Las mentes nacidas para el luto

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Hoy, nada es tan común como querer ser alguien moralmente impecable. Así se evidencia en el aumento de personas que jubilan las carnes de sus comidas repentinamente, en la cancelación de los abortos como algo legítimo sin contemplar excepción o circunstancia alguna, en la aversión a la duda frente a lo religioso, o en el rechazo total de cualquier idea que no sea estrictamente práctica. El sujeto de a pie, ha empezado a temer, casi por naturaleza, a la polémica, y ha encontrado un reposo para su conciencia sin igual. Del que depende, y al que se hipoteca a cuotas de hipocresía y prejuicio tan altas como tan impecable quiera ser en el entorno que le rodea.

Tales ambiciones no tienen, aparentemente, nada de nocivo para la mirada fáctica. Su principal virtud es tener hacer común poseer una conciencia actualizada de las causas más importantes del momento. Además de implantar el rechazo, en cualquier cuestión social, a todo individualismo absoluto únicamente propio del déspota ilustrado; para quien la incapacidad de prójimo es una culpa que no le incumbe, pues ésta debe de expiarse sin ayuda de terceros. Y aún con esto, resulta que la propuesta moral absolutamente práctica y puritana, no puede hacerse nunca viable para ciertos sujetos.

Los inconvenientes de este credo, afanoso como él, sólo de lograr una moral absolutamente cristalina, son otros. Quien tiene una conciencia nacida para el luto, se diferencia infinitamente del puritano y del oprimido. Y sobrándole las típicas distinciones políticas de izquierda y derecha por infieles al principio de imparcialidad, saberse víctima de un sistema o huir de toda polémica para no perder aceptación, se le hace tan indigno como dañino.

Y es que, si algo se hace claro, es que el individuo de esta conciencia luctuosa es el único preparado para no perdonarle a la ignorancia su atrevimiento ni a la practicidad su esterilidad. El único autorizado para juzgar la realidad por saber zambullirse en ella, con la bandera de formar juicios en lugar de hilar prejuicios. Por pretender la imparcialidad donde unos ven culpables, y donde otros ni si quiera asoman la cabeza, por no encontrar utilidades inmediatas. Por tener el valor suficiente para desmarañar su entorno sin temer a la censura, o sin vender su honestidad al canto de sirena que emite el credo del oprimido. Por su conciencia de que su rol de intelectual en la sociedad es un luto para el que nació. Por crecerse en el castigo. Por respirar corazones por la herida. Y sobre todo, por entender que el sabor de la muerte es el de un vino que el equilibrio impide a la vida.