Las manitas
Micromundo. Centro habitacional donde los departamentos están unos junto a otros, besándose, viviendo como en una enorme vecindad con sus cuartitos como palomares; Indionavit le pusieron en lugar de Infonavit, casas para los trabajadores.
La enorme ciudad que ahoga y hace del sábado un día de asueto, ¡ah, vamos a salir siquiera a Chapultepec!
Román, el jefe del clan, se levantó crudísimo; tembloroso y anda buscando el brandy para echárselo al té de canela.
— Papá, ¡vamos a salir al paseo como dijiste!
— Váyanse ustedes.
Ya están tocando. Los del once quedaron en juntarse para ir de día de campo. Dos familias que eran como una sola y dos padres de familia muy parecidos en su gula etílica. Román vio que el vecino, su cuate y casi compadre, también venía crudelio.
— ¿Una canelita?
— Nos la echamos. Vengo, pues igual que usted, ¿no compadre?
— No se vayan a picar. Las señoras que van metiendo las tortas y los refrescos en bolsas de polietileno, conociendo a sus viejos, hablan con razón, pues saben que de diez veces, nueve empiezan y no paran.
— ¿Ustedes no quieren ir, verdá?
— Francamente… no, pero ¿y qué?, llevan pistoleros en plena flor. Además manejan bien.
Para los chiquillos, parece día de reyes. Ya se imaginan correr en el verde gramado, subir el cerro…
— Bébale con ganas, que hay tengo más.
Buenos tragotes que en lugar de espantar la cruda hacen que vuelva lo briago. Hasta el jarro se quieren beber.
— Estos ya no van comadre.
En la camioneta y en el charger, las dos familias se acomodan. La esposa de Román lo piensa mejor:
— Yo no voy comadre. Nomás lo dejo solo, se sale y hace pendejada y media, acuérdese de hace como dos años.
— Pero se queda con el mío.
— Peor.
— Ya amargaron el paseo.
Decidida, el ama de casa se metió a su palomar y trató de quitarles la botella al par de beodos:
— Ya estuvo bien, dejen eso y trépense.
— ¿Qué?, momentito. Ni yo ni mi comadre vamos, ¡Dennos un poco de libertad!
— ¿Libertad? Para ti ja, ja, ja si tú haces lo que quieres, yo lo hago para que no te medio maten, comadre, yo no voy… ¡bájense!
— No mamá, si vamos bien
— ¡Bájense les digo!
En plena calle los gritos llaman la atención del montón de vecinos del edificio. La comadre piensa rápido:
— Mire comadrita déjele a Laurita y va a ver como no se sale.
— Se sale, comadre, yo lo conozco.
— ¿Cómo cree comadre?… déjesela y vera que no se sale ya ve como la quiere. Pero pobrecita de Lauris va bien contenta.
— Dígale y va a ver que si se queda, ya ve como quiere a su padre.
— Lauriis… ven.
— Para que mamá. Noo yo quiero ir. La niña maliciando responde.
— Te quedas y cuidas a tu padre, ¿si?
— No mamá…. Bueno
Y ahí van pa’ dentro madre e hija.
— Mira, te dejo a Lauris, ni modo que te salgas con ella.
—Llévatela. Creéme, yo de aquí no me muevo.
Y la niña que se quiere soltar de la mano de la madre, pero recapacita y le dice al briago: hay te la dejo.
Y la niña obediente se quedó como rehén del bien y las dos familias, con los radios a todo volumen enfilaron a Chapultepec.
— ¿Quién es mi consentida?
— Yoo.
— Pus sí, le digo… ya nomás dos añitos me aguanto y pido mi liquidación… salú.
Y uno y otro brindis y Laurita que enciende la televisión y mira las caricaturas.
El tiempo pasaaaa y no te puedo olvidaaar. El radio en el Fonógrafo, deja oír a Antonio Aguilar y de la botella de a kilo de Presidente sólo queda un chorrito. Es bien sabido que una clasificación de bebedores nos da dos clases bien definidas: los de cantina y los de buró. Los primeros son felices con la botana, el olor a miados, las alegatas, el cubilete, mientras que los segundos les gusta la tranquilidad del hogar, y glub glub, solitarios, beben su alcohol sin convivir.
Pues dio la casualidad de que nuestro dueto se encasillara en el primer tipo.
— Oiga compadre, ya abrieron La Principal, ¿no se le antoja una botanita?
— ¿Y la niña?
— Ah pos sí verdad… mire ya se acabó, déjeme ir por una anforita que tengo desde cuándo.
Laurita ve a su papá como fuma agachado. Deja de ver a Popeye en la TV y con los ojos tristes ve a otro papá.
— Mire, nomás que ya está empezada.
Y la plática como saltaperico brinca de un tema a otro, pero siempre la constante:
— Amos a La Principal… total, encargue a la niña.
— Con quién pues, los únicos son ustedes.
Y en dos por tres se acaba la anforita.
— ¿Y ora?
— Le digo… ¡vámonos! Total, un rato nomás.
— La… Lauris… voy con Luisito… me esperas?
— No papá, yo voy.
— Pero co… como cor…corazón… si ahí no entra…entran niños.
— No sé. Yo te sigo.
— ¿Ya ve? Los ojos de borracho piden una solución al otro briago.
— ¡Ya sé!… enciérrela.
— Se sale, ya sabe cómo abrir.
El maldito demonio del alcohol que ya los agarró. Por más que quieren discernir ya ni Dios padre los hará desistir de la cantina.
— Ya sé. Y el beodo se sale y regresa con un alambre de luz que le había sobrado de una mala conexión.
— Mire, amárrele las manitas por atrás. Nos salimos rápido y cierra.
— Cómo cree.
— Ándele al fin no nos tardamos.
Y ciego del cerebro y sordo ante los lamentos de la niña, el borrachín le ató las manos por la espalda.
— Ya no llore, mire aquí se me queda viendo la tele y no se apure que su papá no se tar….da.
Y la pobrecita, retorciéndose del dolor vio como los dos briagos se fueron.
Ahh, el aire ya se puede respirar, aunque no es tan puro como quisieran los excursionistas.
A lo lejos se ve el Castillo de Chapultepec. El verdor se opaca por tantos gases que acompañan a la atmósfera.
— Oigan, ¿y si mejor nos vamos hasta la Marquesa?
— Pero nos tardamos más, bueno vamos.
— ¡A la Marquesa! Con un grito se entiende la gente y ahí van los dos automóviles dejando salir la música disco que le gusta a los chavos.
Que yo sin ella de pena mueroo. La sinfonola de la cantina no deja escuchar la canción por tanta alegata, el par de beodos alegan, cantan, se revuelven con los otros briagos y se olvidan hasta de cómo se llaman.
Encerrada en la casa, Laurita quiere zafarse, pero quien sabe cuántos nudos le hicieron al alambre y en lugar de liberar sus manos, al jugar las muñecas hace que el alambre se encaje más. Tiene hambre y va al refrigerador, con los dientes agarra el asa y contrabajos lo abre. Y es lo único que puede hacer, porque el queso y las papas que están hasta el fondo son inalcanzables.
Se dirige a la puerta y patalea; grita pidiendo auxilio no hay nadie y los vecinos, como ya anotamos son los de la excursión. Con las muñecas doliéndole Laurita lagrimeando se sienta a ver, sin ver, la tele.
Para los excursionistas pasan las horas sin sentir, sin embargo, el seño de una dama está fruncido.
— La veo preocupada comadre.
— ¿No se habrá salido ese cabrón?
— ¿Con Laurita? Como cree ¿no quiere otra gordita de haba? Me lleva la chingada, no podemos estar tranquilas, maldito vicio.
En la cantina pasan las horas. Una alegata, un pleito que se enciende y luego se apaga unos lamentos que pretenden ser canción que contrabajos se oyen.
— Me a..cordé de Lauris.
— Esta bien compa….esta bien. A ver Chano sir…ve, otras… dos.
La tarde camina Laurita tiene hambre, dolor, frío. En la Marquesa, ¡Upaa!, los niños pasean en un potro. El hijo mayor sigue la huella de dos hermosuras que trepan el cerro.
— ¿Y si ya nos regresamos comadre? Estoy preocupada.
— ¿Si?, ahorita dígales que ya nos vamos y a ver si quieren irse. En la cantina Luis duerme en una mesa, todo vomitado mientras que Román alega pendejadas con quien sabe quien.
Anochece. Los de la excursión regresan, pero a alguien se le ocurre ir a Burger King, porque según hay oferta de hamburguesas y ahí se van a quedar dos horas más.
Laura ve como anochece. Por la ventana se acercan sombras malignas, silba un viento lejano que dice maldiciones y presagia muerte. Asustadiza, fragil, con un nudo en la garganta se acerca al apagador de la luz. Con la frente logra encender el foco y se tranquiliza un poco… un poco nada más porque de pronto piensa que un extraño podría entrar y matarla. No siente ya sus manos y se angustia.
Entonces recuerda su escondite. De más pequeña ahí se metía, cuando un buen día lo descubrió jugando a las escondidillas: el ropero. Ahí entre suéteres y trajes se metía y sin hacer ruido pasaba el tiempo.
Se acercó al mueble. Y no siente los dedos; sin embargo, la puerta entreabierta cede y Laurita se mete.
Ahí en el fondo oscuro. Se acurruca: un suéter hecho bola le sirve de almohada y olvidándose del dolor de las muñecas y del miedo comienza a dormirse.
— ¡Que careros estos cabrones! Una hamburguesita cuarenta pesos. Ámonos.
Y ya noche, cansados, terrosos los integrantes de dos familias llegaron a su destino.
— ¿No ‘stan? ¿No les dije?… ¡Lauriis!
La tele encendida. Silencio. La hija mayor sin reparar, cierra la hoja del ropero.
— ¿No le dije comadre que se iban a salir?
— Por ahí han de estar. Uste’ no se preocupe. Vamos a ver.
Y las dos tropas que salen a buscar por los alrededores sin resultados.
Laurita, privada, duerme lastimándose aún más. La sangre estancada hace que se le insensibilicen las manos. Y los beodos al cerrar esa cantina toman su segundo aire y en un taxi se dirigen a otra taberna.
— ¡Ustedes dos se me bañan y los demás se me acuestan!
Pasa el tiempo. Pasan las horas. En la noche suspiros y pesadillas se juntan en la oscuridad. En la briaga sólo el estar perdidos o sin dinero detiene el oleaje del alcohol. La mamá de Laura no duerme y cuando oye ruidos se levanta.
— ¡Ojalá sean ellos!
Y en efecto, el par de beodos que quien sabe cómo llegaron, se apersonan en esa fría madrugada sin saber qué.
— ¿¡Y la niña!?
— ¿Q…que?
— ¡La niña, grandísimo cabrón desgraciado!
— La…de…jé ¿No ‘sta?
— ¡Ora si! ¿Pues donde la dejaste?
A Román se le corta algo la briaga, el compadrito de farra emprende las de Villadiego, la casa entera despierta. Se encienden todas las luces y los dormitorios despiertan.
— Yo…yo la de…jé, aquí.
— ¿¡Aquí!? ¿dónde?… ¡busquen todos, a la mejor se salió! ¡busquen!
Las luces y el ruido despiertan a Laurita que desde el fondo del ropero grita la frase, que generalmente es la primera que se dice cuando se empieza a hablar:
— ¡Mamaá!, ¡mamaaá!
La tropa familiar se dirige al ropero y al sacar a Laura y consolarla lo primero que notan son las manitas que tienen un color negro moraduzco
— ¡¿Quién te amarró?!
— Mi…mi papá.
–Ay pobrecita… a ver.
Y con infinito cuidado, la madre le quita las esposas a la consentida y va notando con horror como los malditos alambres lastimaron y evitaron el lógico fluir de la sangre.
— ¡Mira lo que hiciste!… ¡Desgraciado!
— Él no quería, pero le dijo el señor Luis. La pequeña, con el montón de cariño al padre justifica, y hace que a Román literalmente se le caigan los calzones y quiera morirse.
Los hijos mayores revisan las manos y el que está en la universidad, dictamina que la cosa es grave y manda a una hermana en casa los apaches, los del 12, para que les den permiso de hablar por teléfono a la Cruz Roja.
— Pa’ qué, ¡mejor nosotros la llevamos de ya a la clínica!
Y en el mismo coche de la excursión en la noche solitaria, una pequeña que con trabajos se queja es llevada a la clínica más cercana del ISSSTE. Román quiere llorar y no puede, todos le hacen asco, y él, tragicómico, sincero, idiota, le pide a Dios desde el fondo del alma, cambiar vida por vida para que Lauris no tenga nada.
Entran por urgencias y sólo la mamá pasa con la niña.
El soñoliento doctor de guardia al ver las manitas despierta y rápidamente recuesta a la nena, ordena que le tomen los signos vitales, alarmado toca una y otra vez las extremidades de la niña y las ve muertas.
Manda a traer un frivinax y le da toques a la pacientita. La inyectan y le sacan sangre que ya se coagulo. La niña parece no sentir y blanca como la cera pregunta qué.
El doctor mueve la cabeza y por lo bajo indica quirófano a la enfermera, inmediatamente se apersona con la llorosa madre:
— Señora, no le voy a ocultar que el problema es serio, pues ya se le gangrenaron la manitas a la niña y no nos queda más que amputar para evitar males mayores… y eso urge.
El lamento de la madre llega hasta el jardín del hospital. Presagiando lo peor, corre la familia, para saber qué, y encorajinada, sólo tiene los ojos de lumbre para el inconsciente jefe que falló. Se llevan a Laurita sedada y la señora sale y en lugar de írsele al marido con las uñas afiladas y marcarle el rostro para siempre, en un doloroso lamento le informa que Laurita va a perder sus lindas manitas, esas que siempre le ayudan a lavar los trastes.
— Mamá, ¿qué no hay otro remedio?… déjenme hablar con el doctor.
El hijo mayor busca lo imposible.
— No, ya me explico que entre más pronto lo hagan mejor, luego puede ser peor.
Román se lanza sobre un rosal, pero ni siente las espinas y como una cruel jugarreta del destino escucha en su alcoholizado cerebro: que yo sin ella de pena muero la canción que más estuvo pidiendo en la cantina y ahora si metido en el follaje, escondido, revolcándose, lloriquea a grito pelado.
Noche de perros. La operación salió bien y en la mañana cuando la luz de sol los halla dormitando ya pueden entrar a ver los muñones de Lauris cubiertos con vendas y gasas.
Román se va a la chingada. No sabe ni qué ni cómo. Como vulgar cobarde en lugar de paliar de ver que, deja que la niña sea consolada por todos, y cuando pregunta por mi papi, este se está otra vez bebiendo, pus ya que. Lo peor vino días después cuando le quitaron las vendas a Lauris y el grito de la nena retumbó en la clínica y luego ya en casa, cuando pregunta por su papá y este, tirado al vicio, corrido del trabajo, era un grave problema para todos.
Un individuo que falta a su casa, un borracho perdido, una nena sin manos, poca cosa para que en el maremagno del mundillo de los multifamiliares ocupen todo el tiempo. La selva de asfalto sigue su rutina. Una mala tarde llegó Román derrotado aunque sobrio y caminando derecho; apestoso, barbón, y como si nada, sólo se echó en la cama que tiene varios días de no sentir su calor de borracho. Al verlo roncar, la familia descansa, es el viejo, ni modo, y se le da gracias a Dios por su regreso.
— ¡Ya vino mi papi!
Laurita, inocente, noblota, nada más espera que despierte para darle un beso.
Román abre los ojos y ve a su clan. Ve a Laurita y se le arrodilla.
La abraza y le pide perdón. Y es la niña que le rompe la madre a todos cuando quiere tomar la sucia y necia cabeza de su papá y no puede, y todavía le dice:
— Papi, ¿y verdad que ahora si vas a trabajar mucho para comprarme otras manitas para que te pueda abrazar?

