Lo árido del ateísmo
A lo largo de su más íntima vida intelectual, los individuos van rompiendo distintas crisálidas. Sus ideas y creencias van sufriendo una metamorfosis acorde a su forma de vida y a su carácter, mientras que, en razón de la cantidad de esfuerzo que esté dispuesto a poner en su conformación, su forma y su fondo tendrán más o menos dignidad. Más o menos altura. Más o menos sensibilidad, la que de ninguna manera está reñida con ninguna forma de intelectualidad; valga la aclaración.
Los tipos de ideas y creencias que van olvidándose, abandonándose, retomándose o cambiándose radicalmente, son de los más distintos tipos. Algunas caen en el terreno político, moral, artístico y, a menudo, en el terreno de lo espiritual, que es lo que hoy nos interesa: si acaso aquellos individuos que pasadas todas las posibles etapas intelectuales de su vida, se resisten aún a dar oportunidad alguna a conocer de forma profunda y sensible lo que la experiencia religiosa supone que, amparados por la mirada del ateísmo, nos responden de manera satisfactoria a este problema terrible, eterno, sobre el misterio insondable que, dibuja en el alma humana, la existencia de deidades.
Si bien yo mismo en otras etapas de mi vida y pensamiento, me haya podido ver tentado a decir que las respuestas que ofrecía esta forma de ver el mundo podían responder satisfactoriamente ante tamaño problema, ahora no puedo encontrarme más lejos de cualquier forma de ateísmo. La razón es más simple de todo lo que podríamos explayarnos aquí: no es que los presupuestos del ateo fueran correctos o incorrectos, sino que yo mismo no había comprendido la profundidad y riqueza del tema, y por lo mismo, dada la versión tan simple de él que había anidado en mi entendimiento, pensaba que una negación de cualquier forma de deísmo con atributos de omnipotencia y omnisciencia solucionaba el problema. Ortega y Gasset lo pone de forma lucidísima de la siguiente manera refiriéndose críticamente a su etapa como filósofo neokantiano: mejor que la suspicacia es una confianza vivaz y alerta. Queramos o no, flotamos en ingenuidad y el más ingenuo es el que cree haberla eludido.
Digo que cualquier forma de ateísmo se hace insuficiente e inaceptable ante el problema de la existencia de Dios y de lo que implica la experiencia del significado de la palabra Dios –pues, a mi modo de ver, la palabra Dios y la experiencia de vivir religiosamente mantienen una relación estrechísima que es la única en la que vale la pena concentrarse– porque el propósito del ateo es ocioso: su preocupación filosófica central y a la que dedica el pleno de sus esfuerzos es negar que Dios existe.
¿Qué se gana con aquello? Negar que Dios existe es tan fácil como encadenar un puñado de argumentos con lógica y coherencia o, si hace falta, demostrar algunas contradicciones mediante fórmulas. Pero nuevamente, negar todo aquello es quitar una sola capa de la alcachofa infinita que es el mundo que subyace a la experiencia de lo humano con lo divino. Es concentrarse, a veces, ni si quiera en sus relaciones formales, sino enredarse en asuntos meramente verbales que suenan convincentes, que parecen tener sustancia, pero que, en el fondo, no son dudas filosóficas legítimas sino más bien, propias de la sed desmedida de seguridad que tenemos ante algunas cuestiones que simplemente no aceptan ser tratadas con base a conceptos y resultados exactos y certeros.
Conseguir negar a Dios no es haber podido descartar la inaudita riqueza de significado e implicaciones filosóficas sobre lo que es el mundo y el hombre que subyace a la mirada religiosa de ver el mundo y a la experiencia con la divinidad como tal. El nombre o la idea de Dios, no es más que su portada, un criterio formal para lograr una cierta coherencia. Un nombre que detrás esconde una serie de formas de vivir y de ver el mundo que pueden penetrar tan profundamente en la realidad como los postulados del científico más eminente o los del filósofo más sistemático. Por aquello, decir que, si Dios no existe, todas las cosas a las que nos hemos venido refiriendo aquí tampoco, es un asunto absurdo, insulso, ingenuo.
Sucede pues, que no es problemático el hecho de establecer una crítica a las posibles consecuencias negativas del fanatismo religioso o de la intransigencia y atraso cultural en el que muchas veces las formas infieles con el auténtico quehacer de la religiosidad nos suelen sumir. Este es, acaso, el propósito central del ateo cuando no es el de, embebido de soberbia y de ceguera, querer demostrar que la filosofía racionalista o la ciencia son formas biológicamente superiores al pensamiento mágico o religioso; el que es, en tanto propósito, evidentemente comprensible: a nadie le gusta vivir reprimido por los dogmas de una fe que ni siente ni comparte.
El asunto de fondo aquí es, en suma, que si nuestros propósitos son remarcar aspectos negativos e indignos vinculados a la religión que se enmascaran bajo la fortísima carga semántica de la palabra Dios, separar lo que se hace con lo que la religiosidad es y lo que la religión es efectivamente, será necesariamente más honesto a nivel intelectual que negar el problema entero para solucionarlo. Esta negación, nuevamente, calma nuestra angustia ante cualquier forma de dogmatismo y ante tamaño misterio, pero de ninguna forma puede darnos el derecho a decir, que, con ella, el problema se ha clausurado por completo.
