Lectura y escritura en la Normal

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Leer no es descifrar. Escribir no es copiar

Emilia Ferreiro

 

Hace días, trabajando con mis alumnos de la Escuela Normal, revisábamos un texto de Emilia Ferreiro[1] a propósito de los procesos mentales que se llevan a cabo en la enseñanza y aprendizaje de la lectura y escritura con el fin de alcanzar los objetivos propuestos en la educación inicial de la escuela primaria en México.

Compartir la lectura, hacer el análisis de ella y llevar a los alumnos a una atmósfera memorística emocional me remite a mi propia práctica de la lectura y escritura. Recordé cómo inicié mi cosmos en este mundo de la decodificación y comprensión. Para ser exactos, primero aprendí a escribir mecánicamente mi nombre. La maestra Amelia, de primer año, me hizo repetir Carmela Martínez Sandoval muchas veces y varios días. Honestamente no sabía qué estaba haciendo, supe que así me nombraban: Carmela y de lo demás no tenía ni la remota idea de lo que significaba, sólo al paso de los dos primeros años por la escuela me percaté de ello.

De leer, si tuve conciencia. Como niña de seis años, me tocó la transición de presidentes entre Luis Echeverría Álvarez y un nombre que leí en la barda blanca del baldío que estaba junto a mi casa. Cuando descubrí las grandes letras negras me dio por balbucear J-O-S-É—L-Ó-P-E-ZZZ- P-O-R-T-I-LLL-lll-O. Lo leí en voz alta dos o tres veces, pero lo que me  desconcertaba eran ver dos letras que se escribían diferentes pero que, sonaban igual L-l-L-l- ; P- O-R-T-I-L-l-O.

Por varios días consecutivos mi mirada se posó en cada sílaba que se presentaba, deletreaba armando armoniosamente un significado en mi interior complacido por el dominio de una nueva señal que me abría un horizonte de posibilidades imaginativas.

El mundo de la lectura y la escritura en el lenguaje interiorizado[2] de los niños,  no es sencillo de procesar. Hay quienes no recordaron el momento en que las grafías se les mostraron para dar significados, hay quienes lo trajeron a su mente de una manera entrañable porque los remitió a un universo de sensaciones y vivencias unidas a su historia de vida personal.

Más allá de la función de la decodificación de las letras y el análisis de ellas -que sería el ideal de la educación en los alumnos-. El infinito firmamento de significaciones de la lectura y la escritura, cuando cobra vida interior en el sujeto,  puede convertirse en una creación inmensa dado que permite un espacio imaginativo y de creatividad que el lector puede generar en la red de imágenes que la expresión leída le posibilita; este resultado de interconexiones cerebrales, muchas veces, puede detonar en la necesidad de expresarlo a través de un texto.

La hermandad de conocimiento entre leer y escribir van de la mano; no hay lector asiduo que no llegue al mundo creativo de las signos escritos. En este universo de enseñanza, ojalá los maestros seamos la guía más sólida para que, nuestros alumnos en clase, sean el caldo de cultivo más fehaciente en el mundo de los textos escritos y de aquellos que se generarán a través de propia creación.

 

 

 

[1]Docente argentina, Dra. en Psicología, investigadora Emérita del Cinvestav y del SNE.

[2] Según Piaget, este proceso mental de la comprensión sucede en la interconexión de nuestro cerebro