¿Líderes preparados?
En el imaginario colectivo siempre se ha postulado que la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo (Nelson Mandela), pero, francamente, ¿quién quiere cambiar el mundo cuando en muchos espacios se puede mantener un cargo con arrogancia y cero autocrítica?
Sin embargo, y reconociendo que que hay posturas así, la realidad insiste en ser terca, pues en el contexto actual, donde la incertidumbre es regla y la transformación digital no espera a nadie, aprender dejó de ser un lujo para convertirse en obligación, por más que se nos diga que se puede ser funcionario con diez por ciento de capacidad y noventa por ciento de honestidad.
Pretender liderazgo sin preparación equivale a subir una montaña en pantuflas: suena cómodo, pero terminarás descalzo y sin aliento, particularmente en los espacios educativos, donde el ejemplo arrastra más que mil discursos.
Claro, hay quienes sostienen que lo importante es la experiencia, aunque confundan años repetidos con aprendizaje acumulado; ¿para que tomar un curso o diplomado?, ¿para que pensar en un posgrado?, ¿para qué estudiar un nuevo enfoque pedagógico o indagar en metodologías emergentes?, si al final del camino, tengo mi huesito y pareciera que no necesito estar a la vanguardia.
Lo irónico, y trágico a la vez, es que aún hay quienes creen que se puede sostener una jerarquía intelectual desde la mediocridad, que basta con adornarse con poses colgadas desde el ego y la autocomplacencia, como trofeos polvorientos, mientras las ideas y los métodos envejecen sin dignidad.
Hoy más que nunca, el liderazgo en educación no se define por el puesto que se ocupa, sino por la capacidad de crear entornos donde el aprendizaje florece; un líder educativo no es simplemente un director, coordinador o supervisor: debe ser un arquitecto de culturas, un tejedor de comunidades, un catalizador de cambio y debe mostrar el camino.
Es penoso que en programas formativos institucionales, sean las cabezas la primeras en no matricularse; o que líderes académicos, no empujen a sus docentes a tomar esos cursos. Parece que el vegetar es opción en muchas escuelas, pública y privadas.
Decía John Dewey que si enseñamos a los estudiantes de hoy como enseñamos ayer, les estamos robando el mañana, esta idea, lejos de ser un mero eslogan, debería ser una brújula ética para quienes lideran instituciones educativas. Porque quien dirige sin aprender, no guía: impone.
Invertir en el conocimiento hoy no es una opción: es un acto de responsabilidad, quienes buscan espacios de gestión en los centros de conocimiento deben buscar ser élite, pero no como sinónimo de exclusión, sino como ejemplo de excelencia, de aspirar a lo más alto, no para humillar, sino para elevar a los demás.
Porque el verdadero liderazgo, especialmente en educación, se mide no por el número de subordinados, sino por la capacidad de inspirar aprendizajes duraderos, con una o dos personas que lo logren, estaremos dando pasos gigantescos en contra de la zona de confort.
Entonces, sigamos creyendo que podemos liderar sin leer, transformar sin pensar, y educar sin aprender; sin líderes preparados, sin conocimiento, el pedestal no es más que una caja vacía… lista para caer.

