Las cosas comunes

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A veces quiero solamente ponerme a escribir sobre cosas que no tienen sentido. Son esas cosas pequeñas que nos acompañan la mayor parte día, vistas a medias, sin tomarlas en cuenta. Cosas que pasan a nuestro lado sin dejar una huella permanente, o que son tan invisibles, tan mínimas, que desaparecen al momento de tocarlas.

 

Quizá por eso pasamos de largo ante su vista, las dejamos en su sitio sin tomarlas en cuenta y desaparecen, literalmente, de nuestro entorno.

 

En estos días, las cosas comunes toman fuerza. De pronto, sin darnos cuenta, están ahí, esperando, con la mirada fija en el universo pequeño en el cual nos movemos. Son testigos mudos de nuestro día a día, son el silencio que nos transforma conforme el día transcurre y las hojas del libro pasan.

 

A determinada hora del día, esas pequeñas cosas suelen tomarse un descanso y se acomodan en la invisibilidad para dejarnos en paz. La taza del café se llena. Un niño llora a la distancia y el sonido no querido de una ambulancia traspasa el cristal de la ventana y resuena en las paredes.

 

A mi lado, una almohada duerme en su inocencia y enfrente un sombrero suspira con calma mientras a su izquierda la chamarra de todos los días se despereza con tranquilidad, sabiendo que en algún momento volverá a salir a la calle.

 

Los zapatos se acomodan en el piso junto a las pantunflas. Un lápiz desterrado del escritorio grita con desesperación desde su escondite. Un trozo de pan, abandonado junto al libro en proceso, murmura con inquietud sobre el destino.

 

Por momentos, la desesperación cunde entre mis dedos y quisiera tomar las cosas para detener su destino, pero es imposible. Entonces tomo la decisión de la metamorfosis: fundirme a ellos y convertir mi espacio en un sitio lleno de cosas comunes.

 

Pero suelen protestar. Una camisa se aleja de mi lado, el desodorante cae de la repisa. El frasco de alcohol cierra su tapa con furor. La bolsa de café, casi vacía, se acogota en su sitio y como el niño que fui, se abstrae, se aleja y permite que las sombras lo cobijen sin prisa.

 

Un disco se pone a girar en la grabadora y de su cuerpo brota la música del día. El día camina junto a la lámpara de mesa. La computadora se enciende y la tarde llega con la misma rapidez cotidiana. Ahora todo debe empezar. Aguardar la noche, mirar de nuevo que las hojas se acomodan a mi lado y dejan de ser inmaculadas. No hay tiempo, dicen, y se lanzan a la impresora.

 

La puerta, antes abierta, ahora cierra sus goznes e impide el paso de las cosas. Ya no hay más ruidos extraños. Ahora todo tiene sentido.