Leit motive

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Aunque estoy en este pueblo con el libro de ejercicios de alemán abierto, el hombre de al lado interrumpe a otro y dice que sabe que es un imbécil y ella lo usa, pero que está okay, que a sus amigos también los usa.

Miro de reojo la clase de periodismo en Zoom, con la banda ancha low del maestro, espero no delatarme, pasan a los de Woodstock. Sí, leí un libro de ese festival donde afirman que ahí se empezó a poner de moda la palabra fuck. Para después saber que se les pasó la mano con el SIDA y unos hijos capitalistas. Los verdaderos rebeldes fueron los gitanos, los nómadas, ¿los punks qué? No es cierto. Seguimos Perdiendo.

¡Bakunin!

Una trompeta sacada de la basura y tocar, luego ver entrar a un perro a las tiendas, pero a los africanos no. Coltrane que toca todo el tiempo, hasta en el baño después de esnifar y mentarle la madre a los blancos con unas notas altisonantes, y luego saber que ellos quieren imitar este grito con escuelas de jazz. Solloza, Chet, perdón, no pudiste sonar tan tristón como Dexter Gordon. Nadie los entiende, los locos que tienen notas en la cabeza y teorías, que de alguna manera se acercan a lo divino.

Desayuno chilaquiles con exceso de cebolla, ruido, dolor de cabeza, encontrarnos, latifundios a menos de 100 metros, opresión, la piel del brazo seca y un hoyo en el estómago. Veo al viejo con sombrero y los platos que chillan, maldito ruido, mordisco, golpeteo infernal de manos de una quesadillera y la licuadora, dolor de cabeza, ojalá la gente no hablara sólo por hablar, small talks, las cosas de frente suenan más armoniosas, risas bobas, sonidos de silbidos de pájaros, la luz que se refleja en mis ojos y me molesta, pastilla, una canción en inglés a lo lejos que se levanta entre murmullos y chismes de baño, el chirrido de un columpio, más golpes.

Las mascarillas contra Covid-19 de los meseros pelones y una mosca sobre las moras, el humo del fogón apacigua el frío y un perfume de una mujer de una marca que realmente no tiene almizcle llena el local como si tuviera el poder de cubrir el olor a quesadilla y a bistec de ternera. La amargura se despertará si no pido un café. Eso dicen que hacen las mujeres, quejarse, quejarse, no porque sí, por brechas salariales, porque desaparecen, pero todo parece una grillera. ¡Qué vergüenza me da pensarlo!

Hombres con tatuajes rudos y aquí se respira su enfermedad sexual, aún así miran cabizbajos y sonríen mientras son mandados, la vida del esclavo moderno que mienta madres en la cocina. High energy en las bocinas y mi boca sabe a cebolla. Aquí estamos de nuevo, los que nos quejamos, después de tomar un sorbo de café. Sigue la clase, ojalá fuera una muckraker.