Lo erótico es escribirlo
Regreso a los pensamientos que vuelvan y
sucumben la profundidad de mí.
Estuve leyendo textos académicos desde la comodidad de mi cama, cuando dirigía la mirada a la derecha veía unos dibujos mal hechos, si echaba la vista hacia otro lado podía relucir además de redescubrir que el desorden es casi una extensión de mi cuerpo. Y si me daba por salir a calle, lo hacía sin miedo, con la convicción de que ningún fascista trataría de darme un pellizco.
Estos días, pongo mi cabeza en el borde de la mesa, en modo ansiedad y sobrepensamiento. Me sostengo entre avanzar las lecturas o entretenerme un rato.
Hace un día vi un reel sobre la importancia de abrazar nuestro deseo.
Yo, que soy muy bestia, frunzo el ceño pero al final continuó viendo reels. Entonces, me decido por empezar la lectura, pero una fuerza interior me cambia de posición y busco el significado de deseo como si pudiera encasillar lo que realmente es desear.
- Movimiento afectivo hacia algo que se apetece.
- Acción y efecto de desear. Etc…
Y cómo es de esperar, mi mente comienza a divagar, ¿qué más es deseo?, Platón lo pensaba como falta, como aquello que nos empuja hacia lo que no tenemos. Spinoza, en cambio, lo veía como potencia, como la fuerza misma que nos sostiene en la vida. Freud ahí, me susurra que siempre habrá un resto inconsciente, un deseo que se filtra en sueños y culpas, imposible de controlar. Lacan lo complica más: el deseo es siempre del Otro, nunca se satisface del todo, siempre desplazado. Y luego están Deleuze y Guattari, que me liberan de la carencia y me gritan: el deseo no es falta, sino máquina creadora, exceso vital, posibilidad de producir otros mundos. Bataille se reiría un poco, pues, para él lo erótico está justo en ese exceso que interrumpe lo útil, en esa transgresión que me desborda. Butler y Beauvoir me recuerdan que incluso mi deseo está atravesado por normas y por historia, pero que ahí mismo, en reclamarlo, late la posibilidad de subversión.
Es, sin duda una disputa, de esas que al darle muchas vueltas simplemente se deja ver, pero que siempre ha estado ahí, esperando tus divagaciones que jamás serán resueltas.
Aún con esas nociones, no poseo una afección primigenia, más que la que creo siento, y reconozco que a lo largo de mi vida y, a menudo, cuando siento placer, no sólo me llego a sentir vanidosa, sino mala persona, incluso como si tuviera miedo a dañar con mi gozo. Porque de alguna forma deseo me contradice, es falta y potencia, inconsciente y máquina, norma y transgresión, todo a la vez.
Mi historia con la noción de deseo ha sido rocosa, y llegada a esta discusión he de admitir de primera mano que también mi relación con el deseo ha estado ligada a la culpa, con un catolicismo confundido que araña la espalda y advierte con cuidado. Porque el sobrepensar no es sólo en cuestiones filosóficas o estrechamente académicas sino que además se internaliza e incrusta en lo más hondo de una, hasta en las relaciones físicas. Cómo sostener con pinzas cada beso, cada caricia.
Todo eso de la culpa lo digo un par de veces en voz alta, una vez una amiga me dijo: ¿A quién vas a herir por placer? ¡Sólo te haces daño a ti misma!
Y no le falta razón, pero, disculpa, cómo diría la Pringada: ¿dónde quedaría esta increíble personalidad de no ser por ese comezón?
Aunque ahora puedo dejar de sentir que estoy en una performance donde me dejo de lado para satisfacer a alguien más que a mí, es cierto que ha sido un camino complejo, por eso ahora con un deseo más sedimentado –si se puede escribir así, de alguna forma– puedo sostener lo siguiente, lo que titula esta columna:
Lo que más me causaba comezón es el placer, el gozo, porque el deseo es la búsqueda, ¿cierto? Y la tangibilidad es el placer, lo presente.
Entonces, así como el placer es la tangibilidad del deseo, creo que la escritura es la tangibilidad de lo erótico. Al escribir no nada más pienso el deseo, lo vuelvo cuerpo y como en todo cuerpo, hay pudor, exceso, contradicción, las frases que oculto, las metáforas que disfrazan lo que realmente quiero decir, el exceso son las oraciones que se derraman, los desvíos inútiles, lo que no sirve para nada más que para hacerme vibrar un instante.
Escribir me da el mismo vértigo que el deseo, me expone, me contradice, me excita, me salva…
Con tiempo de sobra para pensar en el deseo, para crearlo desde cero y para hurgar en él. Irremediablemente me pregunto más: ¿Es burgués el deseo? ¿Es burgués hablar sobre él? ¿Debemos obviarlo? ¿Quién somos cuando no reprimimos nuestros deseos? Me pregunto si la primera persona, lejos de contemplarnos como seres egocéntricos, nos acerca un poco más a eso que algunos llaman libertad. No sé.
Una parte de mí quiere desear desde tal nivel de locura y disociación que me deje de parecer burgués. Quiero relajarme y permitirme desear tanto y tan fuerte que escriba –desde mis entrañas– y cómo algunas veces –desde la mirada ajena–. Quiero seguir cerca de mi pudor y también desechar la idea de que escribir es mejor que hacer el amor.
Lo que sí puedo permitirme precisar ahora, es que basar una escritura en el deseo individual, en un mundo al borde del colapso, es íntimo y entretenido, pero nunca revolucionario. Quizás lo fue en épocas anteriores, pero no ahora, no cuando hay un genocidio transmitido en vivo y un fascismo creciendo sin descanso por todos lados. La ternura, los cuidados sí, sirven como discurso en comunidades con necesidades básicas cubiertas, pero no alcanzan para combatir este capitalismo tardío. Aun así por eso escribo, porque lo erótico es escribir–lo.

