantes, del día a día, del sólo por hoy, de uno a la vez, agradecida por un respiro más de hálito divino.
[1] Título de autoría propia publicado el año pasado en poderedodemex.com.mx

