Lo que retumba dentro de nosotros

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Aquí se ha escrito bastante en contra de la sobrevaloración del conocimiento científico y también a favor del psicoanálisis. El espacio siempre ha intentado hacer explícitos los vicios de la primera mirada y las bondades de la segunda, entendiendo, pues, que ve en la primera la puerta de entrada a una pérdida total del sentido de ciertas cosas que quisiesen mirarse desde aquel prisma, y en la segunda, la manera más eficaz de reconstruir nuestro pasado o el de las sociedades en las que vivimos para entendernos ya no a un nivel conceptual sino desde nuestra alma. Sin embargo, poco se ha dicho de lo que resulta rechazar el primero y adoptar las bondades del segundo para dar lugar a una sola forma de ver el mundo.

A mi juicio dicha forma es la encarnada por la segunda época del filósofo Ludwig Wittgenstein (1889-1951), caracterizada por entender de qué terrible manera nuestra circunstancias culturales o netamente humanas se filtran hacia nuestras actitudes intelectuales por medio de su inscripción nuestra gramática, y en cómo esto nos hace profundamente ciegos a los aspectos significativos o a los sentidos que inhieren a la mirada de los otros’ Él mismo llegó a decir en uno de sus escritos más personales: Es interesante, sin duda, que deba apropiarme el desprecio de cualquier otro respecto a mí como una parte esencial y significativa del mundo visto desde mi lugar.

Visto el mundo desde aquella ecuación, Wittgenstein nos sugiere que la pérdida de nuestra sensibilidad hacia lo que el otro ve en aquello que lo apasiona o en lo que se basa su forma de vida, es un proceso natural de la razón humana, pero no por ello algo insalvable. La ceguera de nuestra razón siempre podrá contrarrestarse si nos esforzamos por nunca separar el alma o el sentido de quien querramos comprender del entorno en el que sus expresiones toman sentido.

Con esto, Wittgenstein más bien nos insta no a prescindir pero sí a desconfiar de aquellas expliaciones conceptuales con las que andamos por el mundo, presuponiéndolas todas a priori como capaces de echar luz donde solo vemos oscuridad, y confiando en que, aquello que escape de sus redes es simplemente ilusión, apariencia, o lo que es peor: algo irrelevante… Pues, si hay algo clarísimo en su manera de concebir el ejercicio filosófico, es que hay cosas que simple y llanamente no pueden explicarse, y que justamente por ahí, pasa toda su riqueza.

Entonces, el paternalismo en el que nos han sumido las estructuras explicativas nos ha hecho, entonces, no sólo ciegos sino además intolerantes ante aquello que no entendemos como ajustado a nuestros criterios más propios. Sobre eso, el apunte genial de Wittgenstein es hacernos comprender que esto no se desarraiga de nosotros mismos justamente porque hemos adquirido esta red de significados desde que éramos niños, y que las experiencias conectadas con significados de palabras como justicia, verdad, belleza, historia, o cultura se han encarnado en lo más profundo de nosotros. 

En suma, concebir significados más allá de aquellos que retumban en nuestro interior se nos hace una tarea increíblemente difícil, pero no imposible, como Wittgenstein nos dice en uno de los mejores chispazos de lucidez que tuvo nunca, expresado en esta memorable sentencia: Hay que colocarse al lado del error para conducirlo hasta la verdad. Hay que descubrir la fuente del error puesto que, en caso contrario, para nada sirve el escuchar la verdad. Esta no puede penetrar si otra cosa ha ocupado su lugar. Para convencer a alguien de la verdad no basta con constatarla, sino que se debe encontrar el camino que lleva del error a la verdad.