Lluvia fresca
Casi siempre, cuando uno lanza una pequeña amenaza de terminar una relación amorosa o laboral, se esconde detrás de los ojos la esperanza de ser elegidos contra viento y marea
La herida del abandono crece en el nudo de la garganta o en las sienes.
Con suerte, llega como lluvia fresca el
no quiero que te vayas, no quiero que renuncies
y la brújula vuelve a señalar el norte.
Pero a veces llega mortal él entiendo que quieras tomar otra dirección, está bien,
fue un gusto y zaz!
La roca de la garganta cae y se vuelca a los pies.
No queda otra más que arrastrarse siguiendo una brújula confusa.
La verdad es que uno nunca quiere renunciar,
tan difícil que es tomar un camino entre tantos, calibrar el tiempo de vida que queda,
la fuerza en el cuerpo, la voluntad restante y guardar la lagrimita por lo lejos que quedó nuestro mundo ideal.
Vivo en el vagón del metro que me lleva sin sensación de movimiento.
Vivo, con el sistema métrico encajado en la columna midiendo la altura de mi ego.
Vivo, en mis palabras, decretando la mala suerte.
Vivo, en los ojos de mi hija, testigo de las dificultades.
Vivo, entre lo que creo recordar y que es mentira.
Vida sólo hay una, ¿será?
Porque a veces tengo para gastos excéntricos
y otras sufro para la renta.
Porque a veces veo el camino amarillo
y otras caigo como Alicia.
Me hago pequeña y después grande,
Sabía y después luego todo lo olvidó.
Espero, espero que algo mágico ocurra,
unos billetes olvidados en el vagón tal vez.
Qué la altura de mi apellido expida un cheque pagando mis errores,
Práctico decir abracadabra antes de verme al espejo para repentinamente encontrarme sonriente.
Nunca quise decir renunció, me marcho, ya no quiero.
Porque sí quería seguir mi primer destino,
el planeado por mis padres.
Algo pasó, tropecé, rompí el espejo y empezaron los años de mala suerte, la zapatilla de cristal en algún escalón y sí todo fue de bajada.
La oscuridad ya no es para salir con mis amigos, ni siquiera para dormir. No puedo.
La oscuridad es para barrer bajo la alfombra la derrota,
para desmaquillarse rápidito porque llega la mañana y hay que tener el disfraz planchado y la tinta sobre el rostro como si fuera de verdad.
A esta altura no queda otra más que lanzarse uno mismo la amenaza de: ¡me marcho!
y antes de abrir los ojos decirse:
no quiero que te vayas, no renuncies
Y así y sólo así, regresa la brújula a apuntar al norte.
Porque comprendí que sólo yo,
soy la que puede abandonarme.

