Lo ‘neuro’ como supresor de uno mismo

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En la última columna de este espacio habíamos referido breve y generalmente la gran incursión que las neurociencias han tenido en el espectro intelectual del siglo XXI, y por lo mismo en nuestra cultura. Sin embargo, me encuentro convencido de que quedaron muchos cabos sueltos, y de que el tema, da para mucho más. Finalmente, el asunto es más una manifestación de los viejos debates en filosofía de la ciencia sobre la naturaleza del conocimiento científico, sobre cuáles deberían ser los límites de éste para que sea aceptable o no, y sobre a qué debería aspirar y a qué no debería aspirar. Sin embargo, retrotraer estas discusiones a la actualidad me parece estéril. No sólo porque creo que fueron superadas, sino porque no encuentro en ellas un elemento que pueda echar luces sobre las repercusiones en la cultura de nuestro tiempo que tiene la fiebre por los estudios en torno al cerebro.

Por eso, me interesa más seguir ahondando en los aspectos implícitos en el debate que discutir o rebatir si las investigaciones en torno al cerebro y sus resultados, que después nosotros asimilamos, tanto en el campo específicamente científico como en muchos otros, están correctamente llevadas a cabo. Finalmente, creo que el problema se entiende mejor si lo vemos desde su desenvolvimiento en nuestra actualidad que si lo enfrascamos en el árido campo de la metodología.

En ese sentido, creo que la siguiente declaración de Ortega y Gasset rebosa de vigencia para seguir pensando el problema: La ciencia es sólo una manifestación entre muchas de la capacidad humana para reaccionar intelectualmente ante lo real. La recuerdo continuamente y pienso, ¿por qué no nos damos cuenta de que la perspectiva neuro es nada más, una más, de las muchas que existen para acercarnos a nuestro presente más inmediato, a nuestras sociedades, a nuestra psicología, a nuestra historia o a nuestra moralidad?, ¿qué de seductor tiene el prefijo neuro, que, cuando se lo ve en cualquier escaparate cae todo un púbico rendido ante él?

Este es, a mi juicio, otro de los principales aspectos más difíciles de desentrañar sobre este asunto: si acaso cuando encontremos que algo va precedido por neuro inmediatamente es algo de fiar. Vemos, pues, por todos lados, neuropsicólogos, neurofilósofos, neurosociólogos, neurohistoriadores, obviamente encontramos teorías neuroéticas, entre muchas otras manifestaciones de esta tendencia, e inmediatamente parece que las disciplinas clásicas de las ciencias sociales han progresado infinitamente. Pero ¿cuál es el precio de abrazar este progreso?

En el simple caso de los neuropsicólogos, podemos plantearnos, pues, la pregunta: ¿su basto y preciso conocimiento sobre el funcionamiento de nuestro cerebro asegura que podrá comprender y tratar nuestros males? ¿Está asegurado que tendrá la sensibilidad con sus pacientes para entender lo que le están queriendo decir sus pacientes? A primera vista, parece que sí. Su conocimiento tan exacto sobre un órgano de nuestro cuerpo no debería de engañarnos. Finalmente, no es él quien nos está tratando, sino los últimos descubrimientos sobre el cerebro, podría decir calmado el paciente. Y estaría en lo correcto. Pero justamente en el hecho de que no nos está tratando un humano sino un órgano, nace el problema que aquí apunto.

Finalmente, creo que la pregunta fundamental que debe de invadirnos aquí para tener una perspectiva, digamos, libre, propia, y que revalorice nuestras emociones y nuestra subjetividad, es la siguiente: ¿acaso un órgano, por sí mismo, tiene la sensibilidad requerida para comprender todos nuestros males, sociedades, historia y moralidad? Me inclino a pensar que esto es difícil. Y que más bien, supone echar la pelota a otro campo por el vicio de huir de lo que no comprendemos de manera diáfana en un primer momento. Que es, finalmente, un impulso muy humano, que debemos comprender, respetar, pero a la vez, saber reconocer en qué momento nos está quitando una fracción de humanidad, de sentido, de sensibilidad.